DOCUMENTS DE LA FESTA

 

RELACIÓN VERÍDICA DEL PRODIGIOSO SUCESO ACAECIDO EN
LA INSIGNE IGLESIA DE SANTA MARÍA DE LA VILLA DE ELCHE
EL 15 DE AGOSTO DE 1840 EN CUYA TARDE Y AL TIEMPO DE
CORONAR A LA DIVINA IMAGEN, SE DESPLOMÓ EL PALCO DEL 
ILUSTRE AYUNTAMIENTO, QUE CONTENÍA SOBRE DOSCIENTAS
PERSONAS, SALIENDO TODOS ILESOS, POR ESPECIAL PROTECCIÓN
DE SU GLORIOSA PATRONA, MARÍA DE LA ASUNCIÓN*

 

 

 

[331] A vos celestial princesa

a vos paloma sagrada,

que lleva su raudo vuelo

a la sublime morada

y que Fénix misteriosa,

de amor divino abrasada

muere y renace inmortal

y sube a ser coronada

señora de dos imperios:

a vos, madre inmaculada,

que del contagio de origen

fuisteis sola preservada,

para ser corredentora

de la triste especie humana,

y a quién el divino arcángel        

saludó "llena de gracia";

a vos, a cuya Asunción

la villa de Elche consagra

los grandes, solemnes cultos,

que le dan renombre y fama; 

a vos, señora, dirijo

hoy mis fervientes plegarias,

para que de vuestro hijo

impetreis la especial gracia

de ocuparme en gloria vuestra,         

publicando con fe sana

el sorprendente prodigio,

que por vuestra señalada,

siempre eficaz mediación,

ha obrado la soberana        

diestra del que se humanó

en vuestras puras entrañas,

a favor de nuestra villa

que por patrona os aclama.

No es bien legar al silencio,         

señora, esta nueva gracia:

leánla los venideros

y al catálogo la añadan

de los que a sus ascendientes

tenía ya dispensadas. 

 

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La famosa villa de Elche,

cuyo solo nombre encierra

el elogio más cumplido

que pluma formar pudiera;

pueblo cuya antigüedad    

encumbrándose altanera

allá a los remotos siglos

(según crítica severa)

data del año del mundo

o anterior a nuestra era    

trescientos y trenta y tres

y debiendo su primera

población a los focenses

corrió la suerte esperia,

siendo sin cesar juguete 

de naciones extranjeras,

hasta que el fuerte romano

dueño ya de aquestas tierras,

prendado de las delicias

que su comarca ofreciera,       

la nombró colonia suya

con las mismas preeminencias,

que solo Roma y algunas

pocas ciudades tuvieran.

[332] Domináronla los godos,      

conservamdo su fe ilesa

con su catedral y obispos

que dieron lustre a su iglesia.

Vino el feroz cataclismo,

la inundación agarena,        

y aunque al pronto subyugada,

venció al fin la resistencia

de la africana canalla

y domeñó su soberbia.

Siempre grande, vencedora,    

Testimonios mil ostenta

que mundanamente publican

sus inmortales proezas.

Pero de tantos blasones,

privilegios y excelencias    

solo uno la envanece,

uno tan solo recuerda,

el más grande, el más sublime,

único sin competencia

y es el tener por patrona   

a la coronada reina

María de la Asunción,

esta dicha la enajena

al considerarse digna

de gracia tan estupenda.    

No fue acaso, fue elección

de la sabia providencia

destinar huesped tan alto

a esta villa predilecta.

Elche, gloriate ya

pues en tu recinto encuentras

el sacro santus santorum,

que es de propiciación prenda;

y el arca de la alianza

que bendiciones encierra;        

la alta torre de David,

tu antemural, tu defensa;

y la prodigiosa vara

que portentos mil opera.

Este es tu timbre mayor,           

y tu gloria verdadera.

Mas baste de digresión

que de mi objeto se aleja,

y ciñámonos al punto

principal de la materia.         

 

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De todo el orbe cristiano

es conocida la Fiesta,

que en obsequio a su patrona,

la villa de Elche celebra

los días catorce y quince

del mes de agosto; doquiera

de tanta solemnidad

tienen la más alta idea.

La pompa, la magestad,

el lujo y magnificiencia         

que desplegan en estos cultos

es proverbial: la afluencia

de gentes de todas partes

es extraordinaria, inmensa;

pues de toda la provincia   

y pueblos distantes de ella

a celebrar estos días

acuden a competencia.

No hay clase, no hay edad, que

mire con indeferencia  

acercarse el fausto día

de la Asunción; enagena

ver los caminos sembrados

de gentes mil, que desiertas

dejando las poblaciones,  

abandonando tareas,

oficios y talleres

con dádivas se presentan,

publicando a voz en grito

[333] la protección, la asistencia   

que en sus mitos e infortunios

han debido a esta princesa.

La gratitud es el solo

móvil que a todos alienta,

y las gracias obtenidas       

el objeto que alimenta

los animados coloquios

de tan grande concurrencia.

Ni la estación los retrae

ni los riegos les arredran,  

ni ocurren dificultades

que sus deseos no venzan:

todo es nada, si al fin logran

llevar a cabo su empresa...

¿Pero a dónde estos detalles 

tan minuciosos me llevan?

Sin embargo es muy del caso

hacer ver que a la presencia

del concurso extraordinario,

que el insigne templo llena  

en tan grande fausto día,

tuvo lugar una escena,

un prodigio de los muchos

que la alta omnipotencia,

por mediación de María,       

ha dispensado benéfica

a esta villa que su gloria

libra en la grande exelencia

de venerar por patrona

a esta divina princesa.        

Reunido pues el pueblo

como es acostumbrado en la iglesia

para presenciar el acto

más solemne de la Fiesta,

el día quince de agosto       

años ochocientos cuarenta

y de nuestra redención

o de la cristiana era

y cuando extasiado, absorto,

lleno de una fe sincera,      

aquel inmenso gentío

aguarda con impaciencia

el venturoso momento

de ver coronar por reina

del cielo y tierra a María;           

y hecho un argos ya contempla

por la augusta Trinidad

suspendida la diadema

sobre la sien eternal

de la triunfante princesa;        

entonces... ¡raro prodigio!

¡providencial coincidencia!

un prolongado estallido

por todo el templo resuena;

aunque desapercibido

pasa de la concurrencia:

en vano nuevos crujidos

mas la confusión aumenta,

la que no basta a arrancarle

de su agradable sorpresa         

que absorbe más digno objeto

sus sentidos y potencias:

sin embargo agudos ayes

el sacro recinto pueblan

y el contínuo clamoreo       

su curiosidad despierta

entonces llevando ansioso

sus miradas por doquiera,

busca, temiendo encontrarla,

la causa que produjera      

aquel no visto alboroto,

aquella alarma funesta:

pronto un grande movimiento

que hacia un lado de la iglesia

se nota, fija de todos  

[334] la atención; al punto observan

el palco del Ayuntamiento

que sin duda contuviera

más de doscientas personas

(sin contar las que estuvieran     

bajo el mismo tablado

mirando por las grietas)

desplomado, hecho fragmentos,

quedando a la par envueltos

en sus ruinas, personas,       

sitiales, sillas, banquetas,

alfombras, damascos, adornos

y aun los mismos centinelas

que la escalera guardaban

armada la bayoneta.      

Sin embargo del horror,

que a todos causar debiera

tan repentina catástrofe,

por un efectos de aquellas

pías, saludables máximas        

que la religión engendra,

todos simultáneamente

sus corazones elevan

llenos de fe, de esperanza

a la soberana reina  

y como si un pensamiento

a todos impulsos diera,

exclaman ¡María santísima,

madre y abagoda nuestra!...

Pero ¡oh portento! ¡oh, milagro          

de la eterna omnipotencia!

los que heridos, mutilados

y aun cadáveres debieran

resultar, salen ilesos;

ni una contusión siquiera          

hay quien muestre; no hay desgracias,

no hay quien descalabros sienta:

todos del tropel escapan

salvos, con la faz serena,

publicando mudamente   

la maravilla estupenda

que Dios acaba de obrar

por mediación de la reina

de los ángeles, María.

Esta sorprendente escena,           

que felizmente termina,

pudo tener consecuencias

funestas, desagradables;

pues al punto que en la iglesia

resuenan gritos de espanto          

y confusión, la sorpresa

se apodera de los que

la maquinaria gobiernan;

vacilan, y muchos de ellos

sus puestos y oficios dejan, 

abandonando al acaso

las tramoyas: queda expuesta

la sagrada, augusta imagen,

que hacia el cielo empíreo vuela

para ser hoy coronada...    

Los de la calle que oyeran

el tumulto y algaraza

sin que la causa comprendan

ni a averiguarla se paren,

con sobrada ligereza          

parten, sin duda asombrados,

en direciones opuestas,

y difunden el desorden

y confusión por doquiera...

Mas, ¡oh, prodigio inaudito!        

Invencible oculta fuerza

acallada, corta la alarma

en pocos segundos, queda

instantáneamente el orden

restablecido, la Fiesta        

que sólo breves instantes

[335] permaneciera suspensa,

sigue y termina cual siempre,

brillante sin que igual tenga.

Víctores mil de alegría      

por todas partes resuenan,

y el festivo clamoreo

de las campanas aumenta

la cordial expansión

con que los fieles protestan       

una especial devoción

a la soberana reina

que tan grandes beneficios

a sus devotos dispensa.

Hable el pertinaz incrédulo       

y con crítica severa

este portentoso hecho

califique a su manera:

que yo firme en los principios

de la cristiana creencia         

y apoyado en el asenso

de los que el suceso vieran,

hombres de todas edades,

de poblaciones diversas,

de varias categorías      

y aun de opiniones opuestas,

entre quienes no es probable

anterior inteligencia;

con ellos confesaré

(salvo el fallo de la Iglesia)  

que suceso tan notable

no es casual; que otra fuerza,

otra causa inteligente,

omnipotencia suprema

pudo sólo intervenir,     

pues nuestra naturaleza

como frágil, limitada,

colocada en otra esfera,

no alcanza a lo sobrehumano;

es pues clara consecuencia 

que solo el poder eterno

que crió, dirige y regla

cuanto ha sido, es y será

con especial providencia

pues obró tal portento        

por la intercesión de aquella

que concebida sin mancha,

y antes de existir electa.

Bendita entre las mujeres

la canta la madre Iglesia,           

y para nuestro consuelo

al lado del hijo, reina.

Loemos pues a María,

eligiéndola por nuestra

protectora y abogada        

a quien, si con fe sincera

y con un corazón puro

invocamos, cosa es cierta

que hallaremos el remedio

en nuestras tristes dolencias,      

consuelo en las aflicciones,

en los peligros defensa,

asilo y seguro puerto

en las borrascas deshechas,

que contra el débil mortal,  

triple enemigo fomenta

y el goce de todo bien,

en la mansión sempiterna.

 

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*     Impremta Matías Santamaria, Elx, 1846 (Conservat a l'Arxiu Municipal d'Elx). Apud Joan CASTAÑO GARCIA, «Literatura popular al voltant de la Festa o Misteri d'Elx», Aproximacions a la Festa d'Elx, Institut de Cultura «Juan Gil-Albert», 2002, p. 331-335..