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I
[308] Cuando la santísima y gloriosa Madre de Dios y siempre virgen
María iba, según su costumbre, cabe el sepulcro del Señor para quemar
aromas y doblaba sus santas rodillas, solía suplicar a Cristo, hijo suyo
y Dios nuestro, que se dignara venir hacia sí.
II
Mas, al notar los judíos la asiduidad con que se acercaba a la sagrada
tumba, se fueron a los príncipes de los sacerdotes para decirles: «María
viene todos los días al sepulcro». Estos llamaron a los guardias que
habían puesto allí con objeto de impedir que alguien se acercara a orar
junto al sagrado monumento y empezaron a hacer averiguaciones sobre si
era verdad lo que con relación a ella se decía. Los guardias
respondieron que nada semejante habían notado, pues, de hecho, Dios no
les permitía percatarse de su presencia. [309]
III
Cierto día
—que
era viernes—
fue, como de costumbre, la santa (virgen) María al sepulcro. Y, mientras
estaba en oración, acaeció que se abrieron los cielos y descendió hasta
ella el arcángel Gabriel, el cual le dijo: «Dios te salve, ¡oh madre de
Cristo nuestro Dios!, tu oración, después de atravesar los cielos, ha
llegado hasta la presencia de tu Hijo y ha sido escuchada. Por lo cual
abandonarás el mundo de aquí a poco y partirás, según tu petición, hacia
las mansiones celestiales, al lado de tu Hijo, para vivir la vida
auténtica y perenne».
IV
Y, oído esto de labios del santo arcángel, se volvió a la ciudad santa
de Belén, teniendo junto a sí las tres doncellas que la atendían. Cuando
hubo, pues, reposado un poco, se incorporó y dijo a éstas: «Traedme un
incensario, que voy a ponerme en oración». Y ellas lo trajeron, según se
le había mandado.
V
Después se puso a orar de esta manera: «Señor mío Jesucristo, que por tu
extrema bondad tuviese a bien ser engendrado por mí, oye mi voz y
envíame a tu apóstol Juan para que su vista me proporcione las primicias
de la dicha. Mándame también a tus restantes apóstoles, a los que han
volado ya hacia ti y a aquellos que todavía se encuentran en esta vida,
de cualquier sitio donde estén, a fin de que, al verlos de nuevo, pueda
bendecir tu nombre, siempre loable. Me siento animada porque tú atiendes
a tu sierva en todas las cosas».
VI
Y, mientras ella estaba en oración, me presenté yo, Juan, a quien el
Espíritu Santo arrebató y trajo en una nube desde Efeso, dejándome
después en el lugar donde yacía la madre de mi Señor. Entré, pues, hasta
donde ella se encontraba y alabé a su Hijo; después dije: «Salve, ¡oh
madre de mi Señor, la que engendraste a Cristo nuestros Dios!; alégrate,
porque vas a salir de este mundo muy gloriosamente». [310]
VII
Y la santa madre de Dios loó a Dios porque yo, Juan, había llegado junto
a sí, acordándose de aquella voz del Señor que dijo: «He aquí a tu madre
y he aquí a tu hijo» [In, 19, 26 s.]. En esto vinieron las tres jóvenes
y se postraron ante ella.
VIII
Entonces se dirigió a mí la santa madre de Dios, diciéndome: «Ponte en
oración y echa incienso». Yo oré de esta manera: «¡Oh Señor Jesucristo,
que has obrado [tantas] maravillas!, obra alguna también en este
momento, a vista de aquella que te engendró; salga tu madre de esta vida
y sean abatidos los que te crucificaron y los que no creyeron en ti».
IX
Después que hube dado por terminada mi oración, me dijo la santa
[virgen] María: «Tráeme el incensario». Y, tomándolo ella, exclamó:
«Gloria a ti, Dios y Señor mío, porque ha tenido cumplimiento en mí todo
aquello que prometiste antes de subir a los cielos, que, cuando fuera yo
a salir de este mundo, vendrías tú a mi encuentro lleno de gloria y
rodeado de multitud de ángeles».
X
Entonces yo, Juan, le dije a mi vez: «Ya está para venir Jesucristo,
Señor y Dios nuestro; y tú vas a verle, según te lo prometió». A lo que
repuso la santa madre de Dios: «Los judíos han hecho juramento de quemar
mi cuerpo cuando yo muera». Yo respondí: «Tu santo y precioso cuerpo no
ha de ver la corrupción». Ella entonces replicó: «Anda, toma el
incensario, echa incienso y ponte en oración». Y vino una voz desde el
cielo diciendo amén.
XI
Yo, por mi parte, oí esta voz, y el Espíritu Santo me dijo: «Juan, ¿has
oído esa voz que ha sido emitida en el cielo después de termi-[311]nada
la oración?» Yo le respondí: «Efectivamente; sí que la he oído».
Entonces añadió el Espíritu Santo: «Esta voz que has escuchado es señal
de la llegada inminente de tus hermanos los apóstoles y de las santas
jerarquías, pues hoy se van a dar cita aquí».
XII
Yo, Juan, me puse entonces a orar. Y el Espíritu Santo dijo a los
apóstoles: «Venid todos en alas de las nubes desde los [últimos]
confines de la tierra y reuníos en la santa ciudad de Belén para asistir
a la madre de Nuestro Señor Jesucristo, que está en conmoción: Pedro
desde Roma, Pablo desde Tiberia, Tomás desde el centro de las Indias,
Santiago desde Jerusalén».
XIII
Andrés, el hermano de Pedro, y Felipe, Lucas y Simón Cananeo, juntamente
con Tadeo, los cuales habían muerto ya, fueron despertados de sus
sepulcros por el Espíritu Santo. Este se dirigió a ellos y les dijo: «No
creáis que ha llegado ya la hora de la resurrección. La causa por la que
surgís en este momento de vuestras tumbas es que habéis de ir a rendir
pleitesía a la madre de vuestro Salvador y Señor Jesucristo,
tributándole un homenaje maravilloso; pues ha llegado la hora de su
salida [de este mundo] y de su partida para los cielos».
XIV
También Marcos, vivo aún, llegó de Alejandría juntamente con los otros,
[llegados], como se ha dicho, de todos los países. Pedro, arrebatado por
una nube, estuvo en medio del cielo y de la tierra sostenido por el
Espíritu Santo, mientras los demás apóstoles eran a su vez arrebatados
también sobre las nubes para encontrarse juntamente con Pedro. Y así, de
esta manera, como queda dicho, fueron llegando todos a la vez por obra
del Espíritu Santo.
XV
Después entramos en el lugar donde estaba la madre de nuestro Dios y,
postrados en actitud de adoración, le dijimos: «No tengas [312] miedo ni
aflicción. El Señor Dios, a quien tú alumbraste, te sacará de este mundo
gloriosamente». Y ella, regocijándose en Dios su salvador, se incorporó
en el lecho y dijo a los apóstoles: «Ahora sí que creo que viene ya
desde el cielo nuestro Dios y maestro, a quien voy a contemplar, y que
he de salir de esta vida de la misma manera con que os he visto
presentaros a vosotros aquí. Quiero [ahora] que me digáis cómo ha sido
para venir en conocimiento de mi partida y presentaros a mí y de qué
países y latitudes habéis venido, ya que tanta prisa os habéis dado en
visitarme. Aunque habéis de saber que no ha querido ocultármelo mi Hijo,
nuestro Señor Jesucristo y Dios universal, pues estoy firmemente
persuadida, incluso en el momento presente, de que Él es el Hijo del
Altísimo».
XVI
Pedro entonces se dirigió a los apóstoles en estos términos: «Cada uno
de nosotros, de acuerdo con lo que nos ha anunciado y ordenado el
Espíritu Santo, dé información a la madre de Nuestro Señor».
XVII
Yo, Juan, por mi parte, respondí y dije: «Me encontraba en Efeso, y,
mientras me acercaba al santo altar para celebrar los oficios, el
Espíritu Santo me dijo: Ha llegado a la madre de tu Señor la hora de
partir; ponte [pues] en camino de Belén para ir a despedirla. Y en esto
una nube luminosa me arrebató y me puso en la puerta de la casa donde tú
yaces».
XVIII
Pedro respondió: «También yo, cuando me encontraba en Roma, oí una voz
de parte del Espíritu Santo, la cual me dijo: La madre de tu Señor,
habiendo ya llegado su hora, está para partir; ponte [pues] en camino de
Belén para despedirla. Y he aquí que una nube luminosa me arrebató. Y
pude ver también a los demás apóstoles que venían hacia mí sobre las
nubes y percibí una voz que decía: Marchaos todos a Belén». [313]
XIX
Pablo, a su vez, respondió y dijo: «También yo, mientras me encontraba
en una ciudad a poca distancia de Roma, llamada tierra de los Tiberios,
oí al Espíritu Santo que me decía: La madre de tu Señor está para
abandonar este mundo y emprender por medio de la muerte su marcha a los
cielos; ponte [pues] tu también en camino de Belén para despedirla. Y en
esto una nube luminosa me arrebató y me puso en el mismo sitio en que a
vosotros».
XX
Tomás, por su parte, respondió y dijo: «También yo me encontraba
recorriendo el país de los indios, y la predicación iba afianzándose con
la gracia de Cristo [hasta el punto de que] el hijo de la hermana del
rey, por nombre Lavdán, estaba para ser sellado (con el bautismo) por mí
en el palacio, cuando de repente el Espíritu Santo me dijo: Tú, Tomás,
preséntate también en Belén para despedir a la madre de tu Señor, pues
está para efectuar su tránsito a los cielos. Y en esto una nube luminosa
me arrebató y me trajo a vuestra presencia».
XXI
Marcos, a su vez, respondió y dijo: «Yo me encontraba en la ciudad de
Alejandría celebrando el oficio de tercia, y mientras oraba, el Espíritu
Santo me arrebató y me trajo a vuestra presencia».
XXII
Santiago respondió y dijo: «Mientras me encontraba yo en Jerusalén, el
Espíritu Santo me intimó esta orden: Márchate a Belén, pues la madre de
tu Señor está para partir. Y una nube luminosa me arrebató y me puso en
vuestra presencia».
XXIII
Mateo, por su parte, respondió y dijo: «Yo alabé y continúo alabando a
Dios porque, estando lleno de turbación al encontrarme dentro de [314]
una nave y ver la mar alborotada por las olas, de repente vino una nube
luminosa e hizo sombra sobre la furia del temporal, poniéndolo en calma;
después me tomó a mí y me puso junto a vosotros».
XXIV
Respondieron, a su vez, los que habían marchado anteriormente y narraron
de qué manera se habían presentado. Bartolomé dijo: «Yo me encontraba en
la Tebaida predicando la palabra, y he aquí que el Espíritu Santo se
dirigió a mí en estos términos: La madre de tu Señor está para partir;
ponte, pues, en camino de Belén para despedirla. Y he aquí que una nube
luminosa me arrebató y me trajo hasta vosotros».
XXV
Todo esto dijeron los apóstoles a la santa madre de Dios: cómo y de qué
manera habían efectuado el viaje. Y luego ella extendió sus manos hacia
el cielo y oró diciendo: «Adoro, ensalzo y glorifico tu celebradísimo
nombre, pues pusiste tus ojos en la humildad de tu esclava e hiciste en
mí cosas grandes, tú que eres poderoso. Y he aquí que todas las
generaciones me llamarán bienaventurada [Lc 1, 48]».
XXVI
Y cuando hubo acabado su oración, dijo a los apóstoles: «Echad incienso
y poneos en oración». Y, mientras ellos oraban, se produjo un trueno en
el cielo y se dejó oír una voz terrible, como [el fragor de] los carros.
Y en esto [apareció] un nutrido ejército de ángeles y potestades y se
oyó una voz como [la] del Hijo del hombre. Al mismo tiempo, los
serafines circundaron en derredor la casa donde yacía la santa e
inmaculada virgen y madre de Dios. De manera que cuantos estaban en
Belén vieron todas estas maravillas y fueron a Jerusalén anunciando
todos los portentos que habían tenido lugar.
XXVII
Y sucedió que, después que se produjo aquella voz, apareció de repente
el sol y, asimismo, la luna alrededor de la casa. Y un grupo [315] de
primogénitos de los santos se presentó en la casa donde yacía la madre
del Señor para honra y gloria de ella. Y vi también que tuvieron lugar
muchos milagros: ciegos que volvían a ver, sordos que oían, cojos que
andaban, leprosos que quedaban limpios y posesos de espíritus inmundos
que eran curados. Y todo el que se sentía aquejado de alguna enfermedad
o dolencia, tocaba por fuera el muro [de la casa] donde yacía y gritaba:
«Santa María, madre de Cristo, nuestro Dios, ten compasión de nosotros».
E inmediatamente se sentían curados.
XXVIII
Y grandes multitudes procedentes de diversos países, que se encontraban
en Jerusalén por motivo de oración, oyeron [hablar de] los portentos que
se obraban en Belén por mediación de la madre del Señor y se presentaron
en aquel lugar suplicando la curación de diversas enfermedades: cosa que
obtuvieron. Y aquel día se produjo una alegría inenarrable, mientras la
multitud de los curados y de los espectadores alaban a Cristo nuestro
Dios y a su madre. Y Jerusalén entera, de vuelta de Belén, festejaba
cantando salmos e himnos espirituales.
XXIX
Los sacerdotes de los judíos, por su parte, y todo su pueblo, estaban
extáticos de admiración por lo ocurrido. Pero, dominados por una
violentísima pasión y después de haberse reunido en consejo, llevados
por su necio raciocinio, decidieron atentar contra la santa madre de
Dios y contra los santos apóstoles que se encontraban en Belén. Mas,
habiéndose puesto en camino de Belén la turba de los judíos y a
distancia como de una milla, acaeció que se les presentó a éstos una
visión terrible y quedaron con los pies [como] atados y marcharon hacia
sus connacionales y narraron a los príncipes de los sacerdotes por
entero la terrible visión.
XXX
Mas aquéllos, requemados más aún para la ira, se fueron a presencia del
gobernador gritando y diciendo: «La nación judía se ha venido abajo por
causa de esta mujer; échala fuera de Belén y de la co-[316]marca de
Jerusalén». Mas el gobernador, sorprendido por los milagros, replicó:
«Yo, por mi parte, no la expulsaré ni de Jerusalén ni de ningún otro
lugar». Pero los judíos insistían dando voces y conjurándole por la
incolumidad del césar Tiberio a que arrojase a los apóstoles fuera de
Belén, [diciendo]: «Y, si no haces esto, daremos cuenta de ello al
emperador». Entonces él se vio constreñido a enviar un quiliarco [jefe
de mil] a Belén contra los apóstoles.
XXXI
Mas el Espíritu Santo dijo entonces a los apóstoles y a la madre del
Señor: «He aquí que el gobernador ha enviado un quiliarco contra
vosotros a causa de los judíos que se han amotinado. Salid, pues, de
Belén y no temáis, porque yo os voy a trasladar en una nube a Jerusalén,
y la fuerza del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo está con vosotros».
XXXII
Levantáronse, pues, en seguida los apóstoles y salieron de la casa
llevando la litera de [su] Señora, la madre de Dios, y dirigiendo sus
pasos camino de Jerusalén. Mas al momento, de acuerdo con lo que había
dicho el Espíritu Santo, fueron arrebatados por una nube y se
encontraron en Jerusalén en casa de la Señora. Una vez allí, nos
levantamos y estuvimos cantando himnos durante cinco días
ininterrumpidamente.
XXXIII
Y cuando llegó el quiliarco a Belén, al no encontrar allí ni a la madre
del Señor ni a los apóstoles, detuvo a los betlemitas, diciéndoles: «¿No
sois vosotros los que habéis venido contando al gobernador y a los
sacerdotes todos los milagros y portentos que se acaban de obrar y [le
habéis dicho] que los apóstoles han venido de todos los países? ¿Dónde
están, pues? Ahora poneos todos en seguida camino de Jerusalén para
presentaros ante el gobernador». Es de notar que el quiliarco no estaba
enterado de la retirada de los apóstoles y de la [317] madre del Señor a
Jerusalén. Prendió, pues, el quiliarco a los betlemitas y se presentó al
gobernador para decirle que no había encontrado a nadie.
XXXIV
Cinco días después llegó a conocimiento del gobernador, de los
sacerdotes y de toda la ciudad que la madre del Señor, en compañía de
los apóstoles, se encontraba en su propia casa de Jerusalén, a causa de
los portentos y maravillas que allí se obraban. Y una multitud de
hombres, mujeres y vírgenes se reunieron gritando: «Santa virgen, madre
de Cristo nuestro Dios, no te olvides del género humano».
XXXV
Ante estos acontecimientos, tanto el pueblo judío como los sacerdotes
fueron aún más juguete de la pasión y, tomando leña y fuego, la
emprendieron contra la casa donde estaba la madre del Señor en compañía
de los apóstoles, con intención de hacerla pasto de las llamas. El
gobernador contemplaba desde lejos el espectáculo. Mas, en el momento
mismo en que llegaba el pueblo judío a la puerta de la casa, he aquí que
salió súbitamente del interior una llamarada por obra de un ángel y
abrasó a gran número de judíos. Con esto la ciudad entera quedó
sobrecogida de temor y alababan al Dios que fue engendrado por ella.
XXXVI
Y cuando el gobernador vio lo ocurrido, se dirigió a todo el pueblo,
diciendo a grandes voces: «En verdad, aquel que nació de la Virgen, a la
que vosotros maquinabais perseguir, es hijo de Dios, pues estas señales
son propias del verdadero Dios». Así pues, se produjo escisión entre los
judíos, y muchos creyeron en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo a
causa de los portentos realizados.
XXXVII
Y después de que se obraron estas maravillas por mediación de la madre
de Dios y siempre virgen María, madre del Señor, mien-[317]tras nosotros
los apóstoles nos encontrábamos con ella en Jerusalén, nos dijo el
Espíritu Santo: «Ya sabéis que en domingo tuvo lugar la anunciación del
arcángel Gabriel a la virgen María, y que en domingo nació el Salvador
en Belén, y que en domingo salieron los hijos de Jerusalén con palmas a
su encuentro diciendo: ¡Hosanna en las alturas! Bendito el que viene en
nombre del Señor [Mt 21, 9; Mc 11, 10], y que en domingo resucitó de
entre los muertos, y que en domingo ha de venir a juzgar a vivos y
muertos, y que en domingo [finalmente] ha de bajar de los cielos para
honrar y glorificar [con su presencia] la partida de la santa y gloriosa
virgen que le dio a luz».
XXXVIII
En este mismo domingo dijo la madre del Señor a los apóstoles: «Echad
incienso, pues Cristo está ya viniendo con un ejército de ángeles». Y en
el mismo momento se presentó Cristo sentado sobre un trono de
querubines. Y, mientras todos nosotros estábamos en oración, aparecieron
multitudes incontables de ángeles, y el Señor [estaba] lleno de majestad
sobre los querubines. Y he aquí que se irradió un efluvio
resplandeciente sobre la santa Virgen por virtud de la presencia de su
Hijo unigénito, y todas las potestades celestiales cayeron en tierra y
le adoraron.
XXXIX
El Señor se dirigió entonces a su madre y le dijo: «María». Ella
respondió: «Aquí me tienes, Señor». Él le dijo: «No te aflijas; alégrese
más bien y gócese tu corazón, pues has encontrado gracia para poder
contemplar la gloria que me ha sido dada por mi Padre». La santa madre
de Dios elevó entonces sus ojos y vio en Él una gloria tal, que es
inefable a la boca del hombre e incomprensible.
El Señor permaneció a su lado y continuó diciendo: «He aquí que desde
este momento tu cuerpo va a ser trasladado al paraíso, mientras que tu
santa alma va a estar en los cielos, entre los tesoros de mi Padre,
[coronada] de un extraordinario resplandor, donde [hay] paz y alegría
[propia] de santos y ángeles y más aún». [319]
XL
La madre del Señor respondió y le dijo: «Imponme, Señor, tu diestra y
bendíceme». El Señor extendió su santa diestra y la bendijo. Ella la
estrechó y la colmó de besos mientras decía: «Adoro esta diestra que ha
creado el cielo y la tierra. Y ruego a tu nombre siempre bendecido, ¡oh
Cristo Dios, Rey de los siglos, Unigénito del Padre!: recibe a tu
sierva, tú que te has dignado encarnarte por medio de mí, la pobrecita,
para salvar el género humano según tus inefables designios. Otorga a
todo el que invoque o que ruegue o que [simplemente] haga mención del
nombre de tu sierva».
XLI
Mientras ella decía esto, se acercaron los apóstoles a sus pies y,
adorándola, le dijeron: «Deja, ¡oh madre del Señor!, una bendición al
mundo, puesto que lo vas a abandonar. Pues ya lo bendijiste y lo
resucitaste, perdido como estaba, al engendrar tú la luz del mundo». Y
la madre del Señor, habiéndose puesto en oración, hizo esta súplica:
«¡Oh, Dios, que por tu mucha bondad enviaste a tu unigénito Hijo para
que habitara en mi humilde cuerpo y te dignaste ser engendrado de mí, la
pobrecita!, ten compasión del mundo y de toda alma que invoca tu
nombre».
XLII
Y oró de nuevo de esta manera: «¡Oh Señor, Rey de los cielos, Hijo de
Dios vivo!, recibe a todo hombre que invoque tu nombre para que tu
nacimiento sea glorificado». Después se puso a orar nuevamente,
diciendo: «¡Oh Señor Jesucristo, que todo lo puedes en el cielo y en la
tierra!, ésta es la súplica que dirijo a tu santo nombre: santifica en
todo tiempo el lugar en que se celebre la memoria de mi nombre y da
gloria a los que te alaban por mí, recibiendo de estos tales toda
ofrenda, toda súplica y toda oración». [320]
XLIII
Después que hubo orado de esta manera, el Señor dijo a su propia madre:
«Alégrese y regocíjese tu corazón, pues toda clase de gracias y de dones
te han sido dados por mi Padre celestial, por mí y por el Espíritu
Santo. Toda alma que invoque tu nombre se verá libre de la confusión y
encontrará misericordia, consuelo, ayuda y sostén en este siglo y en el
futuro ante mi Padre celestial».
XLIV
Volviese entonces el Señor y dijo a Pedro: «Ha llegado la hora de dar
comienzo a la salmodia». Y, entonando Pedro, todas las potencias
celestiales respondieron el Aleluya. Entonces un resplandor más
fuerte que la luz nimbó la faz de la madre del Señor y ella se levantó y
fue bendiciendo con su propia mano a cada uno de los apóstoles. Y todos
dieron gloria a Dios. Y el Señor, después de extender sus puras manos,
recibió su alma santa e inmaculada.
XLV
Y en el momento de salir su alma inmaculada, el lugar se vio inundado de
perfume y de una luz inefable. Y he aquí que se oyó una voz del cielo
que decía: «Dichosa tú entre las mujeres». Pedro entonces, lo mismo que
yo, Juan, y Pablo y Tomás, abrazamos a toda prisa sus santos pies para
ser santificados. Y los doce apóstoles, después de depositar su santo
cuerpo en el ataúd, se lo llevaron.
XLVI
En esto, he aquí que, durante la marcha, cierto judío llamado Jefonías,
robusto de cuerpo, la emprendió impetuosamente contra el féretro que
llevaban los apóstoles. Mas de pronto un ángel del Señor, con fuerza
invisible, separó, sirviéndose de una espada de fuego, las dos manos de
sus respectivos hombros y las dejó colgadas en el aire a los lados del
féretro. [321]
XLVII
Al obrarse este milagro, exclamó a grandes voces todo el pueblo de los
judíos, que lo había visto: «Realmente es Dios el hijo que diste a luz,
¡oh madre de Dios y siempre Virgen María!». Y Jefonías mismo, intimidado
por Pedro para que declarara las maravillas del Señor, se levantó detrás
del féretro y se puso a gritar: «Santa María, tú que engendraste a
Cristo Dios, ten compasión de mí». Pedro entonces se dirigió a él y le
dijo: «En nombre de su Hijo, júntense las manos que han sido separadas
de ti». Y, nada más decir esto, las manos que estaban colgadas junto al
féretro donde yacía la Señora se separaron y se unieron de nuevo a
Jefonías. Y con esto creyó él mismo y alabó a Cristo Dios, que fue
engendrado por ella.
XLVIII
Obrado este milagro, llevaron los apóstoles el féretro y depositaron su
santo y venerado cuerpo en Getsemaní, en un sepulcro sin estrenar. Y he
aquí que se desprendía de aquel santo sepulcro de nuestra Señora, la
madre de Dios, un exquisito perfume. Y por tres días consecutivos se
oyeron voces de ángeles invisibles que alababan a su Hijo, Cristo
nuestro Dios. Mas, cuando concluyó el tercer día, dejaron de oírse las
voces, por lo que todos cayeron en la cuenta de que su venerable e
inmaculado cuerpo había sido trasladado al paraíso.
XLIX
Verificado el traslado de éste, vimos de pronto a Isabel, la madre de
San Juan Bautista, y a Ana, la madre de nuestra Señora, y a Abrahán, a
Isaac, a Jacob y a David que cantaban el Aleluya. Y vimos también
a todos los coros de los santos que adoraban la venerable reliquia de la
madre del Señor. Se nos presentó también un lugar radiante de luz, con
cuyo resplandor no hay nada comparable. Y el sitio donde tuvo lugar la
traslación de su santo venerable cuerpo al paraíso estaba saturado de
perfume. Y se dejó oír la melodía de los que cantaban himnos a su Hijo,
y era tan dulce cual solamente les es dado escuchar a las vírgenes; y
era tal, que nunca llegaba a producir hartura. [322]
L
Nosotros, pues, los apóstoles, después de contemplar súbitamente la
augusta traslación de este santo cuerpo, nos pusimos a alabar a Dios por
habernos dado a conocer sus maravillas en el tránsito de la madre de
Nuestro Señor Jesucristo.
Por cuyas oraciones e intercesión seamos dignos de alcanzar el poder
vivir bajo su cobijo, amparo y protección en este siglo y en el futuro,
alabando en todo lugar y tiempo a su Hijo unigénito, juntamente con el
Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
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