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TU RECUERDO EN ROMA, LUIS*
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Eras
romano aquellos días de septiembre de 1985, cuando vine a verte a Roma
desde Bolonia y me acogiste en tu casa. Nos había presentado Biel
Sansano en el Parque Municipal de Elche una noche de las fiestas de
agosto de aquel mismo año y hacía ya algún tiempo que habías leído
tu tesina sobre el Misterio de Elche, dirigida por Jaume Pérez
Muntaner, obra de la cual yo tenía una fotocopia en mi biblioteca. El año
anterior, 1984, yo había escrito tu nombre en aquel Llibre
de la Festa d'Elx que, con fotografías de Andreu Castillejos,
hicimos por encargo de Manolo Pastor cuando editaba libros, y donde se
situaba el drama dentro de la cultura catalana, un término que ya
comenzaba a estar proscrito entre nosotros, los valencianos, por lo que
no gustó mucho en ciertos ambientes de la ciudad, empeñados desde
entonces en ignorar y esconder aquella obra, borrarla del mapa como hacían
los estalinistas rusos con las fotos de quienes consideraban sus
enemigos y como sigue haciendo más de un dictadorzuelo con quienes no
lo reverencian lo bastante. Al año siguiente, 1986, coincidimos junto a
Alfons Llorens en la preparación de la solemne exposición Món i Misteri de la Festa d'Elx, una iniciativa de la Generalitat
Valenciana que, años después, se ha convertido en una referencia cuasi
mítica para los estudiosos de la
Festa. Como bien ha recordado tu brillante, florida y fiel amiga y
colega Evangelina Rodríguez, por aquel entonces redactabas tu magnífica
tesis doctoral. Un trabajo capital sobre el teatro medieval, pero en el
cual siempre me pareció entrever una aproximación castellano-española
a la Festa d'Elx (te gustaba llamarla 'Misterio') vista desde tu Elda
nativa, en muchos puntos contrapuesta al otro soberbio estudio que, a la
vez, Francesc Massip, desde su Tortosa originaria, ultimaba desde el ámbito
catalán: dos mundos en disputa a lo largo de los siglos hasta hoy sobre
las tierras valencianas, especialmente en este sur nuestro, tan dividido
y tan inconcluso, donde la Festa d'Elx se abre cada año como una
rara flor de los pantanos, bellísima y perfumada, entre la podredumbre
y el cieno que la alimentan y la conforman y la originan y la deshojan y
la marchitan.
Pero
aquel estío de 1985 yo pasaba un mes en Italia y recorría ciudades de
la Emilia Romagna y del Véneto hasta las cuales llegaba en tren desde
Bolonia. Y decidí acercarme a Roma. No recuerdo donde se encontraba tu
casa de entonces. Las notas que tomé en el Diari
de 1985 y que ahora, al releerlas, me parecen extrañamente vivas, próximas
y lejanas, dicen que parabas cerca de San Juan de Letrán, que desde tu
casa se veía la torre de San Juan en Puerta Latina y que en el patio
había un platanero tan grande que casi llegaba al tejado del edificio.
Aunque
en alguna ocasión he vuelto a Italia, no había estado en Roma desde
entonces. Y ahora vuelvo, y en esta ciudad que amo, como bien pusiste en
la dedicatoria de tu libro sobre el consueta de 1722 que me regalaste,
me asalta, ineludible, el recuerdo de aquellos días tuyos en el
Instituto Español de Cultura, el libro de Gregal que por entonces
ultimabas (o del que revisabas pruebas, no recuerdo con exactitud) y
sobre algunos aspectos del cual me pediste opinión. Conservo el
recuerdo imborrable de aquel tu cuerpo blanco y perfilado de
veinticuatro años, joven y hermoso, como salido de un lienzo del
Caravaggio, en el amplio lecho desnudo de verano que, casta y
fraternalmente, compartimos. Tu te encontrabas sólo en Roma aquellos días
de septiembre y, anfitrión amable y afectuoso, como siempre fuiste, me
dedicaste un tiempo y una atención que recuerdo con gratitud y viveza y
de la cual dejé constancia en el Diari.
Ahora
traigo conmigo aquella misma Guida
di Roma de Georgina Masson que me recomendaste y en la que escribí
la fecha: 7-9-85, y que sigue siéndome útil. El ex-libris
señala que la compré en el barrio del EUR cuando, eterno impenitente
estudioso de la arquitectura y de la ciudad, fui a visitar aquella
sombra marmórea racionalista, tatuada de fascismo. Llevaba conmigo el
libro cuando salía a caminar por Roma. ¿Vai
a fare una bella passegiata?, me decías con simpatía cuando iba a
dar un paseo por la senda de la puerta de San Juan, por el circo
Massimo, por el Gianícolo o por el Aventino.
Pero
fuiste un romano fugaz. No comprendimos muy bien, desde nuestra envidia
lejana y admirada, que no te quedases en el Instituto Español de Roma,
donde ya te habías hecho un sitio, en vez de regresar a este ingrato País
Valenciano de nuestros pecados. Pero ya lo dice Pavese:
lontano
dal paese: si profita e si gode e
poi, quando si ritorna, come me a quarant'anni, si trova tutto nuovo. Le Langhe non si perdono.
Y
te volviste a casa a encarar la muerte. Pero eso vino después y
entonces no lo sabía nadie. Esas cosas, por fortuna, no se saben hasta
que llegan, inevitables, poderosas, omnipresentes.
Y
ahora te escribo estas líneas, como una despedida, que quizá te debía,
en tu lengua castellana, muchas veces, demasiadas, enemiga de la mía;
amiga ahora, puesto que me sirve para evocar con amistad y gratitud
aquellos días contigo en Roma. Y las escribo mientras respiro este aire
pesado romano, perfumado de calor, adelfas y diamelas que se adivinan
entre el humo de los malditos automóviles, más allá del minúsculo
jardín de nuestro hotel, cercano a Porta Maggiore. Te evoco mientras
paseo por Roma, camino de Cascia, en compañía de mi madre, a quien le
ofrecí peregrinar hasta la tumba de Santa Rita, mediadora por quien
ella siente una gran y antigua devoción.
Y
pongo por escrito mi recuerdo para que tus amigos, al leer mi recuerdo
cariñoso, te recuerden también, cada cual a su modo, y te evoquen los
que te apreciaron, como yo te recuerdo en Roma, cuando sólo con el
recuerdo, débil y quebradizo, podemos intentar, siempre quizás en
vano, combatir la muerte, la muerte de los muertos y la muerte de los
vivos. Combatirla con el recuerdo y con las palabras que, a veces, son más
poderosas que la muerte. Ya lo escribió Quevedo y, después de él,
entre otros, Ezra Pound:
Buscas
en Roma a Roma, ¡oh peregrino!, y
en Roma misma a Roma no la hallas: cadáver
son las que ostentó murallas, y
tumba de sí propio el Aventino. [...] Sólo
el Tíber quedó, cuya corriente, si
ciudad la regó, ya, sepoltura, la
llora con funesto son doliente. ¡Oh
Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura, huyó
lo que era firme, y solamente lo fugitivo permanece y dura.
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* Periòdic Información, «Elche: el Misteri... y mucho más», Alacant, 10-08-2002. |