[331]
A
vos celestial princesa
a
vos paloma sagrada,
que
lleva su raudo vuelo
a
la sublime morada
y
que Fénix misteriosa,
de
amor divino abrasada
muere
y renace inmortal
y
sube a ser coronada
señora
de dos imperios:
a
vos, madre inmaculada,
que
del contagio de origen
fuisteis
sola preservada,
para
ser corredentora
de
la triste especie humana,
y
a quién el divino arcángel
saludó
"llena de gracia";
a
vos, a cuya Asunción
la
villa de Elche consagra
los
grandes, solemnes cultos,
que
le dan renombre y fama;
a
vos, señora, dirijo
hoy
mis fervientes plegarias,
para
que de vuestro hijo
impetreis
la especial gracia
de
ocuparme en gloria vuestra,
publicando
con fe sana
el
sorprendente prodigio,
que
por vuestra señalada,
siempre
eficaz mediación,
ha
obrado la soberana
diestra
del que se humanó
en
vuestras puras entrañas,
a
favor de nuestra villa
que
por patrona os aclama.
No
es bien legar al silencio,
señora,
esta nueva gracia:
leánla
los venideros
y
al catálogo la añadan
de
los que a sus ascendientes
tenía
ya dispensadas.
________________________
La
famosa villa de Elche,
cuyo
solo nombre encierra
el
elogio más cumplido
que
pluma formar pudiera;
pueblo
cuya antigüedad
encumbrándose
altanera
allá
a los remotos siglos
(según
crítica severa)
data
del año del mundo
o
anterior a nuestra era
trescientos
y trenta y tres
y
debiendo su primera
población
a los focenses
corrió
la suerte esperia,
siendo
sin cesar juguete
de
naciones extranjeras,
hasta
que el fuerte romano
dueño
ya de aquestas tierras,
prendado
de las delicias
que
su comarca ofreciera,
la
nombró colonia suya
con
las mismas preeminencias,
que
solo Roma y algunas
pocas
ciudades tuvieran.
[332]
Domináronla
los godos,
conservamdo
su fe ilesa
con
su catedral y obispos
que
dieron lustre a su iglesia.
Vino
el feroz cataclismo,
la
inundación agarena,
y
aunque al pronto subyugada,
venció
al fin la resistencia
de
la africana canalla
y
domeñó su soberbia.
Siempre
grande, vencedora,
Testimonios
mil ostenta
que
mundanamente publican
sus
inmortales proezas.
Pero
de tantos blasones,
privilegios
y excelencias
solo
uno la envanece,
uno
tan solo recuerda,
el
más grande, el más sublime,
único
sin competencia
y
es el tener por patrona
a
la coronada reina
María
de la Asunción,
esta
dicha la enajena
al
considerarse digna
de
gracia tan estupenda.
No
fue acaso, fue elección
de
la sabia providencia
destinar
huesped tan alto
a
esta villa predilecta.
Elche,
gloriate ya
pues
en tu recinto encuentras
el
sacro santus santorum,
que
es de propiciación prenda;
y
el arca de la alianza
que
bendiciones encierra;
la
alta torre de David,
tu
antemural, tu defensa;
y
la prodigiosa vara
que
portentos mil opera.
Este
es tu timbre mayor,
y
tu gloria verdadera.
Mas
baste de digresión
que
de mi objeto se aleja,
y
ciñámonos al punto
principal
de la materia.
________________________
De
todo el orbe cristiano
es
conocida la Fiesta,
que
en obsequio a su patrona,
la
villa de Elche celebra
los
días catorce y quince
del
mes de agosto; doquiera
de
tanta solemnidad
tienen
la más alta idea.
La
pompa, la magestad,
el
lujo y magnificiencia
que
desplegan en estos cultos
es
proverbial: la afluencia
de
gentes de todas partes
es
extraordinaria, inmensa;
pues
de toda la provincia
y
pueblos distantes de ella
a
celebrar estos días
acuden
a competencia.
No
hay clase, no hay edad, que
mire
con indeferencia
acercarse
el fausto día
de
la Asunción; enagena
ver
los caminos sembrados
de
gentes mil, que desiertas
dejando
las poblaciones,
abandonando
tareas,
oficios
y talleres
con
dádivas se presentan,
publicando
a voz en grito
[333]
la
protección, la asistencia
que
en sus mitos e infortunios
han
debido a esta princesa.
La
gratitud es el solo
móvil
que a todos alienta,
y
las gracias obtenidas
el
objeto que alimenta
los
animados coloquios
de
tan grande concurrencia.
Ni
la estación los retrae
ni
los riegos les arredran,
ni
ocurren dificultades
que
sus deseos no venzan:
todo
es nada, si al fin logran
llevar
a cabo su empresa...
¿Pero
a dónde estos detalles
tan
minuciosos me llevan?
Sin
embargo es muy del caso
hacer
ver que a la presencia
del
concurso extraordinario,
que
el insigne templo llena
en
tan grande fausto día,
tuvo
lugar una escena,
un
prodigio de los muchos
que
la alta omnipotencia,
por
mediación de María,
ha
dispensado benéfica
a
esta villa que su gloria
libra
en la grande exelencia
de
venerar por patrona
a
esta divina princesa.
Reunido
pues el pueblo
como
es acostumbrado en la iglesia
para
presenciar el acto
más
solemne de la Fiesta,
el
día quince de agosto
años
ochocientos cuarenta
|
y
de nuestra redención
o
de la cristiana era
y
cuando extasiado, absorto,
lleno
de una fe sincera,
aquel
inmenso gentío
aguarda
con impaciencia
el
venturoso momento
de
ver coronar por reina
del
cielo y tierra a María;
y
hecho un argos ya contempla
por
la augusta Trinidad
suspendida
la diadema
sobre
la sien eternal
de
la triunfante princesa;
entonces...
¡raro prodigio!
¡providencial
coincidencia!
un
prolongado estallido
por
todo el templo resuena;
aunque
desapercibido
pasa
de la concurrencia:
en
vano nuevos crujidos
mas
la confusión aumenta,
la
que no basta a arrancarle
de
su agradable sorpresa
que
absorbe más digno objeto
sus
sentidos y potencias:
sin
embargo agudos ayes
el
sacro recinto pueblan
y
el contínuo clamoreo
su
curiosidad despierta
entonces
llevando ansioso
sus
miradas por doquiera,
busca,
temiendo encontrarla,
la
causa que produjera
aquel
no visto alboroto,
aquella
alarma funesta:
pronto
un grande movimiento
que
hacia un lado de la iglesia
se
nota, fija de todos
[334]
la
atención; al punto observan
el
palco del Ayuntamiento
que
sin duda contuviera
más
de doscientas personas
(sin
contar las que estuvieran
bajo
el mismo tablado
mirando
por las grietas)
desplomado,
hecho fragmentos,
quedando
a la par envueltos
en
sus ruinas, personas,
sitiales,
sillas, banquetas,
alfombras,
damascos, adornos
y
aun los mismos centinelas
que
la escalera guardaban
armada
la bayoneta.
Sin
embargo del horror,
que
a todos causar debiera
tan
repentina catástrofe,
por
un efectos de aquellas
pías,
saludables máximas
que
la religión engendra,
todos
simultáneamente
sus
corazones elevan
llenos
de fe, de esperanza
a
la soberana reina
y
como si un pensamiento
a
todos impulsos diera,
exclaman
¡María santísima,
madre
y abagoda nuestra!...
Pero
¡oh portento! ¡oh, milagro
de
la eterna omnipotencia!
los
que heridos, mutilados
y
aun cadáveres debieran
resultar,
salen ilesos;
ni
una contusión siquiera
hay
quien muestre; no hay desgracias,
no
hay quien descalabros sienta:
todos
del tropel escapan
salvos,
con la faz serena,
publicando
mudamente
la
maravilla estupenda
que
Dios acaba de obrar
por
mediación de la reina
de
los ángeles, María.
Esta
sorprendente escena,
que
felizmente termina,
pudo
tener consecuencias
funestas,
desagradables;
pues
al punto que en la iglesia
resuenan
gritos de espanto
y
confusión, la sorpresa
se
apodera de los que
la
maquinaria gobiernan;
vacilan,
y muchos de ellos
sus
puestos y oficios dejan,
abandonando
al acaso
las
tramoyas: queda expuesta
la
sagrada, augusta imagen,
que
hacia el cielo empíreo vuela
para
ser hoy coronada...
Los
de la calle que oyeran
el
tumulto y algaraza
sin
que la causa comprendan
ni
a averiguarla se paren,
con
sobrada ligereza
parten,
sin duda asombrados,
en
direciones opuestas,
y
difunden el desorden
y
confusión por doquiera...
Mas,
¡oh, prodigio inaudito!
Invencible
oculta fuerza
acallada,
corta la alarma
en
pocos segundos, queda
instantáneamente
el orden
restablecido,
la Fiesta,
que
sólo breves instantes
[335]
permaneciera
suspensa,
sigue
y termina cual siempre,
brillante
sin que igual tenga.
Víctores
mil de alegría
por
todas partes resuenan,
y
el festivo clamoreo
de
las campanas aumenta
la
cordial expansión
con
que los fieles protestan
una
especial devoción
a
la soberana reina
que
tan grandes beneficios
a
sus devotos dispensa.
Hable
el pertinaz incrédulo
y
con crítica severa
este
portentoso hecho
califique
a su manera:
que
yo firme en los principios
de
la cristiana creencia
y
apoyado en el asenso
de
los que el suceso vieran,
hombres
de todas edades,
de
poblaciones diversas,
de
varias categorías
y
aun de opiniones opuestas,
entre
quienes no es probable
anterior
inteligencia;
con
ellos confesaré
(salvo
el fallo de la Iglesia)
que
suceso tan notable
no
es casual; que otra fuerza,
otra
causa inteligente,
omnipotencia
suprema
pudo
sólo intervenir,
pues
nuestra naturaleza
como
frágil, limitada,
colocada
en otra esfera,
no
alcanza a lo sobrehumano;
es
pues clara consecuencia
que
solo el poder eterno
que
crió, dirige y regla
cuanto
ha sido, es y será
con
especial providencia
pues
obró tal portento
por
la intercesión de aquella
que
concebida sin mancha,
y
antes de existir electa.
Bendita
entre las mujeres
la
canta la madre Iglesia,
y
para nuestro consuelo
al
lado del hijo, reina.
Loemos
pues a María,
eligiéndola
por nuestra
protectora
y abogada
a
quien, si con fe sincera
y
con un corazón puro
invocamos,
cosa es cierta
que
hallaremos el remedio
en
nuestras tristes dolencias,
consuelo
en las aflicciones,
en
los peligros defensa,
asilo
y seguro puerto
en
las borrascas deshechas,
que
contra el débil mortal,
triple
enemigo fomenta
y
el goce de todo bien,
en
la mansión sempiterna.
|