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I
[325]
A la admirable, gloriosísima y verdaderamente gran señora del mundo; a
la madre siempre virgen de Jesucristo, Dios y salvador nuestro; a la que
es realmente madre de Dios, le son debidos perpetuamente justos
homenajes de alabanza, honra y gloria de toda criatura que vive bajo el
cielo por el beneficio que recibió por su medio la creación entera en la
economía del advenimiento carnal del unigénito Hijo y Verbo de Dios
Padre.
Ésta, después de que el Verbo divino, que de ella tomó realmente carne y
se humanó por nosotros, consumó voluntariamente su pasión corporal,
resucitó de entre los muertos y subió a los cielos, permaneció en
compañía de los santos apóstoles, pasando un lapso de tiempo no pequeño
en los alrededores de Judea y de Jerusalén y habitando, según dice la
Sagrada Escritura [Jn, 19, 27], casi siempre en casa del apóstol virgen
y amado del Señor.
Esta
misma virgen gloriosísima y madre de Dios, pasado algún tiempo desde que
los apóstoles se lanzaron a la predicación del evangelio por todo el
mundo bajo el impulso del Espíritu Santo, abandonó la tierra de muerte
natural.
Ahora bien, ha habido quienes han consignado por escrito las maravillas
que tuvieron lugar por aquel tiempo en relación con ella, y casi la
tierra entera celebra con toda solemnidad la memoria anual de su reposo,
exceptuados unos pocos lugares, entre los cuales se encuentra el que
circunda a esta metrópoli de los tesalonicenses, protegida por Dios.
¿Qué (haremos) pues? ¿Condenaremos la desidia o la indolencia de los que
nos precedieron? Lejos de nosotros el decir esto, o ni aun siquiera
pensarlo, ya que fueron ellos los únicos en legar a su patria,
sancionado con leyes, este (privilegio) excepcional; me refiero a la
costumbre de celebrar la memoria, no solo de los santos locales, sino
también de aquéllos en su mayor parte que lucharon por Cristo sobre la
tierra, haciéndonos así familiares a Dios espiritualmente a base de
sagradas reuniones y oraciones.
No
fueron, pues, desidiosos o indolentes. Sucedió más bien que, si bien es
verdad que los testigos de su muerte, [de María], describieron fielmente
cuanto a ella se refiere, vinieron, sin embargo, después unos nocivos
herejes que diseminaron su cizaña y depravaron los es-[326]critos. Ésta
es la razón por la que nuestros padres se mantuvieron alejados de ellos,
por considerarlos en desacuerdo con la Iglesia católica. De aquí el que
la fiesta cayera en olvido entre ellos.
Y no
os extrañaréis al oír que los herejes corrompieron tales escritos, ya
que se les ha sorprendido haciendo cosas semejantes en distintas
ocasiones con las cartas del divino Apóstol y aun con los santos
evangelios. Pero no vayamos a despreciar los escritos verdaderos por la
astucia de aquéllos, abominable para Dios; sino que, después de extirpar
la mezcla dañina de la simiente, recogeremos y conmemoraremos con
provecho de las almas y agrado de Dios lo que tuvo efectivamente lugar
para gloria de Dios en relación con sus santos.
Pues
así hicieron, según hemos averiguado, tanto los que últimamente nos han
precedido a nosotros como los santos padres que vivieron antes que
ellos: éstos, en lo que toca a los llamados viajes de los santos
apóstoles Pedro, Pablo, Andrés y Juan; aquéllos, en lo concerniente a la
mayor parte de los escritos sobre los mártires, portadores de Cristo.
Pues es necesario algo así como limpiar, según lo que está
escrito [Jer 50, 26], las piedras del camino, para que no
encuentre tropiezo el rebaño que Dios ha juntado.
II
Nosotros, pues, ya que en provecho de esta metrópoli amada de Cristo y
para que no se vea privada de ningún bien, es del todo necesario honrar
sinceramente a María, siempre virgen y madre Dios, (particularmente) con
la celebración regocijada de su venerado reposo; nosotros, digo, hemos
puesto a contribución justamente no pequeña diligencia, en orden a la
excitación y edificación de las almas, para exponer a vuestros oídos,
amigos de Dios, no todo lo que indiscriminadamente hemos encontrado
escrito en diversos libros acerca de ella, sino sólo aquella cosas que
realmente tuvieron lugar, que como tales se recuerdan y que vienen
siendo refrendadas hasta ahora por el testimonio de los lugares. Hemos,
pues, recogido todo esto con temor de Dios y amor a la verdad, no
haciendo caso de apreciaciones personales, cuya inserción se debe a la
perfidia de quienes han falsificado estas cosas.
Oyendo, pues, con una compunción provechosa para el alma, las maravillas
tremendas, magníficas y en verdad dignas de la madre de Dios, que
tuvieron efectivamente lugar con motivo de su admirable [327] dormición,
ofreceremos, después de Dios, a María, la inmaculada señora y madre de
Dios, el agradecimiento y el honor que le es debido, mostrándonos a
nostros mismos dignos de sus dádivas por nuestras buenas obras. Y
vosotros, de recibir este pequeño (testimonio) de nuestro amor y de dar
vuestro beneplácito a la diligencia con que os exhortamos por el
presente escrito a cosas mejores, corresponded con vuestro amor, como
hermanos e hijos queridos en el Señor, recabándonos la ayuda de Dios por
medio de una oración continua; pues suya es la gloria, la honra y el
poder por los siglos de los siglos. Amén.
III
Cuando María, la santa madre de Dios, iba ya a desprenderse del cuerpo,
vino hacia ella el gran ángel y le dijo: «María, levántate y toma esta
palma que me ha dado el que plantó el paraíso; entregásela a los
apóstoles para que la lleven entre himnos ante ti, pues dentro de tres
días vas a abandonar el cuerpo. Sábete que voy a enviar a todos los
apóstoles a tu lado; ellos se preocuparán de tus funerales y
contemplarán tu gloria hasta que (por fin) te lleven al lugar que te
está reservado». Y María respondió al ángel diciéndole: «¿Por qué has
traído esta palma solamente y no una para cada cual, no sea que, al
dársela a uno, murmuren los demás? ¿Y que és lo que quieres que haga o
cuál es tu nombre para que se lo diga, si me lo preguntan?» Respondióle
el ángel: «¿Por qué inquieres mi nombre?, pues causa admiración (sólo)
el oírlo. No titubees en lo concerniente a la palma porque muchos serán
curados por su medio y servirá de prueba para todos los habitantes de
Jerusalén. Al que, por consiguiente, da crédito, se le manifiesta; y al
que no cree, se le oculta. Ponte, pues, en camino de la montaña».
Entonces María echó a andar y subió al monte de los Olivos, mientras iba
brillando ante ella la luz del ángel y tenía en sus manos la palma. Y
cuando llegó al monte, éste se alegró juntamente con todas las plantas
que allí había, hasta el punto de que éstas inclinaban sus cabezas y
(la) adoraban. María se turbó al ver esto, pensando que estaba Jesús, y
dijo: «¿Eres tú, por ventura, el Señor, pues por ti se ha obrado tal
maravilla, ya que estas plantas te han adorado? Porque digo yo que nadie
puede hacer un portento semejante, sino el Señor de la gloria, el que se
entregó a sí mismo a mí».
[328] Entonces le dijo el ángel: «Nadie puede hacer prodigios si no es
por su mano, pues Él comunica virtud a cada uno de los seres. Yo soy el
que tomo las almas de los que se humillan a sí mismos ante Dios y el que
las traslado al lugar de los justos el mismo día en que salen del
cuerpo; y por lo que a ti se refiere, si llegas a abandonar el cuerpo,
yo mismo en persona vendré por ti».
Le
dice entonces María: «Señor mío, ¿cómo te presentas a los elegidos?
Dime, pues, lo que es; dímelo para que yo obre (como conviene) cuando
vengas a asumirme». Él le responde: «¿Qué es lo que tienes, señora? Has
de saber que, cuando envíe por ti el Señor, no vendré yo sólo, sino que
acudirán también todos los ejércitos angélicos e irán cantando ante ti».
Y el ángel, en diciendo esto, se hizo como luz y subió al cielo.
IV
María, por su parte, volvió a su casa. Y al instante se conmovió el
edificio por la gloria de la palma que estaba en su mano. Y, después que
hubo cesado la conmoción, entró en su cámara secreta y dejó la palma
sobre un lienzo finísimo. Entonces se puso a orar al Señor, diciendo:
«Escucha, Señor, la oración de tu madre, María, que clama a ti, y envía
sobre mí tu benevolencia, y que ningún genio maligno venga a mi
presencia en el momento aquel en que vaya a salir del cuerpo, sino
cumple más bien lo que dijiste cuando lloré en tu presencia diciendo:
¿Qué haré para evadirme de las potestades que vengan sobre mi alma? Y me
hiciste la siguiente promesa: No llores; no son ángeles, ni arcángeles,
ni querubines, ni serafines, ni ninguna otra potestad los que han de
venir por ti, sino que yo mismo en persona vendré a recoger tu alma.
Ahora, pues, se ha acercado el dolor a la parturienta». Y se puso a orar
diciendo: «Bendigo la luz entera en que habitas; bendigo toda plantación
de tus manos, que permanece por los siglos. Santo, que habitas entre los
santos, escucha la voz de mi oración».
V
Y,
en diciendo esto, salió y dijo a la doncella de su casa: «Oye, vete a
llamar a mis parientes y a los que me conocen, diciéndo(les): María
[329] os llama». La doncella marchó y avisó a todos en conformidad con
lo que se les había mandado. Y, después que aquéllos hubieron entrado,
les dijo María: «Padres y hermanos míos, venid en mi socorro, pues voy a
salir del cuerpo para mi eterno descanso. Levantaos, pues, y hacedme un
gran favor. No os pido oro ni plata, ya que todas estas cosas son vanas
y corruptibles; sólo os pido la caridad de que permanezcáis conmigo
estas dos noches y de que cada uno de vosotros tome una lámpara, sin que
la deje apagarse durante tres días consecutivos. Yo, por mi parte, os
bendeciré antes de morir».
E
hicieron tal como les había indicado. Y la noticia fue transmitida a
todos los conocidos de María y a sus parientes, por lo que todos ellos
se reunieron a su lado. Volvióse María y, viendo a todos presentes,
elevó su voz diciendo: «Padres y hermanos míos, ayudémonos mutuamente y
vigilemos después de encender las lámparas, pues no sabemos a qué
hora ha de venir el ladrón [Mt 24, 43]. Me ha sido dado a conocer,
hermanos míos, el momento en que voy a partir; lo he sabido y he sido
informada sin que el miedo me invada, pues es (un fenómeno) universal.
Al que únicamente temo es al insidiador, a aquel que hace la guerra a
todos; sólo que no puede prevalecer contra los justos y contra los
fieles; mas se apodera de los infieles, de los pecadores y de los que
hacen su voluntad, obrando en ellos lo que le place. Pero de los justos
no se apodera, porque (este) ángel malo no tiene nada en ellos, sino
que, avergonzado, huye de su lado. Es de saber que son dos los ángeles
que vienen por el hombre: uno el de la justicia y otro el de la maldad.
Ambos entran en compañía de la muerte. Ésta (al principio) molesta al
alma, (depsués) vienen estos dos ángeles y palpan su cuerpo. Y, si ha
hecho obras de justicia, el ángel bueno se alegra por esto, pues el
ángel malo no tiene nada en él. Entonces vienen más ángeles sobre el
alma, cantando himnos ante ella hasta el lugar donde están todos los
justos. Mientras tanto, el ángel malo se aflige, pues no tiene parte en
él. Pero, si se da el caso de uno que haya obrado la iniquidad, se
alegra también aquel (ángel malo) y toma consigo otros espíritus
malignos y se apoderan (todos) del alma, arrancándola. Mientras tanto,
el ángel bueno se aflige en extremo. Ahora, pues, padres y hermanos
míos, ayudémonos mutuamente para que nada malo se encuentre dentro de
nosotros».
Después que habló así María, dijéronle las mujeres: «¡Oh hermana
nuestra, que has llegado a ser madre de Dios y señora de todo el mundo!,
por más que todos tengamos miedo, ¿qué tienes tú que temer, [330] siendo
la madre del Señor? Porque, ¡ay de nosotros!, ¿adónde habremos de huir,
si tú dices esas cosas? Tú eres nuestra esperanza. ¿Qué vamos, pues, a
hacer o adónde vamos a huir nosotros, los más insignificantes? Si el
pastor tiene miedo del lobo, ¿adónde huirán las ovejas?»
Lloraban, pues, todos los circunstantes, y María les dijo: «Callad,
hermanos míos, y no lloréis; alabad más bien a la que en el momento
presente se encuentra en medio de vosotros. Os ruego que no lloréis en
este lugar a la virgen del Señor, sino que, en lugar de lamentaros,
entonéis salmos para que la alabanza se propague a todas las
generaciones de la tierra y a todo hombre de Dios. Entonad salmos en
lugar de lamentos, para que, en lugar de llanto, se convierta en
bendición para vosotros».
VI
En
diciendo esto, María llamó a cuantos se encontraban junto a ella y les
dijo: «Levantaos y orad». Y, después de hacer oración, se sentaron
dialogando entre sí sobre las maravillas de Dios y los portentos que
había obrado. Y, mientras se encontraban así charlando, he aquí que se
presenta Juan, el apóstol, llamando a la puerta de María. Despúes abrió
y penetró dentro. Pero María, al verlo, sintió turbación en su espíritu
y sollozó y lloró, hasta que luego se puso a gritar diciendo a grandes
voces: «Juan, hijo mío, no olvides la recomendación que te hizo tu
Maestro en relación conmigo cuando yo estuve llorándole junto a la cruz
y le dije: Tú te vas, Hijo mío, y ¿a quién me dejas confiada? ¿Con quién
habitaré? Y me dijo mientras tú estabas presente y lo oías: Juan es
el que te ha de guardar. Ahora, pues, hijo, no eches en olvido las
recomendaciones que te fueron hechas por causa mía y acuérdate de que Él
te hizo a ti objeto de un amor especial entre todos los apóstoles.
Recuerda que fuiste el único que pudiste reclinarte sobre su pecho.
Recuerda que sólo a ti confió su secreto cuando estabas reclinado sobre
su pecho, secreto que nadie ha conocido fuera de ti y de mí, ya que tú
eres el virgen y (el) elegido. En cuanto a mí, no quiso contristarme,
pues vine a ser su habitación. Y así le dije: Dame a conocer qué es
lo que has dicho a Juan. Y Él te dio órdenes y tú me lo
participaste. Ahora, pues, Juan, hijo mío, no me abandones».
María, mientras decía esto, lloraba suavemente. Pero Juan no pudo
resistir sin que se turbara su espíritu. Y no entendió qué era lo [331]
que le estaba diciendo, pues no cayó en la cuenta de que iba a salir del
cuerpo. Entonces le dice: «María, madre del Señor, ¿qué quieres que te
haga? Ya he dejado mi diácono a tu servicio para que te presente los
alimentos. No quieras que vaya a quebrantar el mandato que mje dio el
Senyor al decirme: Recorre todo el mundo hasta tanto que sea
destruido el pecado, descúbreme, pues, ahora el dolor de tu alma.
¿Es que te falta alguna cosa?» Y María le dice: «Juan, hijo mío, no
necesito cosa alguna de este mundo; pero, puesto que pasado mañana salgo
de este cuerpo, te ruego uses conmigo de caridad y pongas a bien recaudo
mi cuerpo, depositándolo a él sólo en un sepulcro. Y monta guardia en
compañía de tus hermanos los apóstoles, a causa de los pontífices. Pues
les he oído decir con mis propios oídos: Si encontramos su cuerpo, lo
haremos pasto de las llamas, pues de ella nació aquel seductor».
Cuando oyó decir Juan que iba a salir del cuerpo, cayó de rodillas y
dijo entre sollozos: «¡Oh, Señor!, ¿quiénes somos nosotros para que nos
hayas hecho ver estas tribulaciones? Todavía, en efecto, no habíamos
olvidado las primeras, y he aquí que hemos de sufrir otra. ¿Por qué no
salgo yo también del cuerpo, para que tú me protejas, oh María?»
Cuando María oyó a Juan llorar y decir estas cosas, rogó a los presentes
que callaran (pues estaban también ellos llorando), y asió a Juan
diciéndole: «Hijo mío, sé magnánimo juntamente conmigo, dejando de
llorar». Entonces Juan se levantó y enjugó sus lagrimas. Después le dijo
a María: «Salte conmigo y ruega a la gente que cante himnos mientras yo
te esté hablando a ti». Y, mientras ellos salmodiaban, introdujo a Juan
en su propia cámara y le mostró su mortaja y todo el equipo de su
(futuro) cadáver, diciendo: «Juan, hijo mío, ves que nada poseo sobre la
tierra, fuera de mi mortaja y de dos túnicas. Sábete que hay aquí dos
viudas; cuando muera, pues, dales una de éstas a cada una». Después le
llevó al lugar donde estaba la palma que le había sido dada por el
ángel, y le dijo: «Juan, hijo mío, toma esta palma para que la lleves
delante de mi féretro; pues esto me ha sido ordenado». Él replicó: «No
puedo tomarla sin (el consentimiento de) mis hermanos en el apostolado,
estando ellos ausentes, no sea que, cuando vengan, haya murmuraciones y
quejas entre nosotros, ya que hay uno que está constituido como el mayor
sobre todos. Pero, si nos reunimos, habrá concordia». [332]
VII
Y en
el momento mismo en que ellos salieron de la cámara, sobrevino un gran
trueno, de manera que todos los presentes fueron presa de la turbación.
Y, cuando cesó el ruido del trueno, los apóstoles fueron aterrizando a
la puerta de María en alas de nubes. Venían en número de once, cada uno
volando sobre una nube: Pedro el primero y Pablo el segundo; éste
viajaba también sobre una nube y había sido añadido al número de los
apóstoles, pues el principio de la fe se lo debía a Cristo. Después de
éstos se reunieron también los otros apóstoles a las puertas de María
cabalgando sobre nubes. Se saludaron mutuamente y se miraron unos a
otros, pasmados al ver cómo habían venido a encontrarse en el mismo
sitio. Y dijo Pedro: «Hermanos, hagamos oración a Dios, que nos ha
reunido, sobre todo por encontrarse entre nosotros el hermano Pablo».
Cuando Pedro hubo dicho estas palabras, se levantaron (todos) en actitud
de orar y elevaron su voz diciendo: «Roguemos para que nos sea dado el
conocer por qué Dios nos ha congregado». Entonces cada uno hizo
reverencia al otro para que orase.
Le
dice, pues, Pedro a Pablo: «Pablo, hermano mío, levántate y ora antes de
mí, pues me embarga una alegría inenarrable por haber llegado tú a la fe
de Cristo». Pablo le dijo: «Dispénsame, Pedro, padre (mío), pues no soy
más que un neófito y no soy digno de seguir las huellas de vuestros
pies; ¿cómo, pues, voy a ponerme a orar antes que tú? Tú eres, en
efecto, la columna luminosa, y todos los hermanos presentes son mejores
que yo. Tú, pues, ¡oh, padre!, ruega por mí y por todos para que la
gracia del Señor permanezca en nosotros».
Entonces se alegraron los apóstoles por la huimildad de Pablo y dijeron:
«Padre Pedro, tu has sido constituido jefe de nosotros; ora tú el
primero». Pedro, pues, se puso en oración, diciendo: «Dios nuestro Padre
y el Señor Jesucristo os glorificarán de la misma manera que es
glorificado mi ministerio, porque yo soy siervo y mínimo entre los
hermanos. De la misma manera que fui elegido yo, así lo fuisteis
vosotros, y es idéntico el llamamiento que se hizo a todos nosotros. Por
consiguiente, todo el que glorifica al prójimo, es a Jesús a quien
glorifica, no a un hombre. Pues éste es el mandato del Maestro: que nos
amemos mutuamente».
Después Pedro extendió las manos y dio gracias de esta manera: «Señor
omnipotente, que estás sentado sobre los querubines [4 Re 19, 15]
en las alturas y miras las cosas humildes (Sal. 112, 6), que
habitas una luz [333] inaccesible [2 Tim 6, 16], tú
resuelves las cosas difíciles [Dan 5, 12], tú descubres tesoros
escondidos [Is 45, 3], tú has sembrado en nosotros tu bondad. Pues
¿quién hay misericordioso entre los dioses como tú? Y no has retirado
tu misericordia de nosotros [2 Mac 6, 16], pues libras de los males
a todos los que esperan en ti; tú que vives y que has vencido a la
muerte, desde ahora y por los siglos de los siglos. Amén». Y saludó a
todos de nuevo.
VIII
Y al
momento apareció Juan en medio de ellos, diciendo: «Bendecidme también a
mí todos». Y le fue saludando cada uno según su orden. Y, después del
saludo, Pedro le dijo: «Juan, amado del Señor, ¿cómo has venido aquí y
de cuántos días dispones?» Juan respondió: «Sucedió, encontrándome yo en
la ciudad de Sardes explicando la doctrina hasta la hora nona, que
descndió una nube sobre el lugar donde estábamos reunidos y me arrebató
en presencia de todos los que conmigo estaban, trayéndome hasta aquí.
Golpeé la puerta y, cuando me abrieron, encontré toda una multitud
rodeando a nuestra madre María, quien me dijo: Voy a salir del cuerpo.
Yo no pude aguantar en medio de los que estaban a su alrededor, y el
llanto me venció. Ahora, pues, hermanos, si entráis de madrugada hasta
ella, no lloréis ni os turbéis, no sea que, viéndonos llorar los que
están a su alrededor, duden acerca de la resurrección y digan:
También ellos tuvieron miedo a la muerte. Animémonos más bien a
nosotros mismos con las palabras del buen Maestro».
Entraron, pues, los apóstoles de mañana en casa de María y dijeron a una
voz: «Bienaventurada, María, la madre de todos los que se salvan, la
gracia está contigo». María, por su parte, les dice: «¿De qué manera
habéis entrado hasta aquí o quién es el que os ha anunciado que estoy
para salir del cuerpo? ¿Y cómo habéis venido a reuniros en este lugar?
Pues os veo juntos y me alegro». Y le fue diciendo cada cual el país
desde donde había sido trasladado y cómo, arrebatados por las nubes,
habían venido a reunirse allí. Entonces la glorificaron todos, diciendo:
«Bendígate el Señor, que salva a todos». Se regocijó María en espíritu y
dijo: «Te bendigo a ti, de quien todos han recibido las bendiciones;
bendigo la habitación de tu gloria; te bendigo a ti, dador de la luz,
que quisiste ser huésped en mi seno; bendigo todas las obras de tus
manos, las cuales te obedecen con [334] todo rendimiento; te bendigo a
ti, que nos has bendecido a nosotros; bendigo las palabras de vida que
salen de tu boca, y que nos han sido dadas en verdad. Creo que todo
cuanto has dicho se realiza en mí, pues dijiste: Te enviaré todos los
apóstoles cuando vayas a salir del cuerpo, y helos aquí reunidos,
estando yo en medio de ellos como una vid fructífera, como cuando estaba
en tu compañía. Te bendigo con toda bendición; cúmplase en mí también
las demás cosas que dijiste, pues me hiciste esta promesa: Has de verme
cuando salgas del cuerpo».
En
diciendo esto, llamó a Pedro y a todos los apóstoles y les introdujo en
su cámara, donde les mostró su mortaja. Después salió y se sentó en
medio de ellos, mientras iban ardiendo las lámparas. Pues no las habían
dejado apagar, como les había ordenado María.
IX
Cuando se puso, pues, el sol (era a la sazón el día segundo), yendo ya a
salir ella del cuerpo, dijo Pedro a todos los apóstoles: «Hermanos, el
que tenga palabra de edificación, que diga y adoctrine al pueblo durante
toda la noche». Dijéronle los apóstoles: «¿Y quién (de nosotros) es
antes que tú? Nos alegraremos extraordinariamente si nos es dado oír tus
instrucciones».
Entonces Pedro empezó a decir: «Hermanos míos y todos cuantos habéis
venido a este lugar en esta hora en que va a partir nuestra madre María:
los que habéis encendido estas lámparas visibles con el fuego terreno,
habéis hecho bien; pero quisiera yo también que cada uno tuviera su
lámpara inmaterial en el siglo que no tiene fin. Me refiero a la lámpara
del hombre interior, que consta de tres pabilos, esto es: nuestro
cuerpo, nuestra alma y nuestro espíritu. Pues si brillan estas tres
cosas con el verdadero fuego por el que lucháis, no os avergonzaréis
cuando entréis en la boda a descansar con el Esposo. Esto es lo que
(ahora) sucede con nuestra madre María; pues la luz de su lámpara ha
llenado la tierra y no se apagará hasta la consumación de los siglos,
para que todos los que quieran salvarse tomen ánimo por ella. Porque no
habéis de pensar que es muerte (auténtica) la de María. No es muerte,
sino vida eterna, porque la muerte de los justos es alabada por Dios
[Sal 115, 151]. Pues ésta es la (verdadera) gloria, y la segunda muerte
no podrá causarles molestia alguna».
[335] Y, mientras Pedro estaba aún hablando, brilló una gran luz dentro
de la casa en medio de todos, de manera que palidecieron sus lámparas. Y
se dejó sentir una voz que decía: «Pedro, háblales sabiamente las cosas
que puedan aguantar. Pues el médico más competente aplica el remedio
según las dolencias de los pacientes y la nodriza da abrigo
proporcionado a la edad del niño». Pedro levantó entonces su voz y dijo:
«Te bendecimos a ti, ¡oh, Cristo!, que eres el timón de nuestras almas».
X
Y
luego, dirigiéndose a las vírgenes que allí se encontraban, dijo: «Oíd
(cual es) vuestro privilegio, vuestra gloria y vuestra honra. Porque
dichosos todos aquellos que guardan el hábito de su pureza. Escuchad y
aprended lo que dijo nuestro Maestro (a este respecto): Semejante es,
dice, el reino de los cielos a unas vírgenes [Mt. 25, 1]. No
dijo: es semejante a mucho tiempo, pues el tiempo pasa, mas el
nombre de la virginidad no pasará. No lo asemejó a un rico, porque las
riquezas van disminuyendo, mientras que la virginidad permanece
(inalterable). Así pues, creo que habréis de ser gloriosas. Porque
vosotras no tenéis preocupación alguna, por eso asemejó a vosotras el
reino de los cielos. Pues, cuando os llegue la hora de morir, no diréis:
«¡Ay de nosotras! ¿Adónde partimos, dejando nuestros pobres hijos o
nuestras grandes riquezas, o nuestros campos sembrados, o nuestras
grandes haciendas? Porque nada de esto os tiene solícitas. No tenéis
preocupación alguna sino la de vuestra virginidad. Y, cuando os sea
enviada la muerte, estaréis preparadas, sin falta de cosa alguna. Y para
que os deis cuenta de que no hay cosa mejor que la virtud y de que nada
es más gravoso que las cosas mundanas, escuchad esto también:
Había en una ciudad un hombre rico en toda clase de bienes. Tenía
también unos criados. Y sucedió que dos de éstos faltaron contra él, no
obedeciendo a sus palabras. Se airó entonces el señor y les confinó por
algún tiempo en un lugar lejano con intención de llamarles de nuevo. Uno
de estos siervos desterrados se construyó una casa, plantó una viña,
hizo un horno y adquirió otras muchas posesiones. Mas el otro, todo lo
que sacaba de su trabajo, lo iba depositando en oro. Después llamó al
orfebre y le dio el diseño de una corona diciéndole: Yo soy un siervo
perteneciente a un señor y al hijo [336] de éste; cincela (pues) la
imagen de éstos en la corona de oro. El orfebre ejecutó su obra de arte
y dijo al siervo: Levántate y pon la corona sobre tu cabeza. Mas el
siervo replicó: Toma tu salario, pues yo (ya) dispongo de ocasión
especial para llevar la corona. Entendió el orfebre el sentido de estas
palabras del siervo y se marchó a su casa.
Y
con esto se echó encima el límite prefijado del destierro. Envió
entonces el señor a cierto áspero (emisario), diciéndole: Si en el plazo
de siete días no me los presentas, peligrará tu vida. Partió el emisario
con gran diligencia. Y, al llegar a aquel país, encontró a los siervos
que (estaban) de noche como de día. Y deteniendo al que había adquerido
la casa, la viña y la demás hacienda, le dijo: Vámonos, porque tu señor
me ha enviado por ti. Éste aparentemente respondió: (Sí) vámonos; pero
luego añadió: ten paciencia conmigo hasta que venda todos los bienes que
he adquirido aquí. El emisario replicó: No puedo tener paciencia, pues
dispongo de siete días a plazo fijo y por miedo a su amenaza no puedo
demorar. Entonces el siervo se puso a llorar, diciendo: ¡Ay de mi!, que
me han cogido desprevenido. Y el emisario le dijo: ¡Oh siervo pésimo!,
¿ignorabas tu condición de esclavo y desterrado y (no te dabas cuenta)
de que el señor podía reclamarte en el momento en que le pluguiese? ¿Por
qué te has entrtenido en plantar viñas de las que nada puedes llevarte y
te has dejado coger desprevenido? Deberías haberte aprestado antes de mi
llegada. Entonces dijo el siervo entre lágrimas: ¡Ay de mí!, pues
pensaba estar confinado para siempre, creyendo que no iba a reclamarme
el señor, y por eso he adquirido toda esta hacienda en este país. El
empleado le obligó a marchar sin que pudiera llevar nada consigo.
Mas,
cuando el otro siervo oyó que habían enviado por ellos, se levantó, tomó
su corona y, dirigiéndose al camino por donde había de pasar el
emisario, se puso a esperarle. Y, en cuanto llegó, le dirigió estas
palabras: Mi señor te ha enviado, sin duda, por mí; vámonos, pues,
alegres, los dos juntos, pues no tengo ningún estorbo que me detenga, ya
que mi bagaje es ligero. No dispongo efectivamente de otra cosa más que
de esta corona de oro. La he construido estando diariamente en espera y
desenado me fuera propicio el señor y enviara por mí para levanatrme el
destierro, no fuera que algunos me cobraran envidia y me arrebataran la
corona. Por consiguiente, ahora he visto cumplido mi deseo; vámonos,
pues y pongámonos en camino.
Entonces los siervos se pusieron en marcha con el empleado. Y en cuanto
fueron vistos por el señor, dijo éste al que nada tenía: ¿Dónde está el
fruto de tu trabajo durante tanto tiempo como ha [337] durado tu
confinamiento? Y el siervo respondió: Señor, has enviado por mí a un
soldado cruel, a quien rogué me permitiera vender mis bienes y tomar en
mis manos (su producto), pero él me respondió que no le era lícito.
Dícele entonces su señor: ¡Oh siervo inicuo!, ¿te acordaste de hacer la
venta precisamente en el momente en que te reclamé? ¿Por qué no paraste
mientes en tu confinamiento ni caíste en la cuenta de que aquella
hacienda no representaba nada para ti? Y, montando en cólera, manda que
le aten de pies y manos y sea enviado a otros parajes más inhóspitos.
Después llama al que había traído la corona y le dice: Bien, siervo
bueno y fiel; la corona que hiciste fue un testimonio del deseo de tu
libertad, pues la corona es propia de los hombres libres. Por otra
parte, no te has atrevido a llevarla sin permiso de tu señor. Así pues,
como has deseado la libertad, (así) recíbela de mis manos. Con esto el
siervo queda libertado y es puesto al frente de muchas cosas».
XI
Después de decir estas palabras a la vírgenes que rodeaban a María,
Pedro se volvió hacia la multitud y dijo: «Oigamos también, hermanos,
qué es lo que ha de sobrevenirnos a nosotros. Pues, en verdad, nosotros
somos las vírgenes del verdadero Esposo, del Hijo de Dios y Padre de
toda la creación; (esto es), somos la humanidad contra la que se airó
Dios desde el principio, arrojando a Adán a este mundo. Por
consiguiente, vivimos aquí como desterrados, sometidos a su indignación;
pero no nos es lícito permancer (para siempre), pues a cada uno le
llegará su día y será trasladado al lugar donde están nuestros padres y
progenitores, donde están Abrahán, Isaac y Jacob. Pues al sobrevenir el
fin de cada cual, le es enviado el fuerte emisario, esto es, la muerte.
Y cuando ésta viene por el alma del pecador enfermo, que ha acumulado
sobre sí muchos pecados e iniquidades, y le causa muchas molestias,
entonces le suplica diciendo: Ten paciencia conmigo tan sólo por esta
vez hasta que acabe de redimir los pecados que he sembrado en mi cuerpo.
Mas la muerte no hace caso; porque ¿cómo va a dar treguas, habiéndose
cumplido ya su plazo? No teniendo, pues, en su haber nada bueno, es
deportado al lugar del tormento. Pero el que hace obras buenas, se
alegra, diciendo: Nada me detiene, pues en este momento no tengo cosa
alguna que llevar, fuera del nombre de la virginidad. Así pues, le hace
[338] esta súplica: No me dejes en la tierra, no sea que algunos me
cobren envidia y arrebaten el nombre de mi virginidad. Entonces sale el
alma del cuerpo y es trasladada entre himnos hasta la presencia del
Esposo inmortal, quien la deposita en un lugar de descanso. Luchad,
pues, ahora, hermanos, sabiendo que no vamos a permanecer aquí
eternamente».
XII
Mientras Pedro estaba entretenido en decir estas cosas para confortar a
las turbas, se echó encima el alba y salió el sol. María entonces se
levantó, salió fuera, elevó sus manos e hizo oración al Señor. Terminada
ésta, entró de nuevo y se tendió sobre el lecho. Pedró se sentó a su
cabecera y Juan a sus pies, mientras los demás apóstoles rodeaban la
cama. Y sobre la hora de tercia sonó un gran trueno desde el cielo y se
exhaló un perfume de fragancia (tan suave), que todos los circunstantes
fueron dominados por el sueño, exceptuados solamente los apóstoles y
tres vírgenes, a quienes el Señor hizo velar para que dieran testimonio
de los funerales de María y de su gloria. Y he aquí que (de repente) se
presenta el Señor sobre las nubes con una multitud sin número de
ángeles. Y Jesús en persona, acompañado de Miguel, entró en la cámara
donde estaba María, mientras que los ángeles y los que por fuera
rodeaban la estancia cantaban himnos. Y, al entrar, encontró el Salvador
a los apóstoles en torno a María y saludó a todos. Después saludó a su
madre. María entonces abrió su boca y dio gracias con estas palabras:
«Te bendigo porque no me has desairado en lo que se refiere a tu
promesa. Pues me diste palabra reiteradamente de no encargar a los
ángeles que vinieran por mi alma, sino venir tú (en persona) por ella. Y
todo se ha cumplido en mí, Señor, conforme a tu ofrecimiento. ¿Quién soy
yo, pobrecita de mí, para haberme hecho digna de tan gran gloria?» Y al
decir estas palabras cumplió su cometido, mientras su rostro sonreía al
Señor. Mas el tomó su alma y la puso en manos de Miguel, no sin antes
haberla envuelto en unos como velos, cuyo resplandor es imposible
describir.
Mas
nosotros los apóstoles vimos que el alma de María, al ser entregada en
manos de Miguel, estaba integrada por todos los miembros corporales,
fuera de la diferencia sexual, no habiendo en ella sino la semejanza de
todo cuerpo (humano) y una blancura que so-[339]brepasaba siete veces a
la del sol. Pedro, por su parte, rebosante de alegría, preguntó al
Señor, diciendo: «¿Quién de nosotros tiene un alma tan blanca como la de
María?» El Señor respondió: «¡Oh Pedro!, las almas de todos los que
nacen en este mundo son semejantes; pero al salir del cuerpo no se
encuentran tan radiantes, porque en unas condiciones se las envió y en
otras (muy distintas) se las encontró, por haber amado la oscuridad de
muchos pecados. Mas, si alguno se guardare a sí mismo de las iniquidades
tenebrosas de este mundo, su alma goza al salir del cuerpo de una
blancura semejante». Después dijo de nuevo el Salvador a Pedro: «Pon a
buen recaudo con mucha diligencia el cuerpo de María, mi habitación. Sal
por el lado izquierdo de la ciudad y encontrarás un sepulcro nuevo;
deposita en él el cuerpo y esperad allí, como se os ha mandado».
Al
decir esto el Salvador, empezó a gritar el cuerpo de la santa madre de
Dios, diciendo en presencia de todos: «Acuérdate de mí, Rey de la
gloria; acuérdate de mí, pues soy obra de tus manos; acuérdate de mí,
pues he guardado el tesoro que me fue dado en depósito». Respondió
entonces Jesús al cuerpo: «No te dejaré: tesoro de mi margarita; no te
dejaré a ti, que fuiste hallado (fiel) guardián del depósito que te
había sido encomendado; lejos de mí el abandonarte a ti, que fuiste el
arca que gobernaste a tu gobernador; lejos de mí, el abandonarte a ti,
tesoro sellado, hasta que seas buscado». Y, al decir esto, desapareció
el Salvador.
XIII
Pedro, en compañía de los demás apóstoles y las tres vírgenes,
amortajaron el cadáver de María y lo pusieron sobre el féretro. Después
de esto se levantaron los que habían sido vencidos por el sueño. Pedró
entonces tomó la palma y dijo a Juan: «Tú eres el virgen; tú eres, por
tanto, el que debes ir cantando himnos delante del féretro con las
palmas en las manos». Pero Juan replicó: «Tú eres nuestro padre y
obispo; así pues, tú debes presidir el cortejo hasta tanto que llevemos
el féretro al lugar (fijado)». Entonces dijo Pedro: «Para que nadie de
nosotros se apene, coronemos el féretro con la palma».
Se
levantaron, pues, los apóstoles y cargaron con el féretro de María.
Pedro, mientras tanto, entonó: «Salió Israel de Egipto [Sal 113,
1]. Aleluya». El Señor y los ángeles, por su parte, se paseaban sobre
las nubes y cantaban himnos y alabanzas sin ser vistos. Sola-[340]mente
se percibía la voz de los ángeles. Se extendió el rumor de (aquella)
numerosa multitud por Jerusalén entera. Cuando oyeron, pues, los
sacerdotes el tumulto y la voz de los que cantaban, se estremecieron y
exclamaron: «¿A qué viene este tumulto?» Uno les dijo que María acababa
de salir del cuerpo y que los apóstoles estaban en derredor suyo
cantando himnos. Al momento penetró Satanás en su interior y, montando
en cólera, dijeron: «Venid, vámonos fuera, demos muerte a los apóstoles
y hagamos pasto de las llamas el cuerpo que llevó (en su seno) a aquel
embaucador». Se levantaron, pues, y salieron armados de espadas y
(otros) medios de defensa con el propósito de matarlos. Pero
inmediatamente los ángeles que iban sobre las nubes les hirieron de
ceguera. Éstos, al no saber adónde se dirigían, daban con sus cabezas
contra los muros, exceptuado únicamente un pontífice de entre ellos, el
cual había salido para ver lo que ocurría. Cuando se acercó, pues, éste
al cortejo y vio el féretro coronado y a los apóstoles que cantaban
himnos, dijo lleno de ira: «He aquí la habitación de aquel que despojó
nuestra nación. Mira de qué gloria tan terrible goza». Y, dicho esto, se
abalanzó furiosamente sobre el féretro. Lo agarró por donde estaba la
palma con ánimo de destruirlo; después lo arrastró y quiso echarlo por
los suelos. Pero repentinamente sus manos quedaron pegadas al féretro y
pendientes de él al ser desprendidas violentamente del tronco por los
codos.
Entonces el hombre aquel se puso a llorar a vista de todos los
apóstoles, dirigiéndoles esta súplica: «No me dejéis abandonado, sumido
como estoy en una necesidad tan grande». Pedro entonces le dijo: «La
virtud que se precisa para ayudarte no es mía ni de ninguno de éstos.
Pero, si crees que Jesús, contra el que os concitasteis y a quien
prendisteis y matasteis, es el Hijo de Dios, te verás libre
efectivamente de este ejemplar castigo». A lo que repuso el hombre: «¿Es
que acaso no sabíamos que era Hijo de Dios? Pero ¿qué íbamos a hacer
teniendo nuestros ojos oscurecidos por la avaricia? Porque nuestros
padres, en trance ya de morir, nos llamaron para decirnos: Hijos, he
aquí que Dios os ha escogido entre todas las tribus para que estéis
enérgicamente al frente de este pueblo y no trabajéis con materia de
esta tierra. He aquí vuestro cometido: edificar al pueblo y percibir de
todos (en recompensa) diezmos y primicias juntamente con todo
primogénito que rompe la matriz. Pero cuidado, hijos, con que por
vosotros nade el pueblo en la abundancia y luego, rebelándoos,
comerciéis en provecho vuestro y provoquéis la ira de Dios. Dad más bien
lo superfluo a los pobres, huérfanos y viudas de vues-[341]tro pueblo, y
no despreciéis un alma acongajada. Mas nosotros no dimos oído a las
tradiciones de nuestros padres, sino que, viendo que la tierra
sobreabundaba extraordinariamente hicimos de los primogénitos de las
ovejas, bueyes y de todos los animales, negocio de vendedores y
compradores. Entonces vino el Hijo de Dios y expulsó a todos fuera, lo
mismo que a los cambistas, diciendo: Quitad estas cosas de aquí y no
hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio [Jn 2, 16]. Mas
nosotros, poniendo nuestros ojos en las (depravadas) costumbres
suprimidas por Él, maquinamos maldades dentro de nosotros mismos, nos
concitamos contra Él y le dimos muerte, (aun) reconociendo realmente que
era Hijo de Dios. Pero no vayáis ahora a tener en cuenta nuestra maldad,
sino perdonadme más bien. Pues esto me ha ocurrido a mí por ser amado de
Dios y para que viva».
Entonces Pedro hizo depositar el féretro y dijo al pontífice: «Si crees
ahora de todo corazón, ve y deposita un ósculo en el cuerpo de María,
diciendo: Creo en ti y en el Dios que engendraste». Entonces el
pontífice se puso a bendecir a María en hebreo por espacio de tres horas
y no permitió que nadie la tocara, trayendo testimonios de los santos
libros de Moisés y de los demás profetas, ya que está escrito de ella:
Vendrà a ser templo del Dios glorioso, hasta el punto de que los oyentes
se quedaron admirados al oír tales tradiciones, que nunca habían
ecuchado.
Pedro entonces le dijo: «Vete y junta tus manos una con otra». Él hizo
ademán de juntarlas, diciendo: «En el nombre de nuestro Señor
Jesucristo, el hijo de María, madre de Dios, júntense mis manos entre
sí». Y al instante quedaron como estaban al principio, sin defecto
alguno. Y Pedro insistió: «Levántate (ahora) y toma un ramito de la
palma y entra en la ciudad. Allí encontrarás una multitud que carece de
vista y no encuentra camino por dónde salir; dile lo que te ha ocurrido,
y aquel que creyere imponle el ramito sobre sus ojos, que al instante
recobrará la vista».
Marchó el pontífice
conforme al mandato de Pedro y encontró muchos ciegos —aquellos a
quienes el ángel había herido de ceguera—, los cuales decían entre
lamentos: «¡Ay de nosotros!, pues nos ha sobrevenido lo mismo que
ocurrió en Sodoma» —pues, en primer lugar, Dios los había herido de
ceguera, y después trajo fuego del cielo y los abrasó—; «¡Ay de
nosotros!, pues encima de quedar mutilados, viene también el fuego».
Entonces el hombre aquel que había tomado el ramito les habló acerca de
la fe. Y el que creyó vol-[342]vió a ver; mas el que no dio oídos, no
recuperó la vista, sino que continuó ciego.
XIV
Y
llevándose los apóstoles el precioso cuerpo de la gloriosísima madre de
Dios, señora nuestra y siempre virgen María, lo depositaron en un
sepulcro nuevo [allí] donde les había indicado el Salvador. Y
permanecieron únanimemente junto a él tres días para guardarle. Mas,
cuando fuimos a abrir la sepultura con intención de venerar el precioso
tabernáculo de la que es digna de toda alabanza, encontramos solamente
los lienzos, (pues) había sido trasladado a la eterna heredad por Cristo
Dios, que tomó carne de ella. Este mismo Jesucristo, Señor nuestro, que
glorificó a María, madre suya inmaculada y madre de Dios, dará gloria a
los que la glorifiquen, librará de todo peligro a los que celebran con
súplicas anualmente su memoria y llenará de bienes sus casas, como lo
hizo con la de Onesíforo. Éstos recibirán, además, la remisión de sus
pecados aquí y en el siglo futuro. Pues Él la escogió para ser su trono
querúbico en la tierra y su cielo terrenal y, a la vez, para ser
esperanza, refugio y sostén de nuestra raza; de manera que, celebrando
místicamente la fiesta de su gloriosa dormición, encontremos
misericordia y favor en el siglo presente y en el futuro, por la gracia
y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea dada la gloria y
la alabanza juntamente con su Padre, que no tiene principio, y el
santísimo vivificador Espíritu. Ahora y siempre y por los siglos de los
siglos. Amén.
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