DOCUMENTS DE LA FESTA

 

RELACIÓN VERDADERA DE UN PRODIGIO, QUE EN 15 DE AGOSTO DE
ESTE AÑO DE 1727, OBRÓ LA MILAGROSA IMAGEN DE NUESTRA
SEÑORA DE LA ASSUMPCIÓN DE LA VILLA DE ELCHE CON
UN HOMBRE QUE CAYÓ DE UNA MUY ALTA CORNISA
Y HOY VIVE PUBLICANDO EL PODER DE ESTA 
GRAN REINA*

 

[326] A la paloma sagrada

que eleva sus altos vuelos

hasta el más sublime grado

del más luminoso cielo.

A la Fénix más gloriosa

que en pira de amor y afectos,

muere y renace inmortal

entre divinos incendios.

A la mariposa amante,

purísimo Mongibelo,

que del Espíritu Santo

se esplendoriza en el fuego.

A la emperatriz María

que ocupa el solio supremo,

altanera, esclarecida

águila de ambos imperios:

que coronada de luces,

sirven sus limpios reflejos

a los pobres pecadores

de claro día y espejo.

A ti, vergel de virtudes,

y del mismo Dios recreo,

a ti virgínea flor,

madre del divino Verbo.

A ti dirijo mi curso

(dichoso aquel pensamiento

que el oriente de sus dichas

es el fin de sus desvelos).

A ti, para ti, señora

imploro tu auxilio mismo,

para contar un milagro

que obró tu poder inmenso:

que no es bien que esté este caso

encerrado en el silencio,

sí que se dé a la memoria

de los siglos venideros.

Oidle, escuchad un poco

y estad mortales atentos

que para gloria de Dios,

con su bendición empiezo.

La famosa villa de Elche,

en el año de trescientos

treinta y tres antes de Cristo,

poblaron focenses griegos.

Después los fuertes romanos

Colonia Inmune la hicieron

y la honraron con ilustres

timbres, favores y fueros.

Es del reino de Valencia

ahora el presente, siendo

algún tiempo de Castilla

y subfragánea a Toledo.

Tiene un castillo por armas

y de su cumbre, en lo excelso,

una doncella con palma

que es geroglífico expreso

de la Asunción de María

gloriosa y triunfante al cielo.

No me censuren la idea,

permítanme el pensamiento:

yo dicurro para mí,

no sin algún fundamento,

que el tener la villa de Elche

esas armas por trofeo,

será que alguna Sibila,

de las muchas que tuvieron

los antiguos españoles,

[327] les profetizó el misterio:

y que una virgen y una madre

vendría a ser de este pueblo

escudo, defensa y gloria,

luz, guía, amparo y gobierno.

Esto es presunción, no más:

lo que sé decir en esto

es que Dios lo tiene todo

presente en su entendimiento;

y previendo que a esta villa

había su amor inmenso

de honrarla liberalmente

con un grande privilegio

y elegirla para trono

(si ya no es que diga cielo)

de la que es cielo animado,

sagrario de Dios entero:

ya que no en real persona,

con un retrato tan bello,

con una imagen tan rara,

que es un sagrado embeleso:

dispuso su providencia,

con sabio y divino acuerdo,

que produzca mucha palma

naturalmente su suelo:

para que esta ilustre villa,

con puntualidad y acierto

y sin incomodo alguno

ni molestar a otros pueblos,

pudiese todos los años,

con palma, que es del intento,

celebrar de la Asunción

de María, los trofeos,

de su patrona, los triunfos,

la pureza y vencimiento,

y el glorioso feliz tránsito

de su gran reina a los cielos.

En la iglesia parroquial,

con el sobre nombre excelso

de Santa María, que

fue catedral algún tiempo,

sucedió aqueste milagro

para allí sucediendo,

nadie dude que esta Madre

fue el iris del contratiempo.

Es el caso, que tres hombres

a ver la Fiesta vinieron

(que se hace en catorce y quince

de agosto con lucimiento)

en este presente año

que es de mil y setecientos

y veinte siete, después

del sagrado nacimiento.

Francisco Altavas, me consta,

el uno se llama de éstos,

del lugar de Cantavieja,

del cesaraugusto reino

de Aragón, corona insigne;

y el segundo compañero

Bautista Planelles fue,

de San Juan, que es huerta, y huerto

de la ciudad de Alicante,

noble, ilustre y rico puerto,

donde está la Santa Faz

de Cristo redentor nuestro.

Antonio Jover, de Ibi,

de este delicioso reino,

fue el último de los tres,

y en la tragedia el primero.

Estando pues dicho Antonio,

con sino y devoto afecto,

en una cornisa que

sirve a la iglesia de cerco,

subióse a una ventana

que hay allí ciega (¡oh, qué ciego!)

viendo la coronación,

[328] y las glorias, en bosquejo,

de la Asunción de María,

en que fin se dio al misterio:

rezándola siete salves,

en que le pedía atento,

por su Asunción le librase

del dragón de siete cuellos,

sin advertir el peligro.

¡Válgame el poder del cielo!

de imaginarlo me turbo,

sólo de describirlo, tiemblo:

sin saber de qué manera

(pues huye el conocimiento

cuando prevenir se ignora

la casualidad del riesgo:

y es cosa impropia y agena

de la caída, y despeño

averiguar la causa,

examinar el sí el efecto).

Quiso baxar, y arrojóse

al plano, que dicho llevo,

de la cornisa, erró el golpe,

y en vez de tierra, halló viento,

sin saber cómo, cayó:

(que el humano entendimiento

a elegir no acierta, cuando

voluntad falta y acuerdo).

Hombre espérame y aguarda,

detente mientras contemplo

lo veloz de tu caída,

que lo es más el pensamiento.

Antonio, ¿a dónde caminas?

¿quieres hacer verdaero

el dicho vulgar, que dice,

de la Fiesta de Elche al cielo?

¿no hay quien ayude a este pobre?

¿no hay quien acuda al remedio,

entre millares de almas

como hay en este templo?

Nadie le asiste, ni puede

valerse a sí en tal extremo,

que era su mayor contrario

la pesadez de su cuerpo.

¡Oh, Virgen de la Asunción!

dijo en su interior muy tierno;

que como estaba a sus ojos,

la llevó impresa en su pecho.

Diría entonces la Virgen,

no gusto subas tan presto,

sí que te estés en el mundo,

y aumentes merecimientos,

publiques mis beneficios

y favores, que a su tiempo

vendrás a ver mi grandeza,

si penitente te encuentro.

Al fin con furia y violencia,

llegó el infeliz mancebo,

cual agitada saeta,

como tierra que es, al centro.

Y se dobló la desgracia,

por cuanto, al llegar al suelo,

cogió debajo a los dos

que ya referí primero.

¡Qué fatalidad tan grande!

¡qué terrible desconsuelo!

¡Virgen María, ampardles!

venga el Santo Sacramento

de la extrema unción aprisa;

allí un mar corre sangriento,

subcondición les absuelven,

Jesús les dicen ya: pero

¡qué maravilla! ¡qué pasmo!

¡qué prodigio! ¡qué portento!

¡Virgen María: qué oigo!

¡qué nombre es este tan regio

que hasta los ejes del mundo

[329] se estremecen, y el infierno!

Oigamos bien que es muy dulce

lo que pronuncia su acento:

María, María, dice,

esto que es milagro nuevo.

Alábente, gran señora,

por tu generoso pecho,

todas las generaciones

y el uno y el otro hemisferio.

¡Qué cosa más estupenda,

que medir el alto trecho

que es de setenta y dos palmos

castellanos bien enteros!

¿y no haberse hecho pedazos?

¿y no haber quedado muerto?

¿y a los que abajo encontró

no haberles prensado luego?

y aún otros nueve palmos,

mi reparo ha sobrepuesto:

de la cornisa a la ventana,

cinco palmos hay muy buenos

y cuatro del mismo hombre,

de su cabeza al asiento:

porque quien recibió el golpe

fue la cabeza primero,

quien empezó a tomar aire

también fue la misma, es cierto:

con que si estaba sentado

en dicha ventana, infierno

que fueron ochenta y uno

palmos, poco más que menos,

los que midió la experiencia

de su precipicio horrendo,

desde arriba de su frente

hasta encontrar con el suelo.

No se les dio el santo óleo

señal es que conocieron

no había necesidad,

pero sin embargo de esto,

al hospital los llevaron

y el viático les dieron,           

fue prevención, porque fuera

temeridad el no hacerlo.

Esperaron al segundo

y al día también tercero,

calentura no les entra,

ni las heridas hicieron

la menor alteración,

siendo así que los efectos

propios a nuestra flaqueza

y a golpe tan grande anexos.

Médicos y cirujanos

claramente conocieron

que fue impulso soberano

quien gobernó este suceso:

por que, las que es medicina,

vida, salud y remedio

de todos los pecadores

quiso obrar este portento:

no para que presuntuosos

vanamente confiemos

en su auxilio y voluntarios

nos pongamos en los riesgos:

sino para que devotos,

prudentes, sabios, discretos,

su amor nos halle empleados

en su más honroso obsequio.

Que fue milagro, no hay duda,

Porque según los expertos,

sólo el aire era bastante

a dofocarle el aliento.

No llevaba Antonio capa,

por que andaba en gentil cuerpo,

ni la trajo de su tierra,

por el bochorno del tiempo.

Esto sé de buena tinta

[330] que en cosa de tanto peso,

quise informarme yo mismo

del propio paciente mismo.

Los dos que cogió debajo,

a los ocho días fueron

a dar gracias a la Virgen

en su magnífico templo.

El agente y principal

hubo menester más tiempo;

sin embargo, a quince días

le echó, sin peligro, el lecho.

Y después, con brevedad,

causando a todos consuelo,

fue a ver a su bienhechora,

con fino agradecimiento.

De este caso prodigioso,

testigos de vista fueron,

el magnánimo señor,

Grande de España cubierto,

excelentísimo conde

de Elda, quien dio buen ejemplo:

y don José Caro y Roca,

de montesa caballero

y su fiel gobernador,

coronel de un regimiento

que a su costa levantó

en servicio del rey nuestro,

señor de las baronías

de Novelda, y así mismo

de la villa de Mojente:

y gran parte de este pueblo

lo vio, con muchas personas

del de Murcia y de este reino.

Viva en su eterno descanso

la que con tan pronto empeño,

de las garras de la muerte

supo librar a sus siervos.

Y viva mi fe rendida

en su servicio y obsequio,