ESCRITS SOBRE LA FESTA

 

TEATRALIZACIÓN DE LO SAGRADO Y
SACRALIZACIÓN DE LO TEATRAL: EL MISTERIO DE ELCHE*

 

alfredo Hermenegildo
Université de Montréal

 

     [259] En un documento fechado el 3 de febrero de 1632 el papa Urbano VIII legitimó a perpetuidad el Misterio de Elche, haciendo de él uno de los monumentos de la Cristiandad que, más allá de toda arqueología, mantiene viva una tradición centenaria y unas formas de integración de lo sacro en lo civil y de lo civil en lo sacro.

     El texto literario y el bloque didascálico conservados, en los que se han acumulado muchos sedimentos producidos por la práctica tradicional de la representación, tienen una importancia excepcional como ejercicio litúrgico y catequístico de la Iglesia Católica. Pero poseen además una dimensión literaria y teatral que hace de ellos un objeto de estudio privilegiado a la hora de profundizar en lo que supone la interacción de lo civil y de lo religioso o en las necesidades litúrgico-escénicas impuestas por la catequesis. Texto sacro y ejercicio de comunicación teatral y de pedagogia religiosa son los dos polos en torno a los que gira ese magno acontecimiento que se repite año tras año en las ciudad de Elche. En nuestro estudio no vamos a entrar en consideraciones de orden teológico o pastoral, pero sí en las consecuencias que lo teológico y lo pastoral tienen en las existencia misma del texto y de su representación.

     Hemos recurrido a la documentación y en las reflexiones aportadas, entre otros, por dos estudiosos claves para la comprensión del Misterio de Elche, Luis Quirante Santacruz y Francesc Massip i Bonet.1 Pero nuestra propia experiencia como espectadores de la [260] representación del Misterio también nos ha servido como punto de partida. Permítasenos presentar aquí un recuerdo personal que explica en buena parte la existencia de estas páginas. La segunda vez que asistimos a una representación del Misterio lo hicimos acompañados por una persona que conocía en todo su detalle los vericuetos y los detalles de la pieza. Era un Ensayo General. Al ver los últimos compases del acontecimiento, nos dimos cuenta que la corona que coloca Dios Padre sobre la cabeza de María no llegaba a su destino final. Intrigados, preguntamos a nuestro ilustre acompañante la razón de aquella «anomalía». Su respuesta fue clara. Nos dijo que aquello que veíamos no era «verdad»; era simplemente una representación. Por eso no llegaba a coronarse «realmente» a María. Había que esperar al día siguiente para contemplar la coronación, ya que entonces no se trataría de algo teatral, fingido, falso, sino de la visión esplendorosa del triunfo de la Virgen.

     Aquella respuesta fue el elemento que origina nuestro estudio, porque establecía claramente una percepción del espectador en que se distinguía lo verdadero, lo real que se ve en el Misterio, y lo ficticio del Ensayo General, de una representación hecha fuera del ámbito religioso de la liturgia. La oposición [ficticio/ real] quedaba así claramente marcada. Pero hay que señalar que dicha oposición está siempre presente en la existencia y realización mismas del Misterio y de toda representación religiosa. El espectador y su racionalidad están haciendo frente a unos signos dramáticos que la experiencia personal y colectiva califican de irracionales, de fantásticos, de inhaprensibles por la vía de la comprensión y de la percepción de los sentidos en la vida cotidiana. Los hechos que se representan en el Misterio se distinguen de lo que unos ojos humanos contemplan a diario: el Cielo se abre y se cierra, baja de él un ángel, unos apóstoles acuden casi instantáneamente desde lejanos lugares convocados por el deseo de María, sube por los aires una estatua de la Virgen hacia ese Cielo cuyo interior no vemos, unos judíos quedan paralizados y recuperan la normalidad física tras la intervención de San Pedro, Santo Tomás llega desde las Indias no se sabe cómo, Dios Padre sale del Cielo y corona a la Virgen, suspendida en el espacio, antes de que la Madre de Cristo entre finalmente en la morada celeste, etc...

     Digamos que la experiencia humana, que no ve ni percibe a diario hechos semejantes, tiende a considerarlos como signos fantásticos, como formas salidas del mundo de lo inverosímil, como acontecimientos de un orden similar a los que contempla cuando ve volar a Peter Pan o cuando observa cómo el Príncipe da un beso a Blancanieves y la resucita. Y sin embargo, detrás de esa «fantasía» del Misterio hay algo que obliga, que incita al espectador a no considerarlo como tal fantasía, como hecho salido de la irrealidad creada por una mente calenturienta. Ese enfrentamiento entre lo que el público asistente tiene la tentación de identificar como «fantasía» y lo que venera como «realidad» es el objeto que motiva las páginas que siguen.

     La Iglesia ha usado siempre un doble lenguaje al enfrentarse con el problema del teatro. Por una parte, lo ha condenado. Por otra, ha utilizado muchos de sus elementos [261] dentro de determinadas acciones litúrgicas o ha echado mano abiertamente del ejercicio teatral para llevar adelante ciertas empresas de catequización. Tertuliano afirmaba que «quod nascitur, opus Dei est, ergo quod fingitur diaboli negotium est».2 Y el teatro es cosa fingida, convirtiéndose así en obra demoníaca. Realidad o ficción, obra de Dios u obra de Satanás, son los dos polos que atraen y condicionan irremediablemente toda actividad litúrgico-teatral, o simplemente teatral, puesta en marcha en el ámbito eclesiástico. Massip señala pertinentemente esa tirandez cuando recuerda que

en el teatre la màquina és la materialització escènica del meravellós (volar, desplaçar-se, desaparèixer). D'aquí que Aristòtil [...] pretenguera limitar-ne el seu ús, comminant el dramaturg a resoldre de manera versemblant totes les accions. Però en la mentalitat medieval, quan el cristianisme ja ha assimilat el concepte de meravellós al de sobrenatural, remetent-lo a un sol autor (Déu), racionalitzant-lo (creant l'ortodòxia del sobrenatural) i marcant-ne l'adequada distància amb el concepte de màgic (identificat amb el sobrenatural malèfic), els mirabilia, al caliu de l'afany visual que experimenta aquella societat, s'instal·len en un lloc privilegiat dintre de l'art dramàtic, i d'aquí la gran capacitat de fascinació que entre el públic fruïren els ginys generadors d'aquesta mirabile visu (Massip: 183).

     El concepto de «maravilloso» queda asimilado al de «sobrenatural», pero la noción de «maravilloso» está aquí flotando en su oposición a lo «real», aunque se asimile a lo «sobrenatural».

     El conocido estudio de Jacques Le Goff3 y el trabajo citado de Massip ponen sobre el tapete las nociones de mágico (o fantástico) y maravilloso, de natural y sobrenatural, de realidad y ficción, de verosímil e inverosímil, nociones que están subyacentes en toda acción pública de tipo religioso, encargada de establecer contacto con un público catequizable por medio de recursos característicos del ejercicio teatral o muy cercanos a él. El Misterio de Elche es un caso típico que nos obliga  a acercarnos a su tejido literario y escénico a partir de estas consideraciones.

     Vamos a fijar primero ciertos conceptos sobre lo que podamos asentar debidamente nuestra reflexión. Los estudios de Antonio Risco Literatura y fantasía4 y Literatura  fantástica de lengua española. Teoría y aplicaciones,5 y nuestros trabajos «Teatro, fantasía y catequesis en la Edad Media castellana»,6 «Los riesgos de la fantasía: [262] catequesis y hagiografía en el teatro áureo»7 y «El control de la fantasía: usos catequísticos en el teatro de Diego Sánchez de Badajoz»,8 nos servirán de punto de apoyo. El presente trabajo se inscribe dentro de un conjunto de investigaciones que estamos realizando sobre las realizaciones entre el teatro y su uso catequístico en la Edad Media y los Siglos de Oro de la literatura española.

     Nuestra reflexión sobre lo fantástico está organizada alrededor de un doble eje, el que impone la especificidad de la literatura dramática y el que marca la finalidad y la intención propagandística con que esa literatura fue escrita o, en el mejor de los casos, representada en un escenario, sea de clase que este último fuere.

     Vamos a hacer frente al complejo problema que plantea la literatura dramática cuando surge en calidad de objeto empleado como instrumento y vehículo de propaganda de ciertas ideas tenidas por verdades trascendentales, y cuando aparece cargada de signos hipotéticamente marcados por la fantasticidad. El teatro medieval fue utilizado como instrumento difusor de la ideología cristiana dominante. Hoy casi no conocemos tal teatro en el ámbito castellano. Pero vive todavía en numerosas obras del espacio lingüístico catalán. El Misterio de Elche es probablemente su ejemplo más destacado. Dicho teatro catequístico lleva dentro de sus pliegues una condición fantástica o maravillosa. Su delimitación y descripción ocupará una parte de nuestra reflexión. La superposición de ambas realidades —catequesis y fantasía— nos permitirá describir cuáles han sido los medios usados, en el sistema de signos que componen el teatro, para explicar el proceso de construcción y utilización de la literatura dramática fantástica puesta al servicio de la transmisión explícita de unas creencias, convertida en texto didáctico, en catequesis festiva, en propaganda. Tal es el caso del Misterio.

     Cuando la producción dramática catequística es utilizada como vehículo para difundir un cierto número de afirmaciones tenidas por trascendentales, de declaraciones de fe, y al mismo tiempo sus elementos constituyentes están llenos, en todo o en parte, de signos marcados por la fantasía, el hipotético lector o espectador queda sometido a la presión de una clara paradoja: se pone al destinatario ante la difícil situación de tener que descodificar como «reales y verdaderos» ciertos hechos surgidos de un mundo en que la norma de lo real ha sido sustituida por la de lo no-real, por la de cuanto no es verificable por los sentidos, de cuanto es ajeno al espacio de lo tangible, visible, audible, etc...

     Toda la literatura, como todo arte, es imitación de la realidad, es mimesis, ficción, y, por lo tanto, fantasía. Hay que considerar, pues, dos tipos de ficción, según el grado de fantasía que manifiestan. Antonio Risco, en su Literatura y fantasia (Risco, 1982: 13), propone la búsqueda de una vía para separar los campos, definida por una forma de «intencionalidad fantástica» en oposición a otra de «intencionalidad realista». Y es precisamente esa intencionalidad el eje en torno al que gira nuestra reflexión, ya que la literatura catequística o propagandística está marcada por una intención que en modo [263] alguno busca la identificación del relato como algo ajeno y extraño a la realidad cotidiana. Todo lo contrario. La intención, la voluntad realista, trata de imitar la realidad tal como se manifiesta a nuestros sentidos. La fantástica, en cambio, se opone a la representación de esa misma realidad siguiendo el modelo perceptivo sensorial.

     Pero una y otra se pueden definir por sus propias temáticas y por la oposición mutua que las separa y las une dialécticamente. La voluntad realista «pretende lograr una apariencia de realidad, aunque trate de figurar lo que más se opone a ella [...]; su función consiste precisamente en hacer aparecer como real incluso lo irreal e inadmisible» (Risco, 1982: 13). Las elaboraciones artísticas marcadas por el signo de lo fantástico también se construyen con elementos salidos de la realidad, aunque tales elementos están ordenados «de manera inhabitual, extraña y desconcertante, contradictoria de esa misma realidad, pero presentados en forma que parezcan reales o al menos posibles» (Risco, 1982: 14).

     Para que dichos elementos parezcan reales, se recurre a unas «garantías de realidad», es decir a todo cuanto sirve para construir la obra literaria, incluyendo así las marcas que intervienen en la forja de la imitación e, incluso, del hecho de «estar haciendo real» (Risco, 1982: 14) todo lo que transporta en su seno.

     El punto de partida es la relación dialéctica [realidad/ fantasía]; pero hay que ir más allá y llegar a la oposición [intencionalidad realista/ intencionalidad fantástica] y, finalmente, a la que enfrenta la verdad a la no-verdad, a la falsedad, a la mentira. Es decir, a través de esa cadena de oposiciones, el camino queda trazado así: apariencia de fantasía e intencionalidad realista ® representación de la realidad ® representación de la verdad. En el fondo todo el problema de la oposición [realista/ fantástico] gira alrededor de su interiorización, de la transformación de una determinada obra literaria en objeto íntimo.

     Pero vayamos más al fondo de la cuestión, porque lo fantástico ocupa una franja semántica demasiado amplia y es necesario establecer límites más precisos. El pacto de lectura tradicional que provoca la dialéctica [realismo/ fantasticidad] no se sitúa en el plano del significante ni en el del referente, sino en el del significado, el figurativo (Risco, 1982: 14), ya que se trata de un mundo imaginario que se propone al lector y que no puede construirse sino con el concurso de elementos externos al texto. Lo que determina el significado es el modo de lectura, es el asumir la condición de espectador, que se realiza de acuerdo con unos valores afectivos, con una determinada visión del mundo.

     Por ello es preciso distinguir entre dos grupos paralelos de producciones literarias, la fantástica y la maravillosa. El lector/ espectador medio se enfrenta con el problema de si lo que se le presenta puede ocurrir en su propio mundo, si es verosímil. Si calcula que lo que le ofrecen responde a tal condición, juzgará la obra en cuestión como realista; si no, la evaluará como fantástica o maravillosa.

     [264] Risco (1987: 24) señala que ese lector medio no se deja guiar solamente por el canon de la verosimilitud, ya que tal simplicidad de criterio chocaría frontalmente con la pluralidad ideológica que supone su adscripción, por ejemplo, a grupos religiosos muy variados. Creemos, pues, que el contrato de veridicción debe situarse en otro nivel. La respuesta hay que buscarla, según el citado crítico, en los preceptistas clásicos, para quienes la verdad está en la naturaleza. El poeta, el creador «realista» ha de imitar la naturaleza. Pero el creyente en la divinidad de Cristo, por ejemplo, no deja de reconocer  que ciertos hechos, cuyo carácter real, aunque milagroso, él acepta —la resurrección de Lázaro o la del mismo Cristo, por ejemplo—, van contra la práctica habitual de la naturaleza.

     Risco, inspirado en buen número de especialistas de este tipo de literatura, rompe la ambigüedad y establece que

dentro de ella puede hacerse la diferencia entre lo maravilloso y lo fantástico, caracetrizando la primera manera como aquella que sitúa de golpe al lector en un ámbito donde la manifestación de los fenómenos extranaturales no se problematizan [sic], por lo que, de algún modo, se muestran como naturales en ese medio, fundamentalmente diferente, entonces, del suyo. Así el conflicto que plantean se establece sólo con el lector en su visión del mundo —la vigente en su medio, ha de entenderse—, no con los personajes que los presencian o los viven, ya que estos pertenecen a otra esfera, regida por otra normalidad. Si ellos los problematizaran de alguna manera, sorprendiéndose, por poco que sea, de la naturaleza de tales fenómenos, la obra de referencia correspondería ya a lo fantástico (Risco, 1987: 25-26).

     De este modo las oposiciones [maravilloso/ realista] y [fantástico/ realista] vienen a significar, en suma, las actualizaciones históricas de la oposición lógica [isotopía (o principio de coherencia)/ anisotopia9 (o principio de incoherencia)] (Risco, 1987: 140).

     La diferencia establecida por Risco10 entre literatura maravillosa y literatura fantástica separa la que sitúa al lector en un espacio donde los fenómenos extranaturales no se problematizan, son percibidos como naturales en el medio en cuestión —literatura maravillosa—, y la que sitúa al receptor ante un mundo en que dichos fenómenos se ponen constantemente en tela de juicio. Las oposiciones [maravilloso/ realista] y [fantástico/ realista] significan las realizaciones textuales de la oposición lógica [isotopía/ anisotopía] u oposición entre el principio de coherencia y el de incoherencia. La variedad maravillosa es isotópica desde el punto de vista semiótico, ya que sus datos tienen coherencia dentro de un sólo código, el interno, pero es anisotópica desde la perspectiva semántica o intersemiótica, en su relación con el espacio externo, el del lector/ espectador. En la variedad fantástica, las manifestaciones prodigiosas crean la [265] anisotopía semiótica, o sea la incoherencia del código que rige el mundo interno de la fábula; también descubren una anisotopía semántica o intersemiótica, o sea la falta de homogeneidad y de coherencia con la isotopía vigente en el mundo del lector.

     Ahora bien, la diferencia entre lo realista y lo maravilloso/ fantástico queda condicionada por la intencionalidad latente en la obra literaria y por la percepción global que del objeto se hace el destinatario. En general puede afirmarse que en lo que toca al realismo o, al menos a la verosimilitud, el creyente cristiano —el de tradición cristiano-romana o católica, en concreto— acepta la representación de un hecho milagroso como la figuración de algo «real», a condición de que el magisterio eclesiástico lo haya consagrado o permitido, con lo que se estaría identificando lo real fingido con lo canónicamente aceptado y lo fantástico, lo legendario, con lo no-canónico.

     Pero queda pendiente el hecho innegable de que el público espectador está formado por elementos no necesariamente homogéneos. El grado de aceptación del magisterio eclesiástico varía y, por lo tanto, el texto catequístico tiene que hacer frente a esa multiciplidad de espectadores que no alcanzan, en su totalidad, el mismo grado de sometimiento a la instancia catequizante o de complicidad con ella. Entra aquí en juego la necesidad de saltar del discurso individual a los discursos sociales. Y nos interesa, en este momento particular, el problema que plantean los textos religiosos, las variaciones de identificación de los mismos —algunos textos percibidos como religiosos, es decir, como verdaderos, en la Edad Media, se leen más tarde como literarios—. Todo ello está latente en la existencia del principio de construcción de dichos textos con arreglo a lo que Yuri Lotman11 llama «semántica pluriestratificada» (Lotman: 111), en que los mismos signos son empleados, en diversos niveles estructurales de sentido, para expresar, sincrónica o diacrónicamente, un contenido diferente —las significaciones accesibles a un lector iniciado no son accesibles a otro menos avanzado en el camino de la vivencia religiosa, por ejemplo—. Esta doble condición de la recepción del texto, desplegada en el hoy y en el tiempo que pasa, abre un gran espacio en el que la discusión sobre el teatro catequístico medieval adquiere todo su sentido.

     Si cada época, una vez tomada en consideración la relativización a que hacíamos alusión líneas arriba, tiene sus propios géneros fantásticos, de acuerdo con sus particulares condicionamientos culturales, ¿cómo estudiar, desde nuestro tiempo, desde nuestros géneros y desde nuestros propios hábitos culturales, la literatura fantástica medieval, algo que fue o no fue considerado como fantástico en la época de su producción, o que fue o no fue considerado como fantástico según los distintos grados de iniciación del lector o del espectador?

     [266] Teniendo en cuenta el problema de la variedad de público, diacrónica y sincrónicamente considerado, el texto catequístico tiene que prestar atención, más allá de su propia intención realista, a la posible descodificación que el espectador menos dócil pueda hacer. El texto no debe olvidar tampoco que en su misma coherencia interior, identificada como «realista» quedan ciertas bandas, huellas o indicios vagos de inverosimilitud, de fantasía. Si se suma la existencia de los diferentes grados de significación y de aceptación por parte del público espectador —semántica pluriestratificada— y la existencia de ciertas bandas de inverosimilitud del texto presentado como «real», el resultado explica el interés institucional por desarrollar una literatura catequística capaz de borrar y neutralizar dichos indicios y huellas. Es decir, la literatura religiosa alberga en su seno un «potencial de fantasía» que es necesario tomar en consideración. El contrato catequístico es una sistematización de lo natural verosímil, pero siempre desconfía de sus propios medios y del grado de sometimiento del destinatario; por eso trata de neutralizar la existencia de esas huellas de inverosimilitud, de fantasía, que quedan en él.

     La literatura religiosa, cuya esencia misma, por su carácter irracional, da entrada a elementos fantásticos o maravillosos, parece realizarse hasta fines del siglo XVII haciendo funcionar de manera eficaz y constante la oposición [verosimilitud/ inverosimilitud]:  

Hay un sobrenatural verosímil, conforme a la enseñanza del cristianismo y que las iglesias sistematizan, y hay un maravilloso resueltamente inverosímil, opuesto del todo al mundo de lo cotidiano, que tiende a borrar su propio referente y se afirma como literatura pura (Risco, 1982: 17)

     Nosotros intentamos ver cómo el teatro catequístico medieval refleja y refuerza el proceso de sistematización de lo sobrenatural verosímil, teniendo en cuenta las diferentes capas de recepción que los diversos grados de iniciación del creyente o del no-creyente establecen. Tenemos que describir qué elementos anecdóticos son utilizados como agentes neutralizadores de la perturbación de la transparencia del mensaje. Y también qué elementos formales, estilísticos o estructurales, son utilizados para contrarrestar dicha perturbación de la transparencia o para provocarla hasta convertir el mensaje en algo ilegible, sin afectar de modo irremediable la ilusión realista de lo narrado. La catequesis o propaganda destruye toda noción de fantasía. La catequesis está cimentada en un discurso que neutraliza la condición fantástica de toda percepción de la literatura. Y sin embargo, hay en las obras catequísticas un esfuerzo particular para atribuir la condición de «real» a ciertos signos, rasgos, personajes, situaciones, etc..., esfuerzo que resultaría innecesario en un contexto de aceptación de la propuesta como representación de la realidad más absoluta, menos fantástica. Si la catequesis existe es a causa de la presencia, entre el público espectador o entre los lectores potenciales, de ciertas dudas, de ciertas perplejidades, ante la posible condición de no-real, de fantástico, que caracteriza al hecho presentado. De no haber tales dudas, la catequesis sería innecesaria e inoperante. Ese esfuerzo particular de presentar una historia como real define una cierta forma de literatura fantástica que vive en el discurso propagandístico.

     [267] Veamos ahora el Misterio de Elche y ciertos aspectos de la anécdota y de la representación que sólo se explican como ejercicios de neutralización de esa percepción de sus contenidos como signos de fantasticidad o, al menos, como residuos y marcas de la perplejidad que ciertos elementos de la obra pueden provocar en determinados sectores del público espectador, menos convencidos del carácter «real» o maravilloso de la representación.

     El texto, y cuando hablamos ahora del texto nos referimos a las dos realidades con que contamos, la consueta de 1625 y la representación que se lleva a cabo anualmente, transforma la realidad que rodea el Misterio. La ciudad de Elche se convierte en Jerusalén y en su contorno inmediato, el lugar donde María pasó los últimos días de su vida. Según afirma Massip, «l'església sencera d'Elx és la ciutat santa amb les seues rodalies. El seu exterior és la resta del món». (Massip: 142). Pero no hay que olvidar la ermita de San Sebastián, convertida para la ocasión en vestuario de los actores, en lugar de donde, acompañados por la música, salen los personajes para dirigirse a la puerta de Santa María y al que vuelven al terminar la representación. Es cierto que la ciudad es el «món», pero es igualmente cierto que en su tejido urbano hay también un lugar sacro, cercano a Jerusalén, y que el trayecto recorrido, breve pero significativo —20 ó 25 metros—, entre Basílica y san Sebastián es un desbordar de lo sacro sobre lo civil, es una transformación de Elche en lugar sagrado, en la nueva Jerusalén. La peregrinación primera de María va de San Sebastián a la Basílica y allí se continúa con las visitas a ciertos parajes jerosolimitanos: el huerto de Getsemaní, el calvario, el campo donde José de Arimatea enterró a Cristo; el valle de Josafat será el destino del cuerpo de María antes de su gloriosa Asunción. Por otra parte, en la mañana del día 15 de agosto, sale de la Basílica la procesión del entierro de la Virgen, procesión en la que figuran las Marías, los apóstoles, los ángeles, etc..., y el pueblo de Elche. De este modo quedan integrados en un mismo conjunto los lugares sacros del Evangelio y las calles y plazas ilicitanas por donde discurre la vida diaria de sus habitantes. Ese acercar lo lejano y teñido de «irracionalidad» a lo civil y cotidiano, da a aquello una condición de realidad auténtica, racionaliza lo maravilloso y constituye un primero y básico ejercicio de recuperación de las bandas de fantasticidad que pueden surgir. Como Elche no es un ente de ficción, tampoco lo son los signos que rodean el hecho de la Asunción.

     La representación del Misterio es una acto que conserva muchos rasgos de la liturgia católica. Dicha pervivencia de algunos signos ata la obra a la vida religiosa cotidiana, a lo que los fieles perciben con sus sentidos, más allá de toda connotación de fantasticidad. La imagen de María que asciende a la morada divina es la misma imagen que contemplan los creyentes en su Iglesia ilicitana durante las ceremonias cotidianas o semanales. Más adelante volveremos sobre este asunto. El Ángel Mayor, el que sube al Cielo y baja de él el muñeco que representa el alma de María, es un ser no alado, sin fisonomía de ángel, y que lleva vestiduras sacerdotales, como las que contemplan los fieles en las ceremonias litúrgicas. Tiene las características del Cristo escénico medieval [268]: «l'alba cenyida i l'àmit» (Massip: 252). En otras palabras, es Jesús mismo. Y lleva el atuendo sacerdotal, con lo que adquiere la dimensión de un ser perceptible por los mismos sentidos que ven al clérigo celebrar la misa a diario. La misma reflexión cabe hacerse sobre el personaje de San Pedro, que en la segunda parte de la representación, la «Festa», remplaza la túnica «teatral» por «l'alba, casulla brodada i capa pluvial» (Massip: 253). Ambos personajes han de ser encarnados por un sacerdote auténtico, no por «un actor vestido de sacerdote».

     La entrada inicial de «la Maria» es otra muestra de la presencia litúrgica en el texto, de la utilización que hace el Misterio de ciertas prácticas litúrgicas para dar mayor consistencia «real» a lo representado. La Virgen, antes de ir a morir, recorre tres estaciones del vía crucis para representar su visita a los lugares de la Pasión de Cristo en Jerusalén. María va «recordando al público, con indiscutible afán de espectáculo, los sufrimientos de su Hijo» (Quirante: 293). Cuando se dirige al «sant Verger Getsemany», al «Arbre sant» —la cruz— y al «sant Sepulcre» (Quirante: 294), sus interlocutores mudos, está arrodillada ante los mismos iconos sagrados —ahora iconos escénicos hipertrofiados— que contemplan los fieles en sus devociones habituales. El uso de objetos litúrgicos se convierte así en garantía de realidad de todo cuanto se representa, aunque llegue a los sentidos del espectador acompañado de ciertos signos de fantasía.

     Por otra parte, en el segundo acto, entran por el andador, por el mismo andador por el que circulan los personajes, el Arcipreste de la Basílica, los Caballeros Electos y el Portaestandarte, que añaden la presencia física del pueblo ilicitano en esa historia con apariencias de «ser fantástica» pero «recuperada como maravillosa» por tantos signos de normalidad significante, de isotopía y de coherencia semiótica. Ello converge hacia la confirmación del carácter real que se quiere atribuir a la anécdota del ejercicio catequístico y hacia la neutralización de cualquier posibilidad de concebir lo observado como algo propio del mundo de la fantasía. Lo incoherente se hace coherente, lo fantástico imaginado se transforma en maravilloso cristiano, lo irreal se hace real y el creyente puede encontrar en la obra la confirmación de su fe y la desaparición de sus dudas.

     Uno de los aspectos fundamentales y más significativos de la dimensión catequística del Misterio es la presencia de los apóstoles convocados por María, su intervención en el enfrentamiento con los judíos y la llegada tardía de Tomás. Veamos caso por caso.

     María, después de recorrer algunos lugares de Jerusalén, las tres etapas del vía crucis por las que pasó su hijo, llega a casa y expresa el deseo de morir. La bajada ángel con la palma en la mano es la ocasión para que la Virgen le pida «los Apòstols así junstar/ per lo meu cos a ssoterrar» (Quirante: 295).12 La respuesta angélica es clara: [269]

Los apòstols ssí seran
y tots ab brevetat vendran
car Déu, qui és omnipotent,
los portarà sobtossament (Quirante: 295).

     Juan, en primer lugar, entra en la Basílica y recorre el andador camino del cadafal, mientras hace hipertrofiados gestos de extrañeza ante la fuerza misteriosa que le lleva por aquel camino. Una vez llegado ante María y recibida la palma celeste que el ángel entregó a la Virgen, Juan llama al resto de los Apóstoles para que acudan a Jerusalén. La entrada escalonada de los discípulos, que llegan desde diversos lugares, queda marcada por los mismos signos de extrañeza ya señalados en el caso de Pedro.

     En el «Ternari», que cantan «sent Jaume y altres dos» (Quirante: 296), se señala el carácter extraordinario que ha tenido la llegada a Jerusalén:

De les parts de assí estrañes
som venguts molt prestament,
passant viles y montañes
en meyns temps de un moment (Quirante: 296).

     Lo fantástico del viaje se transforma en maravilla tan pronto llegan al espacio de la Iglesia, donde todo es coherente, el mundo de los personajes y el del público. La puerta del edificio es la separación de lo sacro y de los profano. Se entra en lo sacro por invitación —cataquesis. Los únicos que van a profanar el templo —luego lo veremos— son los judíos, pero acaban accediendo al espacio de lo sacro cuando, tras ser invitados a bautizarse, aceptan definitivamente su integración en el grupo cristiano.

     Las marcas de admiración son señales de esa fantasticidad que anida en el relato. El viaje súbito que todos han hecho responde a la puesta en marcha de unas fuerzas que ellos mismos no comprenden. Hay una cierta incoherencia, una anisotopía semiótica en el ámbito interior de la obra, una incoherencia por la que puede introducirse la perplejidad del espectador ante un hecho inexplicable, puesto que los mismos personajes lo encuentran incomprensible. El salto de la anisotopía semiótica a la semántica —la anotada perplejidad del espectador— es el grave riesgo que el viaje de los apóstoles lleva consigo.

     La neutralización de tal anisotopía —que es una de las marcas de fantasticidad que surgen en el texto catequístico— tiene que hacerse de modo rotundo. Por una parte, uno de los apóstoles lleva un signo bien conocido por la tradición cristiana. Santiago viste hábito de peregrino, lleva una capa adornada con conchas y una calabaza colgada del báculo siguiendo la iconografía tradicional. El personaje es perfectamente reconocible por el público asistente, con lo que la perplejidad queda relativamente compensada. Por otra parte, y ya hemos hecho alusión a ello, San Pedro, en la procesión del entierro de María, lleva la capa pluvial, signo conocido y familiar que le sitúa entre lo reconocible para quienes asisten a la liturgia habitual en la Iglesia.

     [270] Pero hay dos pasajes con un alto grado de potencia neutralizadora, dos anécdotas con las que el texto lleva la historia a ras de tierra y elimina de ella toda posibilidad de lectura fantástica. Nos referimos al pasaje denominado la «Judiada» y a la llegada tardía del apóstol Tomás, que aparece en el andador cuando el cuerpo y el alma de María han emprendido la asunción al cielo y están suspendidos en medio del espacio que separa la tierra, el cadafal, de la Gloria, el ámbito oculto tras las puertas que se abren y cierran varias veces durante la representación.

     Luis Quirante ha visto pertinentemente las trascendencia de la Judiada:

Una de las escenas más importantes de la Festa d'Elx. De una parte, es la única que ofrece un enfrentamiento entre dos fuerzas antagónicas. Su función dramática es evidente: reforzar la Asunción inmediatamente posterior, servir de prólogo a la Teofonía final. La victoria sobre los judíos reafirma y potencia el poder y la gloria de María y, consecuentemente, de toda la religión cristiana. De otra, es la única escena con posibilidades de ser extrapolada y asociada a la realidad social de la época (Elche tenía antes de 1492 una notable comunidad de judíos) y esto, en una obra en donde la distinción ficticio/ real es todavía débil, hace que sea el episodio más conflictivo de toda la obra (recordemos que fue suprimida durante el siglo XIX y restaurada en 1924 por Óscar Esplà) (Quirante: 96-97).

     Dejamos de lado la datación del texto. La presencia de la Judiada parece apuntar, como fecha posible y verosímil de su inserción en el texto del Misterio, a los finales del siglo XV o principios del XVI, momentos en que se organiza y se decreta en España la expulsión de los hispanojudíos. El pasaje lleva a la escena un tema de candente actualidad y le quita toda connotación de fantasía. Los judíos están ahí, al lado de esos Apóstoles que parecen haber llegado de lugares lejanos y se extrañan del lugar en que están. La Judiada lleva la anécdota del Misterio al nivel de la vida cotidiana, de lo conocido, de lo real, de lo isotópico, de lo que el espectador conocía porque lo vivía a diario. Los bordes o flecos de fantasticidad quedan así neutralizados. La Judiada, dramatizada en el contexto inmediato a la expulsión de 1492, da a la obra una carga de realidad que sirve para reducir la presión de lo fantástico y para aumentar la potencialidad de lo maravilloso. La razón de ser de la escena afianza las claves de lo real y debilita las de lo no perceptible por los sentidos. Quirante señala que el Misterio suprime o diluye

Lo más genuino de la escena: la intención de los judíos de quemar el «templo» de Jesús, aquella que engendró al «traidor de la fe judía». Se potencia, en cambio, lo que más nos puede poner en relación con 1492 [...] . las ganas de bautismo de los mismos judíos y su ejecución evangelizadora por parte de Pedro (Quirante: 99).

     La conversión de los judíos es una escena que funciona como «elemento de reafirmación» (Quirante: 99) para el espectador congregado, lo que se explica desde la perspectiva de la semántica pluriestratificada, ya que no todos los presentes tienen el mismo grado de adhesión a las «verdades» predicadas; la posible descodificación de los hechos como algo fantástico sigue latente.

     [271] La escena incluye dos detalles altamente significativos. Y los dos atan el pasaje —caso evidente de la intertextualidad— a la tradición evangélica según la cual Pedro, irritado por «los judíos» en el huerto de Getsemaní, echó mano de la espada y le cortó la oreja a Malco, uno de los que intentaban apresar a Jesús. La anécdota es bien conocida por el fiel cristiano. En el Misterio «tira sent Pere de un coltell que porta ab sí y pelea ab los Jueus» (Quirante: 299). Cuando los que quieren robar el cuerpo de María insisten en su intentona «lansa mà sent pere al coltell y el major de dits Jueus fa lo matex, y riñen» (Quirante: 300). Es entonces cuando los judíos se quedan paralizados y cuando, tras la intervención milagrosa de San pedro, recuperan el movimiento y son bautizados. Todo ello se desarrolla en el marco de una isotopía semiótica —los personajes no se asombran ante el hecho milagroso y lo consideran perfectamente normal— y los espectadores descodifican el carácter perturbador de la anécdota como algo encuadrado en la tradición a la que ellos se adhieren sin poner en tela de juicio la «realidad» de las creencias. Pero ahí está el San Pedro del cuchillo enlazando firmemente con esta tradición y fijando en la escena unas marcas de pertinencia semiótica que evitan toda veleidad de lectura con intenciones fantaseadoras. Ese San Pedro que conocemos, dirá el fiel espectador, es el mismo que aparece aquí bautizando a los judíos y haciendo el milagro. Los personajes claves de la escena son seres reales en la percepción del espectador. San Pedro por ser el mismo que desorejó a Malco. Los judíos por ser los mismos que estaban en las calles de Elche en aquellos años cercanos a 1492.

     La extraña y tardía llegada de santo Tomás es otro pasaje útil para controlar y neutralizar las bandas de fantasía persistentes en la obra. Al enterrar a la Virgen, se abre el cielo y desciende el araceli con cinco ángeles, el mayor de los cuales lleva el alma de María. El pequeño muñeco que ya subió en manos del Ángel después de la muerte de María, vuelve a bajar a la sepultura para salir triunfante, ahora convertido en la estatua de la Asunción que se venera en la Basílica ilicitana, camino de la Gloria. Cuando la máquina está suspendida en el aire, los cuatro ángeles —el Ángel Mayor ha cedido su plaza a la estatua— que acompañan a María cantan tres coplas que le son confiadas por la consueta. Mientras entonan la última estrofa, «entra st. Thomàs fent admirations, mostrant gran sentiment per no haver-se trobat a la fi de Nostra Señora» (Quirante: 302). El apóstol canta así:       

Prech-vos, Verge excellent
Mare de Déu omnipotent
Vós me agua per acussat
Que les Índies me an ocupat (Quirante: 302).

     En la Legenda aurea de Jacobo de la Vorágine,13 que indudablemente inspira la historia narrada en el Misterio, se dice que Tomás estaba ausente en el momento de la [272] muerte, resurrección y asunción de María. Cuando llegó a Jerusalén ya había concluido todo. Él, siguiendo la tradición evangélica de su incredulidad, no aceptaba como verdad lo que sus compañeros le contaban. Fue necesario que la Virgen dejara caer desde el aire el cinturón que llevaba puesto para que el incrédulo y realista Tomás tomara por auténtica la fantástica historia. Tomás es uno de los signos desfantaseadores más significativos de la narración evangélica. Su inserción en la tradición cristiana tiene sentido desde esa perspectiva. Es el personaje que en el Evangelio tuvo que ver y tocar para creer. El proverbial «Santo Tomás, una y no más» es un último —¡o penúltimo!— coletazo de la persistencia del carácter fantástico que el creyente ve a veces en los hechos de fe.

     El Misterio prescinde de la incredulidad de Tomás y da por hecha su adhesión. Pero el uso del personaje tiene sentido precisamente para reafirmar el carácter «real» de todo lo que el espectador está viendo o, mejor, viviendo. Si el Tomás incrédulo de la tradición no se plantea en ningún momento el problema de la fantasticidad de los hechos narrados, el fiel que conoce la tradición del personaje no tiene por qué planteárselo tampoco. Por otra parte, este Tomás, que dice venir de las Indias,14 fija el tiempo de escritura  de la pieza en los años que siguen, de modo no muy alejado, al momento de la llegada española a las Indias, al momento en que los marinos de España descubren lo que después se llamaría América. La superposición del sintagma [las Indias] a la tradición de la Legenda aurea, donde se habla de «la India», en singular, puede ser perfectamente aceptable. El carácter fantástico de la llegada de Tomás, que entra «fent admirations» (Quirante: 302), no se problematiza. Su estupefacción inicial, pareja  a la que fingen Pedro y los otros apóstoles cuando dan respuesta a la llamada de María, queda neutralizada por la invocación de las Indias. El tiempo en el Misterio es una realidad inestable, elástica, convencional, como es convencional todo tiempo dramático. Se trata de una anécdota en la que el rigor de la cronía se deja de lado en beneficio de la «realidad», de la «maravilla» del triunfo de María. Y esa realidad no se cuestiona, como no la cuestiona, dentro de la diégesis, el personaje emblemático de la duda, el apóstol Tomás, que, por otra parte, es la única figura terrestre que interpela a otra celeste (Quirante: 83) y hace ver que María ha resucitado. Tomás es una «prueba» de la verosimilitud, de la «realidad» de lo que está viendo el espectador; es una garantía de la condición «real» que el episodio tiene.

     La «porta del cel», representada por la abertura hecha en el gran lienzo que cierra el cimborio de la iglesia y que iconiza el espacio celestial donde mora la divinidad, es un artefacto que se abre y se cierra, poniendo así en comunicación la tierra y el ámbito [273] de la eterna beatitud. Es por ahí por donde desaparecerá la Virgen una vez consumadas su asunción y coronación. Todos los «actores divinos» —ángeles, la Santísima Trinidad, etc.— intervienen en la representación saliendo de esa mansión celeste. Vuelven a ella cuando han terminado su actuación.

El cielo entendido, pues, como lugar donde «vive» la divinidad no está en la iglesia, sólo su puerta. La iglesia es el lugar donde los hombres se encuentran con la sacralidad pero no [...] es el sitio de lo divino —totalmente fuera de la experiencia del hombre— [...] Cuando [...] la Santísima Trinidad ilicitana atraviesa la puerta —el umbral— y entra en la iglesia haciéndose tangible ante los ojos de los espectadores, es evidente que se encuentra en un ámbito que no es el suyo. Se ha materializado en él para recibir y glorificar a la Virgen que sube, pero inmediatamente después volverá a su sitio y desaparecerá (Quirante: 135-136).

     El carácter prodigioso del pasaje está recalcado por la lluvia de «oripell» que cae del cielo sobre María y el resto de los personajes, y por un sinnúmero de ruidos —campanas, órgano, cohetes lanzados desde las terrazas de la Basílica, vítores y aplausos del público. Esos finales del Misterio están marcados por los signos de lo extraordinario, de lo que no se puede aprehender por los sentidos. Y sin embargo, son los sentidos del público los que ven exaltados la Asunción y Coronación de María. El espacio de lo divinal es coherente con el espacio de lo terreno. Los personajes que quedan en la tierra no se extrañan ante lo que están contemplando. Y los personajes celestes no se sienten en contradicción con la percepción de los de abajo. El espectador, desde el espacio de lo real, descubre así el carácter maravilloso, que no fantástico, de cuanto observa y vive. Las referencias a lo real, a sus conocimientos, a sus vivencias litúrgicas y sociales, le llevan a enmarcar todo lo «extraordinario» dentro de las coordenadas que gobiernan la «realidad» de sus creencias. Es cierto que lo que ocurre al final entre el cielo y la tierra se sale de lo racionalmente aceptable para el espectador, pero la representación ha usado todos los recursos a su alcance para marcar lo contemplado, por extraordinario que sea, con los signos de la normalidad, de lo ya vivido, de lo coherente con el mundo de lo cotidiano, social o religioso. La tierra y el cielo son isotópicos en su ordenación y elaboración dramática. El espectador lo ve y se siente parte de dicha isotopía, de dicha coherencia, se identifica con ella. Por eso vitorea el final, empujado sin duda por los ruidos y sonidos emitidos desde la representación.

     La disposición escénica del Misterio organiza bien todos los espacios. Los distintos planos quedan integrados en un todo perfectamente lógico desde el punto de vista de la representación. La escena ilicitana, dice Quirante (259),

con sus dos umbrales, la «porta del cel» (límite de la esfera divina) y la «porta Major» (frontera con la profana) y su doble «vía de salvación» (porta-Cadafal; Cadafal-porta), es un recorrido —siempre ascendente— por la dimensión sagrada, cuyo lugar central (máxima sacralidad) será el Cadafal, lugar de contacto al que se accede desde lo pagano por el Andador  y por el que se llega a lo divino a través de la línea vertical que se extiende entre aquel y el Cielo.

     [274] Los tres planos —profano, sacro y divino— quedan así bien articulados y todo adquiere una misma connotación en que se funden «realidad» y «maravilla». Todos los signos propios de la fantasía —ya lo hemos señalado— quedan así integrados coherentemente en el mundo del espectador. De ahí la eficacia de la representación como catequesis.

     Pero a pesar del carácter de «inalterabilidad» que tiene el escenario ilicitano, según Quirante (263), no deja de ser un escenario, un lugar donde se representa algo, donde se exhibe un conjunto de hechos en el que conviven las «verdades» de la creencia cristiana, católica, los misterios «claramente explicados», con una dimensión teatral, es decir, fingida.

     Lo teatral flexibiliza la rigidez de la liturgia y la hace más accesible al fiel espectador. Pero el Misterio recurre a la ficción teatral echando mano de unos signos perfectamente conocidos del público creyente —Via Crucis, las marcas de la liturgia, la presentación de Santo Tomás, etc. Y además, la heroína de la historia, María, no es sólo el personaje central de la diégesis, es al mismo tiempo la primera actriz de la representación. De ahí la convivencia de las «verdades» de la fe cristiana y del hecho teatral. Aunque toda ficción, según Tertuliano, es obra del diablo, esta ficción que organiza el Misterio no puede ser obra más que de Dios, ya que María toma parte de la representación como actriz. Es decir, no estamos ante una «ficción», sino ante una «realidad», ante una «realidad maravillosa».

     Los asistentes al acto colectivo están también integrados en la representación,

ya que, por una parte, su sola presencia en el templo los transforma en Pueblo testigo de la muerte, Asunción y Coronación de la Virgen con un papel y una función determinados y, por otra, participan de la idea de Theatrum mundi sanbernardiana o, lo que es lo mismo, se encuentran dentro de la Iglesia/ Totalidad del cosmos/ Escenario, siendo, por tanto, actores ellos también ante los ojos del «Espectador Divino» (Quirante, 247).

     La condición de esos dos agentes actorales, María y los fieles, da al Misterio un tinte en el que la presencia de lo teatral fingido se conjuga con la presencia de lo real no-fingido.

     María, como personaje, empieza siendo representada por un niño. Pero en el momento en que se produce su muerte escénica, el niño es remplazado por la imagen de la Asunción, la patrona de Elche. De este modo queda integrada en la escena la imagen venerada cotidianamente en la Basílica. Y esa María va disfrazada. Lleva una mascarilla con la que la Virgen ilicitana «finge el papel», «imita» la muerte. Los ojos cerrados de la mascarilla permiten a «esa actriz conocida de todos los asistentes» asumir convenientemente el papel que le corresponde hasta el momento de su gloriosa Asunción, en que sube al Cielo y es coronada ya sin la citada mascarilla. En esta segunda etapa, la Virgen de Elche ya no es actriz que representa un personaje. Es ella misma.

     Esa es la mezcla [teatro/ realidad] a que hacíamos alusión líneas arriba. Pero hay más. Si la Virgen de Elche es actriz, también el pueblo fiel es actor. El theatrum mundi [275] de San Bernardo, en el que todos somos representantes ante Dios —recordemos El gran teatro del mundo calderoniano—, es la mejor explicación de la mezcla de teatro y realidad que alimenta el Misterio. Estamos ante un caso que puede explicarse según el esquema del «teatro en el teatro», del TeT.15 La obra engastada, la representación de la  Asunción, es contemplada por un espectador/ actor, el público, que hace de mirante de unos mirados (María, los apóstoles, los judíos, los ángeles, etc...). Y a su vez, es observado por el archimirante, es decir, por el Dios que contempla desde arriba y por la Iglesia organizadora de la catequesis e interesada por su eficacia. Y no olvidemos que, cuando en una obra teatral se produce desdoblamiento y la inserción de otra pieza engastada, el carácter «teatral» de esta última (la mascarilla de la Virgen es un signo claro de dicho carácter) da a la obra/ marco una mayor connotación de realidad. Detrás de la mascarilla de «María que finge estar muerta» alienta, en la lectura del fiel espectador ilicitano, la seguridad de que allí está la auténtica imagen, la imagen «viva» de María Asunta.

     El theatrum mundi y este atisbo de «teatro en el teatro» son el último y principal artificio con que el texto catequístico cierra completamente los poros por donde podrían penetrar en él los fríos vientos de la fantasía. El hecho teatral mismo que subyace en toda liturgia se convierte así en medio de afirmación del carácter real y no fingido de cuanto se representa.

     Aunque siempre queden flecos de una fantasticidad que nuevos gestos catequísticos intentarán neutralizar en futuras ocasiones...

 

________________________

 

*      Teatro medieval, teatro vivo. Actas del seminario celebrado del 28 al 31 de Octubre 1998, con motivo del V Festival de Teatro y Música Medieval d'Elx, Institut Municipal de Cultura, Elx, 2001, p. 259-275.

1     Luis QUIRANTE SANTACRUZ, Teatro asuncionista valenciano de los siglos XV y XVI, Conselleria de Cultura, Educació Ciència de la Generalitat Valenciana, Valencia, 1987; Francesc MASSIP Y BONET, La Festa d'Elx i els misteris medievals europeus, Institut de Cultura «Juan Gil-Albert»-Ajuntament d'Elx, Alicante, 1991. Utilizamos en el presente trabajo el texto del Misterio según la versión de la consueta de 1625, tal como aparece fijado en el estudio de Luis Quirante, p. 293-303.

2     «De culto faeminarum», en Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum, vol. LXX, Viena, 1866, col. 1952.

3     Lo maravilloso y lo cotidiano en el Occidente medieval, Gedisa, Barcelona, 1985.

4     Literatura y fantasía, Taurus, Madrid, 1982.

5     Literatura fantástica de lengua española. Teoría y aplicaciones, Taurus, Madrid, 1987.

6     Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, 15, 1991, nº 3, p. 430-451.

7     Teatro, historia y sociedad. Seminario Internacional sobre Teatro del Siglo de Oro Español, Universidad de Murcia-Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Murcia, 1996, p. 9-25.

8     «Diego Sánchez de Badajoz y el teatro de su tiempo», Criticón, 66-67, Toulouse, 1996, p. 135-145.

9     Ignacio SOLDEVILA, «En busca de conceptos operatorios: la anisotropia semántica», en Teoría semiótica. Lenguaje y textos hispánicos. Actas del Congreso Internacional sobre Semiótica e Hispanismo, CSIC, Madrid, 1985, p. 455-459.

10     Literatura fantástica..., p. 25-26.

11     Yuri LOTMAN, La structure du texte artistique (traduit du russe par Anne Fournier, Bernard Kreise, Eve Malleret et Joëlle Yong sous la direction d'Henri Meschonnic. Préface d'Henri Meschonnic), Gallimard, París, 1970.

12     Los textos del Misterio están tomados de la edición de Luis Quirante, Teatro asuncionista..., obra citada más arriba. Damos entre paréntesis la página correspondiente.

13     Jacobi VORAGINE, Legenda aurea. Vulgo historia lombardica dicta (Ad optimorum librorum fidem. Recensuit Dr. Th. Graesse, potentissimi regis Saxonie bibliothecarius. Reproductio phototypica editionis tertiae 1890), Otto Zeller Verlag, Osnabrück, 1969.

14     La Legenda aurea habla evidentemente no de las Indias americanas, sino de la India asiática: «Thomas apostolus cum esset apud Caesaream, apparuit ei dominus dicens: rex Indiae Gundoferus misit praepositum Abbanem quaerere hominem architectoria arte eruditum. Veni igitur et mittam te ad eum. Cui Thomas: domine, quo vis mitte me pater ad Indos. Cui Deus: vade secure, quia ero custos tui. Cumque Indos converteris, ad me cum palma martirii venies. Cui Thomas: dominus meus es et ego servus tuus: fiat voluntas tua» (Legenda aurea: 33).

15     Sobre las nociones referentes al «teatro en el teatro», véase nuestro Juegos dramáticos de la locura festiva. Pastores, simples, bobos y graciosos del teatro clásico español, Olañeta, Palma de Mallorca, 1995.