ESCRITS SOBRE LA FESTA

 

EL TRÁNSITO Y LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN*

 

cAYETANO vIDAL i vALENCIANO

 

I

     [324] Preciosa reliquia de aquellas sencillas composiciones que en los albores de las modernas literaturas revelan lo que debía ser andado el tiempo la poesía dramática, conserva la antigua villa de Elche en el drama litúrgico con que tras luengos siglos, al celebrar con toda pompa y majestad la fiesta de su celestial patrona, festeja en los días 14 y 15 de Agosto á la Virgen María en el misterio de su Asunción.

     Monumento literario de gran estima por las condiciones intrínsecas que lo avaloran, merece singular atención por las circunstancias que lo acompañan; toda vez que por su asunto, por el lugar sagrado en que su representación tiene efecto, por el carácter de algunas de las personas que en su desempeño intervienen, por el entusiasmo que anualmente inspira y por el aparato con que se reviste, es indudablemente ejemplar único de aquellas composiciones que pasando del templo á la plaza pública, para refugiarse más adelante en los palacios de los próceres, eran al par expresión del sentimiento nacional en las más importantes de sus manifestaciones, alentaban este mismo sentimiento en la lucha de principios y creencias religiosas y servían como de cimiento robusto y poderoso para que sobre ellas pudiera asentarse, los tiempos andando, el originalísimo teatro español.

     Decimos esto, porque con ser muchas las disposiciones que ya desde la publicación de las Partidas se dictaron, encaminadas á evitar en los templos las representaciones dramáticas que no fueran de asunto sagrado, prohibiéndose á la gente de clerecía el tomar parte en ellas, aun cuando su representación tuviera lugar fuera de la iglesia, y á los laicos el que pudiesen usar en las representaciones hábito alguno de religión; todavía se hizo más difícil la intervención del clero en esta clase de espectá-[325]culos desde que los Concilios sinodales celebrados en Aranda en 1473 y en Alcalá en 1480, pusieron nuevos obstáculos á una costumbre que había alcanzado notable desenvolvimiento.

     Prohibíanse terminantemente por el canon décimonono de los dictados en la primera de dichas asambleas eclesiásticas, las representaciones teatrales y las fiestas ó juegos que se daban en las iglesias, en especial en los maitines de Navidad y los tres días siguientes, imponiéndose crecida multa á los eclesiásticos que en adelante se permitieran tales profanaciones; llegándose a establecer en otro de la segunda, la pena de excomunción respecto de los que en contra de dichos preceptos delinquieran. Y aun cuando hay motivo para creer que por entonces semejantes disposiciones referíanse exclusivamente á aquellos diminutos dramas que como las farsas, momos y juegos de escarnio, más reminiscencias guardaban de la antigüedad pagana, no debió transcurrir mucho tiempo antes de que la prohibición, tomando carácter de generalidad más marcada, alcanzara igualmente á todas aquellas composiciones y espectáculos que por las desaposturas que en ellos se cometían, é irreverencias á que estaban ocasionados, —debido uno y otro al cambio que en las costumbres se había introducido— desdecían de la majestad del templo y del respeto que el clero merecía y buen ejemplo que debía dar.

     Pues con todo esto, la iglesia principal de la antigua Elche, de la villa singularísima que entre bosques de palmeras se levanta, sirve anualmente de escena para que en su recinto se representasen en dos tardes consecutivas, las dos partes distintas del antiquísimo drama litúrgico, que siguiendo al ilustrado académico Sr. Marqués de Molins, llamamos el Tránsito y la Asunción de la Virgen, espectáculo que de seguro no tiene igual en España en los presentes tiempos, y en cuya representación, amén de los sacerdotes que desempeñan los personajes principales y los apòstoles,1 toman parte cantores que se llaman de fuera, y otras personas de distintos estados y categorías, con niños de coro para hacer el papel de ángeles, famosos todos por su pericia y habilidad en el canto. Porque [326] es de saber, que semejante drama religioso, en el cual se nota como en pocos la influencia eclesiástica, hasta un punto que muchos de sus pasajes recuerdan los himnos sagrados tan comunes en la liturgia y en las ceremonias del culto de aquella época remota, ofrece la circunstancia especialísima de ser todo él cantado, á la manera de los modernos oratorios, siendo por lo tanto condición esencialísima, que las personas á las cuales se confía el desempeño de los personajes que en su acción intervienen, estén dotadas de voz sonora y robusta.

     Fácilmente se alcanza el efecto que semejante espectáculo debe producir en el numeroso concurso de fieles que solícito, y rebosando el corazón fe sincera y legítimo entusiasmo, acude todos los años al templo para presenciar tan peregrina ceremonia, no contribuyendo menos en ello el vistoso y riquísimo aparato que en su ejecución se despliega; pues establecida, por medio de una elegante balaustrada, una calle espaciosa en el centro de la nave principal, desde la puerta mayor, hasta el crucero, bajo cuya cúpula álzase el tablado ó catafalco; vense á los lados de aquélla, apoyándose en las columnas, el bosquecillo de representa el huerto de Getsemaní, la montaña que figura el Calvario, y el Sepulcro que recuerda aquel desde el cual resucitó el Redentor, y encima de aquél una magnífica cama de ébano, de riquísimas chapas de plata adornada, para que sirva á su tiempo á la Virgen de lecho funerario. Desaparece la cúpula bajo un inmenso lienzo que representa la mansión celestial, con tal arte dispuesto, que abriéndose á su debido tiempo ora da paso á un inmenso globo (mangrana le llama el pueblo) que dividido en segmentos movibles, ábrese majestuosamente y deja ver en su interior, cubierto de oro, el mensajero del Señor que lleva á la Virgen la palma simbólica; ora un bellísimo templete (Aracœli), en cuyo centro va colocado el sacerdote que lleva en sus manos la imagencilla representando el alma de la Celestial Princesa, rodeados de muchachos que semejando ángeles, pulsan arpas, cítaras y bandolines; ora finalmente otro aparato semejante, en el cual la Trinidad Beatísima saliendo al camino á la Virgen sin mancilla, en su gloriosa ascensión, le ciñe la corona de Reina y Emperatriz de cielo y tierra.2

     [327] Considérese ahora el mágico efecto que han de producir los majestuosos sones del órgano, llenando las anchas naves del espacioso templo; el rumor de las campanas que en son regocijado difunden la nueva por todos los ámbitos de la villa y sus contornos; el canto de los sacerdotes, las salvas de los que forman parte de la apiñada muchedumbre cabe la iglesia congregada, los vistosos trajes de los que representando los sagrados personajes, desde la próxima ermita de San Sebastián á la iglesia se trasladan, la luz misteriosa del templo, el entusiasmo que reina en los corazones, el fervor con que se presencia la ceremonia, la parte importante que en ella toman las clases todas de la sociedad, desde las primeras autoridades hasta los más humildes labradores de la huerta, y podrá concebirse el anhelo, el regocijo, la ingenua alegría con que se asiste á tan peregrina función.

     «Mis dignos compañeros de otra Academia, dice el señor Marqués de Molins en el trabajo á que antes nos hemos referido, no sé lo que dirán, ni si aprobarán el ver allí mezclarse las barbas postizas, que remedan la ancianidad de Simón Pedro, con el alba y la estola del sacerdote católico, las llaves doradas del simbolismo evangélico con las varas de alguacil y las garnachas de grana, muestra de jurisdicción municipal.

     »Lo que sé es, que si vosotros, custodios de nuestra historia, llegaseis allí cuando el vasto templo estalla de concurrencia y ostenta como esculturas de Berruguete, ó más bien de Churriguera, figuras vivas, agrupadas en bizarros escorzos, por frisos y pedestales, por arquitrabes y cornisas; si encontraseis en la puerta, con lágrimas quitándose el pañuelo de la cabeza, á modo de turbante, á recien venidos colonos de Argelia, que anualmente atraviesan el mar por gozar el piadoso espectáculo; si vieseis ascender aquella bizarra máquina que todos siguen con la vista y elevarse á ella nubes de incienso y desprenderse de lo alto una lluvia de oro y de flores; si oyeseis mezclados los versos lemosines y los bandolines de los trovadores con los himnos del rito gregoriano y el órgano de la liturgia romana, y al cabo estallar entre sollozos y vítores, entre cánticos y aplausos, entre el trueno de los trabuques y el címbalo de los alminares, el Ave Regina que entona la Iglesia y el ¡viva! ¡viva! que ruge frenético en el entusiasmo popular; si todo esto contemplaseis y sintieseis, yo presumo que no podríais menos de decir, como yo:

     «Aquí han dejado su señal los reyes trobadores; por aquí [328] ha pasado aquella raza piadosa y aventurera, que reconocía el feudo de la Iglesia y peleaba por los albigenses; esta generación es descendiente de aquellas que impulsaban los carros triunfales de Santa Rosalía de Palermo y las Rocas del Corpus de Valencia; todo esto es monumento irrefregable de la dinastía barcelonesa, aquella misma que iba á Roma á ser coronada del mano del Pontífice, y escoltaba en Bizancio las religiosas pompas de los emperadores de Oriente.»

     En efecto: algo de esto exclamarían los que asistieran á la representación de este drama litúrgico, y algo de esto nos revelará el examen detenido que del mismo hagamos; mas esto requiere capítulo aparte.

 

II

     Es por desgracia extremadamente reducido el número de aquellos monumentos que como el que nos ocupa, permiten conocer el procedimiento empleado por los primitivos cultivadores del arte dramático, cuando repudiados los cánones de la antigüedad clásica, y mal definidos aun los preceptos que debía consagrar al cabo el Renacimiento, marchaban los poetas de aquel tiempo sin otro guía que su sentimiento y sin otra influencia que la que en su pecho ejercían las costumbres, creencias y preocupaciones de la sociedad de que formaban parte. A estas circunstancias, comunes á todas las producciones del propio género que pertenecen á los siglos decimoquinto y decimosexto, añádense respecto del Auto del Tránsito y la Asunción de la Virgen, la de cantarse todavía con la música tradicional que en aquella remota edad se compuso, motivo que la hace altamente apreciable y digna de singular estudio, y especialmente para los que al cultivo de las letras catalanas se consagran, la de estar versificado empleando el lenguaje que usaban los súbditos de la mayor parte de la monarquía aragonesa en los tiempos de su mayor pujanza y poderío.

     Esto sentado, entremos en su análisis, valiéndonos de la copia que con tanta diligencia como exquisita galantería se ha servido proporcionarnos el Sr. Ibarra y Manzoni, á la más leve indicación.

     La primera parte, ó sea el Tránsito que se representa en la [329] tarde del 14 de Agosto, después de cantadas Vísperas y Completas, comienza entrando en el templo por la puerta principal, con gran acompañamiento de Angeles, Marías y Elegidos, el que tiene á su cargo el papel de la Madre del Salvador, y postrado de hinojos sobre el tablado, á la vista de los objetos que le recuerdan los actos principales de su pasión, el huerto de Getsemaní, donde fué prendido por la desenfrenada soldadesca; el sagrado leño en que dió su vida para redimir el género humano; y el sepulcro del cual al tercero día resucitó rodeado de gloria y esplendor, exhala sentidas quejas que revelan el estado de su corazón lacerado por la soledad.

     Gran desig me a vengut al cor
del meu Car fill ple de amor
tan gran que nou pori dir
on per remey desig morir.

     Apenas ha expresado la Virgen tan ardiente deseo, deciende dentro del maravilloso globo el enviado del Señor —en tanto que el órgano en el interior del templo y en el exterior las campanas dejan oir sus sones armónicos— y después de saludar á la Reina del Cielo, le manifiesta que el Unigénito la espera en la mansión celestial para más ensalzarla y enaltecerla; que á ella subirá pasado el tercer día, y que por encargo del Omnipotente le trae una palma que deberá disponer que lleven delante de ella cuando la conduzcan al sepulcro. Regocijada por tal anuncio, contesta la Virgen:

     Angel plaent é illuminós
si gracia trob savant vos
un dó os vull demanar
prech vos nol me vullau negar.
     Ab molt ser si posible es
ans de la mia fi yo vees
los Apostols así justar
per lo meu cos assoterrar.

     Por obra del Todopoderoso llegan los Apóstoles de los diferentes confines del mundo, al tiempo que se cierra el globo desapareciendo el ángel en el Cielo. Entra el primero San Juan á quien la Virgen hace legado de aquella palma misteriosa del cielo descendida, encargándole que la conduzca delante de ella cuando su cuerpo sea conducido á la tumba, y el discípulo amado besándola y poniéndola sobre su cabeza en muestra de veneración, exclama: [330]

     Ay trista vida corporal!
ó mon cruel tan desigual!
ó trist de mi, yo on iré
ó llas mesquí yo que faré?
     O Verge Reyna Imperial
Mare del Rey celestial
com nos deixau ab gran dolor
sens ningun cap ne Regidor.

y dirigiéndose después hacia la puerta por donde van entrando los demás apóstoles, añade:

     O Apostols é germans meus
veniu ploreu ab tristes veus
car huy perdem tot nostre be
lo clar govern de nostra fé.
     Sens vos Senyora qué farem
é ab qui ens consolarem?
ab ulls del cor debem plorar
mentres viurem é suspirar.

     Entra luego San Pedro, al cual siguen otros seis discípulos, y después de haber hecho aquél una breve relación y dado todos a la Madre del Divino Maestro muestras de afecto y respetuoso amor, aparecen San Jaime y otros dos apóstoles, y juntos cantan desde el pie del tablado un himno de gratitud al Salvador que por milagrosa manera y sorprendente misterio los ha reunido instantáneamente, conduciéndolos desde las distintas tierras en que andaban predicando su doctrina. Terminado el terceto (ternari) ascienden al tablado donde se hallan los demás y saludan á la Virgen en los siguientes términos:

     Salve Regina princesa
Mater Regis Angelorum
Advocata peccatorum
Consolatrix afflictorum.
Lo Omnipotent Deu fill vostre
per vostra consolatio
fa la tal congregacio
en lo sant conspecte vostre.
Vos molt pura e defesa
beatus patrum nostrorum
Advocata peccatorum
Consolatrix afflictorum.

     Cumplidos los votos de la celestial Princesa, despídese de los discípulos de su Divino Hijo, truécase la figura del que [331] representó el papel de María por una imagen corpórea que ocupa su lugar en el sagrado lecho, cantan los apóstoles, mientras desciende de lo alto el Aracœli, y en tanto un coro de elegidos entona lo que sigue:

Esposa e Mare de Deu
á nos Angels seguireu
seureu en cadira real
en lo regne celestial.
Car puig en vos reposá
aquell qui cel é mon creá
deveu haber exaltament
corona molt excelent.
Apostols é amichs de Deu
este cos sagrat pendreu
é portaule á Josaphat
on vol sia sepultat.

     Remóntase de nuevo la nube, llenan el ámbito del templo los majestuosos sones del órgano, llevan las campanas la buena nueva al recinto de la villa y su huerta, y termina la representación entre los vítores de la enternecida muchedumbre y las salvas de los que permanecen apiñados al rededor de la parroquia.

     Carácter muy distinto ofrece la segunda parte, ó sea la Asunción que se representa en la tarde del día 15, después de cantadas Vísperas —habiéndose verificado en la mañana del propio día solemne procesión de entierro por las calles de la villa, conduciendo el ataúd en el que va puesta la Virgen,— cuyo rostro, para que la ilusión sea más completa, se cubre con una mascarilla que tiene cerrados los ojos,— los que desempeñan papeles de apóstoles,— pues así como en la primera domina exclusivamente el elemento religioso, tiene intervención en la segunda el que podríamos llamar popular, según plenamente demostraremos por medio del extracto que de la misma ponemos á continuación.

     Aparecen en el templo los apóstoles, excepto Santo Tomás, acompañados de gran séquito de Angeles, Marías y Elegidos, que permanecen en el pasadizo ó corredor, en tanto que aquéllos subiendo al tablado, después de haber prestado adoración á la Virgen y convenido en invitar á las piadosas mujeres para que acompañen el cadáver de la Madre de Dios, dirígense á su encuentro, y reunidos todos, toma San Pedro la misteriosa y simbólica palma, entrégala á San Juan, y puestos de [332] hinojos al rededor del lecho funerario, cantan lo siguiente:

Flor de virginal bellesa
Temple de humilitat
on la santa Trinitat
fonch enclosa, e contesa.
Pregam vos cos molt sagrat
que de nostra parentat
vos acort tota vegada
quant sereu als Cels puixada.

     Terminada la plegaria y entonando el salmo In exitu Israel de Ægypto, toman en brazos los apóstoles el sagrado cuerpo á tiempo que por el extremo opuesto del corredor, haciendo visajes y carantoñas (caracteres) aparece gran golpe de judíos que cantan lo que sigue:

Aquesta gran novetat
nos procura deshonor
anem tots á pas cuitat
non comportem tal error.
No es nostra voluntat
que esta dona soterreu
ans en tota pietat
vos manam que la deixeu
E si aixó no fareu
nosaltres cert vos direm
queus manam en quant podem
per adonay quens la deixeu.

     Lejos de acceder á ellos los apóstoles que al verlos han descendido del tablado, les impiden avanzar, hasta el punto de que desenvainando San Pedro el gladio, traba con ellos singular pelea, de la cual salen vencidos, de manera que con las manos cruzadas y en alto, marchan en pos de los discípulos, y puestos de rodillas adoran á la Virgen en tanto que dicen:

O Deu adonay qui formist natura
Ayudans sabday sapiesa pura
som nos penedits de tot nostre cor
pregamte Senyor nos vulles guarir
tal miracle may no feu creatura
ayudans S. Pere que tens la procura.

     Al oir semejante petición, exclaman los apóstoles:

Promeus jueus si tots creeu
que la Mare del fill de Deu [333]
tot temps fonch Verge sens duptar
ans é aprés de infantar.
Pura fonch é sens peccat
la Mare de Deu glorificat
advocada dels peccadors
creeu asó guarireu tots.

     Y los judíos responden:

Nosaltres tots creem
que es la Mare del fill de Deu
batejannos tots en breu en breu
que en fe viure volem.

     Y terminan cantando el siguiente himno:

Cantem Senyors que cantarem
ab clamors
fasam gracies y lloors
á la humil Mare de Deu.
A ella devem servir
tot lo temps de nostra vida
puig la bondat infinida
nos vulla aixi guarir.
Dons cantem tots la lloem
ab clamors
fasam gracies y lloors
á la humil Mare de Deu.

     Toman en este momento los apóstoles en brazos la Imagen, y llevando sendos ciriales cuantos constituyen el acompañamiento, inclusos los judíos, simulan la procesión de entierro salmodiando de nuevo las palabras del salmo indicando, hasta que dada una vuelta en torno al tablado, y ocupando la Imagen el lugar primero, entonan nuevo canto, adoran otra vez el cuerpo de la Virgen, y lo sepultan al tiempo que desciende el Aracœli sonando arpas y bandolines, y parándose cabe la boca del sepulcro deja oir el siguiente canto:

Llevantaus Regna exellent
Mare de Deu Omnipotent
veniu sereu coronada
en la celestial morada.
Alegraus que hui veureu
de qui sou Esposa y Mare
y també veureu lo Pare
del car Fill y etern Deu. [334]
Allí estareu sens tristor
on pregareu per lo peccador
e reynareu eternalment
contemplant Deu Omnipotent.

     Al tiempo que el angélico coro entona la postrer estrofa, entra Santo Tomás haciendo grandes extremos de sorpresa y admiración, y apenas ha concluido el canto aquél, exclama:

O be es fort desaventura
de mi trist, desconsolat
que nom sia yo trobat
en esta santa sepultura.
Prechvos Verge exelent
Mare de Deu Omnipotent,
vos me agau per escusat,
que les Indies me han ocupat.

     Entre nubes de oloroso incienso y copiosa lluvia de perfumadas flores, comienza entonces á ascender el pintoresco grupo, llevando dispuesta la imágen de modo que pueda ceñírsele la imperial corona, mientras que los ángeles, cantando un coro triunfante, el órgano, las músicas, las salvas, las campanas y el silencioso himno que rebosa de los corazones, forman el indiscriptible concierto que acompaña á la Virgen en su gloriosa Ascensión.

     Tal es el drama litúrgico con que festeja la antigua Elche la fiesta de su celestial Patrona; tal la reliquia preciosa de aquella literatura ingenua y rica de fe; tal el admirable momento por más de un concepto digno de estudio. ¿Qué importancia tiene, cuál es su significación en la historia del arte? ¿A que sentimientos obedece, á qué neesidades responde, á que fecha debe remontarse su composición? Cuestiones son estas que procuraremos resolver en el siguiente artículo.

 

III
y último

     «Dice la leyenda, observa el Marqués de Molins, en el erudito discurso que dejamos citado, que poco después de la conquista, sin fijar año, en un día de crudo invierno, 29 de Diciembre, llegó, flotando por el mar, un arca cerrada que contenía la imagen de la Virgen de la grandaria y formes [335] de una hermosísima dona; y asimismo con el misterio que hoy se representa, y la música que se canta, y hasta las rúbricas, como si dijéramos, el cerimonial que se observa.

     »Por mi parte, ni combato ni defiendo esta tradición; una sola cosa recuerdo, y es que el arca, con la inscripción Soy para Elche, vino por mar, y que aquellos eran los tiempos en que, no ya tesoros, pero ni peces, podían flotar por el Mediterráneo, si no llevaban las barras de Aragón.»

     Bien que fuera ocioso examinar la procedencia nacional del drama que nos ocupa, cuando tan elocuentemente la revela el idioma en que está escrito; no juzgamos inoportuno consiganar que ni el estado de la civilización, ni aun las determinadas alusiones que en la composición se encuentran, autorizan en manera alguna para señalarle antigüedad tan remota. Cierto que al mediar el siglo decimotercio, conquistaba el primer Jaime de Aragón para Castilla, en fuerza del tratado hecho con su yerno el Santo Rey D. Fernando la morisca Elig ó Elche; mas prescindiendo de que siquiera fuesen frecuentes las relaciones mercantiles que por razón de los frutos que en aquella comarca dábanse con abundancia, sostenían sus habitantes con los de Barcelona y Valencia y aun con todo el reino cuyas iglesias proveían de palmas; ni la dominación era genuinamente aragonesa, sino castellana, ni la villa de Elche formó parte de los Estados de Aragón hasta tanto que de ella se apoderó en 1296, el nieto del Conquistador. Ni hemos de suponer tampoco, siquiera el habla catalana á tal grado de florecimiento hubiese llegado, que pudiera en ella consignar los hechos de su vida el monarca aragonés y sirviera á poetas y trovadores para expresar sus afectos y sentimientos, que se empleara en un género completamente desconocido, —si no era por ventura en una que otra composición escrita en el idioma empleado por la Iglesia,— especialmente cuando el pueblo al cual se destinaba, no se hallaba de seguro en situación oportuna para comprenderlo, aun teniendo en cuenta que fueron los catalanes los que mayor parte tuvieron en el repartamiento de las tierras y casas que previo juicio de árbitros aprobaba el primer Jaime en Junio de 1267.

     Recordando que ya veinte años antes de que las huestes aragonesas clavaran definitivamente el estandarte cristiano en los alminares de Elche, había sobre ella ejercido su dominio el hijo de San Fernando, nada tendría de particular que de-[336]biéndose á este la restauración religiosa, y siendo como era el décimo Alfonso tan devoto de la Virgen como revelan sus inspiradas cantigas, deba remontarse á dicha época el culto prestado por la antigua Ilice á la Reina de los ángeles; y hasta daría apoyo á semejante conjetura la inscripción castellana del arca misteriosa Soy para Elche: mas en cuanto á festejarla desde entonces por medio de una composición dramática, requeríase otra calma y tranquilidad de la que realmente disfrutaba en aquellos tiempos de inquietudes y revueltas, y sobre todo que el transcurso del tiempo hubiese hecho general el habla de los que resultaron herederos por D. Jaime el Conquistador. Si ya no persuadieran de esta opinión las leyes generales de la historia, llevarían el ánimo el convenciemiento la estructura del drama y ciertos detalles que singularmente en su segunda parte pueden observarse.

     Cuando en fuerza de las disposiciones civiles y eclesiásticas, la poesía dramática todavía en su infancia vióse precisada á salir del templo, buscó acomodado teatro en la plaza pública, y fusionándose en uno los elementos religioso y popular, creáronse aquellas singulares representaciones de las cuales son reminiscencias las danzas de moros y cristianos que aun en nuestros días, constituyen en ciertas localidades, importantísimo episodio de sus fiestas principales. Basadas en un mismo principio, obedeciendo á idéntico sentimiento, reducíase su acción, según observa el Sr. Amador de los Ríos, en su Historia crítica de la literatura española (tom. VII, c 22) á la aparición de unos pastores que abandonando el hato para festejar al patrón del pueblo, cuya imagen se colocaba en la plaza con cierto aparato el día del santo, veíanse estorbados en sus planes por el soberbio Luzbel que sin otro fin dejaba el tenebroso averno: cobrando nuevo aliento al verse socorridos por un ángel, encaminábanse á realizar su piadoso propósito al tiempo que otro pastor les daba la nueva de que se dirigía camino de la villa gran golpe de desaforada morisma: comunicábanla los patores á los moradores de ella: apercibíanse éstos á la defensa: después del correspondiente rebato dábase el asalto y los moros deslumbrados por el poder del santo caían de hinojos pidiendo á voces el bautismo. Seguía á esto un bailoteo general, invitaban los pastores á los danzantes á entonar con ellos canciones y villancicos en loor del patrono, y ordenados después en procesión, llevando en medio á los recién convertidos moros, salían de la plaza al son de tambo-[337]riles y dulzainas, con gran aplauso y satisfacción de los sencillos espectadores.

     Semejante pasatiempo que estuvo en boga durante todo el siglo XV, y del cual repetimos se conservan importantes reminiscencias, pasó al cabo de la plaza pública á los palacios de los magnates, adquiriendo con tal ocasión una estructura más dramática, que revela el proceso creciente que en este género de poesía se estaba realizando, con la circunstancia verdaderamente digna de tenerse en cuenta, de que en él tomaban parte, ya como actores ya como simples espectadores, personas de gran distinción que se aderezaban con sus mejores galas y preseas como persuadidos de asistir á fiesta muy singular.

     Llaman especialmente la atención en este concepto las farsas, momos y pasos citadas por el historiador últimamente nombrado al examinar en el capítulo referido la Crónica del Condestable Miguel Lucas de Iranzo que abarca el período de veinte años transcurridos desde el 1459 al 1471, siendo de notar para nuestro propósito, la ejecutada en la morada de dicho prócer el segundo día de Pascua del año 1463, en la cual vencidos por el Condestable y sus caballeros, los moros que en la farsa intervienen, comparece el rey de Marruecos ante el Condestable, y declarando paladinamente que era la ley de los cristianos mejor que la mahometana, él y sus moros reniegan de ella, de su Alcorán y de su profeta. «Con lo cual, añade la crónica, muy alegres y contentos los caballeros que vestían hábito de moros, daban en tierra con Mahoma y sus libros, lanzando al primero en una fuente para que se purificase de sus mentiras y derramando después sobre la cabeza del rey de Marruecos un cántaro de agua en señal de bautismo.»

     No faltan tales elementos en el drama litúrgico que en el artículo anterior extractamos, pero debe notarse que no son moros sino judíos los que en él intervienen, y esta circunstancia al par que nos revela que su autor se inspiró en la fuente común de que se originaban las composiciones del mismo género propias de aquella época, nos ofrece un dato importantísimo para establecer aproximadamente la fecha de su composición.

     No es este lugar oportuno para estudiar las relaciones de amistad en que vivieron cristianos y judíos desde su aparición en la península, ni la justicia de los motivos que se alegaban para su expulsión de los dominios españoles: fueran las causas escogidas dictadas por verdadero espíritu religioso, fuesen [338] sugeridas por menos elevados intereses, ello es que los Reyes Católicos en 31 de Marzo de 1492 dictaban el famoso edicto de expulsión para todos los descendientes de Abraham que en 31 del siguiente Julio no hubiesen abrazado la religión del Crucificado; y si bien podía suponerse por algunos que la escena de la conversión á la fe cristiana que en el drama se encuentra, podía ser indicio del sentimiento popular para que se realizara la unidad religiosa en las monarquías españolas aun antes de que fueran expulsados los mahometanos de su último baluharte, hay todavía en el Auto de la Asunción otro dato que no permite fijar su composición á fecha anterior á la de 1492.

     Poco tiempo después de haber los Reyes D. Fernando y D.ª Isabel clavado el pendón de la cruz en las moriscas almenas de Granada; transcurrido un mes desde el día en que terminaba el plazo concedido á los judíos para su conversión, salía del puerto de Palos la flotilla confiada al mando del navegante genovés, con la cual se proponía encontrar más corto camino para el antiguo reino de Ofir, y realizar al cabo su piadoso propósito encaminado á la conquista de la tumba ó sepulcro del Salvador. De aquel viaje, que dió por resultado la invención de un nuevo mundo, regresó Colón á España en Enero del siguiente año sin persuadirse de que las tierras que pisara pertenecían á un continente distinto al nuestro: á aquellos países se les dió el nombre de Indias por considerárselas unidas con las partes que forman el extremo oriental de Asia, en las cuales, según consta de las Actas de los Apóstoles, en los primeros tiempos del cristianismo predicó el Evangelio el apóstol Santo Tomás. (Evangelizó a los Parthos, Medos, Persas, Hircanos, Bactrianos y finalmente á los Indios).

     Ahora bien: ¿nada significa la intervención del santo apóstol en el drama, precisamente en los momentos en que toca á su término la acción, excusando la tardanza con sus ocupaciones en las Indias, cuyo imaginado camino se acababa de descubrir? ¿Habría tenido valor alguno alusión semejante antes del descubrimiento de América? Para nosotros no cabe la menor duda que el Auto del Tránsito y la Asunción es contemporáneo de aquel importantísimo acontecimiento, ye teniendo en consideración que la villa de Elche fue dada como merced á aquel D. Gutierre de Cárdenas, tan devoto de la Reina Católica, que en todos los sucesos de su vida, y principalmente en los relativos á su romancesco casamiento con [339] D. Fernando de Aragón tomó una parte tan directa, acaso no sería aventurado imaginar que quien tan magníficamente veía galardonados sus servicios, quisiera corresponder dignamente á aquellos para quienes, no los trabajos que pasó, sino aun la palma del martirio habría tomado, inspirando una composición que al par recordaba dos de los más importantes sucesos del reinado de Isabel, la expulsión de los judíos y el descubrimiento de América ó de las Indias, y daba testimonio del culto que prestaban á la Virgen los de Elche, cuyos sentimientos populares se halagaban con gran ingenio por medio de la palma que presenta el ángel, y el globo ó granada (mangrana) desntro del cual desciende el enviado del Señor. Ello es que los ilicitanos no habían visto con muy buenos ojos que su villa fuese separada de la corona para ser entregada como en feudo á Gutierre de Cárdenas; ello es que éste pudo participar del entusiasmo que produjo el regreso de Colón, acompañado de indios portadores de frutos y aves rarísimas de aquellos países ignorados, y de seguro que era medio eficacísimo para captarse la simpatía de aquellos habitantes, inspirar una composición dramática que halagara el orgullo popular, el sentimiento religioso y el entusiasmo nacional.

     Inspirar decimos, porque en nuestro concepto la obra debió salir de manos de quien tuviera más costumbre de entonar himnos y secuencias que de empuñar espada y vestir loriga, pues si ya no lo revelara el arte general de la composición, dispuesta de modo que toda ella pudiera ser cantada, persuadirían lo mismo el himno con versos latinos que cantan los apóstoles, y la plegaria que entonan los judíos ya realizada su conversión. Y por cierto que bien comprendía el autor la influencia y el efecto que produce, lo que hoy llamaríamos colorido local, cuando amén de aquellos atributos propios de la campiña de Elche de que dejamos hecha mención oportuna, no descuidaba poner en boca de los judíos algunas palabras que como adonay y sabday recordaran sus creencias y su origen.

     Curioso, y sobre curioso importante, sería examinar las relaciones que acaso existan entre el auto que se representa en Elche, el que tratando el propio asunto existe bajo el número 62 en el precioso códice de la Biblioteca nacional, y los que titulados Assumpçao de Nossa Senhora, la Asunción de la Virgen y A puestas del Sol el Alba: la Soledad de Maria, escribieron López de Oliveira, Claramonte y otros; mas pres-[340]cindiendo de que semejante tarea, si grata para nosotros, acaso no lo fuera tanto para nuestros leyentes, basta por ahora para nuestro propósito con haber hecho el análisis y examen de una pieza, que por su antigüedad, por su valor intrínseco, por la importancia que tiene en la historia del arte, y por ser su representación en el día ejemplar único en España, debe constituir y constituye para los ilicitanos legítimo timbre de orgullo, razón por la cual, hoy que tantos recuerdos de nuestro pasado se van borrado, deben procurar con todas sus fuerzas que no desaparezca del interior de su grandioso templo.

 

     Vilafranca, Julio de 1870.

 

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*      Manuel MILÀ I FONTANALS: Obras completas, vol. VI, Barcelona, 1888-1895, p. 324-340. Reproducció dels tres articles que Vidal y Valenciano publicà a Diario de Barcelona, Barcelona, 12-08-1870, 26-08-1870 i 01-09-1870.

1     Alguno he conocido yo, dice el citado Sr. Marqués, en su «discurso de recepción» de la Academia de la Historia, que por voto representó toda su vida el papel arriesgado de subir hasta la cúpula de la iglesia, de pavorosa altura, la imagencilla que figura el alma de María; y luego octogenario y ciego no temió fiar su existencia á una cuerda frágil y á una maquinaria más vieja que él todavía.

2     Debemos tan puntuales y detalladas noticias, así como copia acabada del manuscrito, á D. Aureliano Ibarra y Manzoni, distinguido correspondiente de la Historia en Elche.