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TU RECUERDO EN ROMA, LUIS*


 In memoriam de
Luis Quirante y Santacruz
(1961-2000)


 

          Eras romano aquellos días de septiembre de 1985, cuando vine a verte a Roma desde Bolonia y me acogiste en tu casa. Nos había presentado Biel Sansano en el Parque Municipal de Elche una noche de las fiestas de agosto de aquel mismo año y hacía ya algún tiempo que habías leído tu tesina sobre el Misterio de Elche, dirigida por Jaume Pérez Muntaner, obra de la cual yo tenía una fotocopia en mi biblioteca. El año anterior, 1984, yo había escrito tu nombre en aquel Llibre de la Festa d'Elx que, con fotografías de Andreu Castillejos, hicimos por encargo de Manolo Pastor cuando editaba libros, y donde se situaba el drama dentro de la cultura catalana, un término que ya comenzaba a estar proscrito entre nosotros, los valencianos, por lo que no gustó mucho en ciertos ambientes de la ciudad, empeñados desde entonces en ignorar y esconder aquella obra, borrarla del mapa como hacían los estalinistas rusos con las fotos de quienes consideraban sus enemigos y como sigue haciendo más de un dictadorzuelo con quienes no lo reverencian lo bastante. Al año siguiente, 1986, coincidimos junto a Alfons Llorens en la preparación de la solemne exposición Món i Misteri de la Festa d'Elx, una iniciativa de la Generalitat Valenciana que, años después, se ha convertido en una referencia cuasi mítica para los estudiosos de la Festa. Como bien ha recordado tu brillante, florida y fiel amiga y colega Evangelina Rodríguez, por aquel entonces redactabas tu magnífica tesis doctoral. Un trabajo capital sobre el teatro medieval, pero en el cual siempre me pareció entrever una aproximación castellano-española a la Festa d'Elx (te gustaba llamarla 'Misterio') vista desde tu Elda nativa, en muchos puntos contrapuesta al otro soberbio estudio que, a la vez, Francesc Massip, desde su Tortosa originaria, ultimaba desde el ámbito catalán: dos mundos en disputa a lo largo de los siglos hasta hoy sobre las tierras valencianas, especialmente en este sur nuestro, tan dividido y tan inconcluso, donde la Festa d'Elx se abre cada año como una rara flor de los pantanos, bellísima y perfumada, entre la podredumbre y el cieno que la alimentan y la conforman y la originan y la deshojan y la marchitan.

          Pero aquel estío de 1985 yo pasaba un mes en Italia y recorría ciudades de la Emilia Romagna y del Véneto hasta las cuales llegaba en tren desde Bolonia. Y decidí acercarme a Roma. No recuerdo donde se encontraba tu casa de entonces. Las notas que tomé en el Diari de 1985 y que ahora, al releerlas, me parecen extrañamente vivas, próximas y lejanas, dicen que parabas cerca de San Juan de Letrán, que desde tu casa se veía la torre de San Juan en Puerta Latina y que en el patio había un platanero tan grande que casi llegaba al tejado del edificio.

          Aunque en alguna ocasión he vuelto a Italia, no había estado en Roma desde entonces. Y ahora vuelvo, y en esta ciudad que amo, como bien pusiste en la dedicatoria de tu libro sobre el consueta de 1722 que me regalaste, me asalta, ineludible, el recuerdo de aquellos días tuyos en el Instituto Español de Cultura, el libro de Gregal que por entonces ultimabas (o del que revisabas pruebas, no recuerdo con exactitud) y sobre algunos aspectos del cual me pediste opinión. Conservo el recuerdo imborrable de aquel tu cuerpo blanco y perfilado de veinticuatro años, joven y hermoso, como salido de un lienzo del Caravaggio, en el amplio lecho desnudo de verano que, casta y fraternalmente, compartimos. Tu te encontrabas sólo en Roma aquellos días de septiembre y, anfitrión amable y afectuoso, como siempre fuiste, me dedicaste un tiempo y una atención que recuerdo con gratitud y viveza y de la cual dejé constancia en el Diari.

          Ahora traigo conmigo aquella misma Guida di Roma de Georgina Masson que me recomendaste y en la que escribí la fecha: 7-9-85, y que sigue siéndome útil. El ex-libris señala que la compré en el barrio del EUR cuando, eterno impenitente estudioso de la arquitectura y de la ciudad, fui a visitar aquella sombra marmórea racionalista, tatuada de fascismo. Llevaba conmigo el libro cuando salía a caminar por Roma. ¿Vai a fare una bella passegiata?, me decías con simpatía cuando iba a dar un paseo por la senda de la puerta de San Juan, por el circo Massimo, por el Gianícolo o por el Aventino.

          Pero fuiste un romano fugaz. No comprendimos muy bien, desde nuestra envidia lejana y admirada, que no te quedases en el Instituto Español de Roma, donde ya te habías hecho un sitio, en vez de regresar a este ingrato País Valenciano de nuestros pecados. Pero ya lo dice Pavese:


[...] La vita va vissuta

lontano dal paese: si profita e si gode

e poi, quando si ritorna, come me a quarant'anni,

si trova tutto nuovo. Le Langhe non si perdono.

          Y te volviste a casa a encarar la muerte. Pero eso vino después y entonces no lo sabía nadie. Esas cosas, por fortuna, no se saben hasta que llegan, inevitables, poderosas, omnipresentes.

          Y ahora te escribo estas líneas, como una despedida, que quizá te debía, en tu lengua castellana, muchas veces, demasiadas, enemiga de la mía; amiga ahora, puesto que me sirve para evocar con amistad y gratitud aquellos días contigo en Roma. Y las escribo mientras respiro este aire pesado romano, perfumado de calor, adelfas y diamelas que se adivinan entre el humo de los malditos automóviles, más allá del minúsculo jardín de nuestro hotel, cercano a Porta Maggiore. Te evoco mientras paseo por Roma, camino de Cascia, en compañía de mi madre, a quien le ofrecí peregrinar hasta la tumba de Santa Rita, mediadora por quien ella siente una gran y antigua devoción.

          Y pongo por escrito mi recuerdo para que tus amigos, al leer mi recuerdo cariñoso, te recuerden también, cada cual a su modo, y te evoquen los que te apreciaron, como yo te recuerdo en Roma, cuando sólo con el recuerdo, débil y quebradizo, podemos intentar, siempre quizás en vano, combatir la muerte, la muerte de los muertos y la muerte de los vivos. Combatirla con el recuerdo y con las palabras que, a veces, son más poderosas que la muerte. Ya lo escribió Quevedo y, después de él, entre otros, Ezra Pound:

 

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,

y en Roma misma a Roma no la hallas:

cadáver son las que ostentó murallas,

y tumba de sí propio el Aventino.

[...]

Sólo el Tíber quedó, cuya corriente,

si ciudad la regó, ya, sepoltura,

la llora con funesto son doliente.

 

¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura,

huyó lo que era firme, y solamente

lo fugitivo permanece y dura.

 

 

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*    Periòdic Información, «Elche: el Misteri... y mucho más», Alacant, 10-08-2002.