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I
[344]
Entre las muchas cosas que la madre inquirió de su hijo durante el
tiempo aquel que precedió a la pasión del Señor figuran las referentes a
su tránsito, sobre el cual empezó a preguntarle en estos términos: «¡Oh
carísimo hijo!, ruego a tu santidad que, cuando llegue el momento en que
mi alma haya de salir del cuerpo, me lo hagas saber con tres días de
antelación; y entonces tú, querido hijo, hazte cargo de ella en compañía
de tus ángeles».
II
Él,
por su parte, acogió la súplica de su madre querida y le dijo: «¡Oh
habitación y templo del Dios vivo, oh madre bendita, oh reina de todos
los santos y bendita entre todas las mujeres!, antes de que me llevaras
en tu seno te guardé continuamente y te hice alimentar con mi manjar
angélico, como sabes. ¿Cómo voy a abandonarte después de haberme gestado
y alimentado, después de haberme llevado en la huida de Egipto y haber
sufrido por mí muchas angustias? Sábete, pues, que mis ángeles siempre
te guardaron y te seguirán guardando hasta el momento de tu tránsito.
Mas depsués que hubiere sufrido por los hombres conforme a lo que está
escrito y después que hubiere resucitado al tercer día y subido al cielo
al cabo de los cuarenta días, cuando me vieres venir a tu encuentro en
compañía de los ángeles y de los arcángeles, de los santos, de las
vírgenes y de mis discípulos, ten por cierto entonces que ha llegado el
momento en que tu alma va a ser separada del cuerpo y trasladada por mí
al cielo, donde nunca ha de experimentar la más mínima tribulación o
angustia». [345]
III
Entonces ella se vio inundada de gozo y de gloria, besó las rodillas de
su hijo y bendijo al Creador del cielo y de la tierra, que tal don le
había deparado por medio de Jesucristo, su hijo.
IV
Durante el segundo año a partir de la ascensión de nuestro Señor
Jesucristo, la beatísima virgen María solía entregarse asidua y
constantemente a la oración de noche y de día. Pero en la antevíspera de
su muerte recibió la visita de un ángel del Señor, el cual la saludó
diciendo: «Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es
contigo». Ella, por su parte, respondió: «Gracias sean dadas a Dios». Él
tomó de nuevo la palabra para decirle: «Recibe esta palma que te fue
prometida por el Señor». Ella entonces, rebosante de gozo y de gratitud
para con Dios tomó de manos del ángel la palma que le había sido
enviada. Y le dijo el ángel del Señor: «De aquí a tres días tendrá lugar
tu asunción». A lo que ella repuso: «Gracias sean dadas a Dios».
V
Entonces llamó a José de Arimatea y a otros discípulos del Señor. Y
cuando éstos se hubieron reunido, así como sus propios conocidos y
allegados, anunció a todos los presentes su tránsito inminente. Luego la
bienaventurada (virgen) María se aseó y engalanó como una reina y quedó
en espera de la llegada de su Hijo, en conformidad con la promesa de
éste. Y rogó a todos sus parientes que la guardaran y le proporocionaran
(algún) solaz. Tenía a su lado tres vírgenes: Séfora, Abigea y Zael. Mas
los discípulos de nuestro Señor Jesucristo estaban ya a la sazón
dispersos por el mundo entero para evangelizar al pueblo de Dios.
VI
En
aquel momento (era entonces hora de tercia), mientras estaba la reina
[santa] María en su cámara, se produjeron grandes truenos, [346]
lluvias, relámpagos, tribulación y terremotos. El apóstol y evangelista
Juan fue trasladado desde Éfeso; penetró en la pieza donde se encontraba
la bienaventurada [virgen] María y la saludó con estas palabras: «Dios
te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo». Ella a su
vez respondió: «Gracias sean dadas a Dios»; y, levantándose, dio un
ósculo a Juan. Después le dijo: «¡Oh hijo queridísimo!, ¿por qué me has
abandonado durante tanto tiempo y no has hecho caso del encargo que te
hizo tu Maestro referente a mi custodia, como te mandó mientras estaba
pendiente de la cruz?» Él entonces, cayendo de rodillas, se puso a
pedirle perdón. Y la bienaventurada [virgen] María le bendijo y le besó
de nuevo.
VII
Y,
cuando se disponía a preguntarle de dónde venía o por qué causa se había
presentado en Jerusalén, he aquí que (de repente) fueron llevados en una
nube hasta la puerta de la cámara donde estaba la bienaventurada
[virgen] María todos los discípulos del Señor, exceptuado Tomás el
llamado Dídimo. Se pararon, pues, y luego entraron y adoraron a la
reina, saludándola con estas palabras: «Dios te salve, María; llena eres
de gracia; el Señor es contigo». Ella entonces se levantó solícita e,
inclinándose, les fue besando y dio gracias a Dios.
VIII
He
aquí los nombres de los discípulos del Señor que fueron llevados hasta
allí en una nube: Juan el evangelista y su hermano Santiago; Pedro y
Pablo; Andrés, Felipe, Lucas, Bernabé; Bartolomé y Mateo; Matías, por
sobrenombre el Justo, Simón Cananeo; Judas y su hermano; Nicodemo y
Maximiano, y otros muchos, finalmente, que no es posible contar.
IX
Entonces la bienaventurada [virgen] María dijo a sus hermanos: «¿A qué
se debe el que hayáis venido todos a Jerusalén?» Pedro respondió de esta
manera: «¿Tú nos preguntas a nosotros, siendo así [347] que a ti era a
quien nosotros debíamos hacerlo? Para mí es seguro que nadie entre
nosotros conoce la causa por la que nos hemos presentado aquí tan
velozmente. He estado en Antioquía y ahora me encuentro aquí». Y todos
fueron indicando el lugar donde habían estado aquel día, quedando
sobrecogidos de admiración por verse allí presentes al escuchar tales
relaciones.
X
Díjoles la bienaventurada [virgen] María: «Antes de que mi hijo sufriera
la pasión, yo le rogué que tanto él como vosotros asistierais a mi
muerte, gracia que me fue otorgada. Por lo cual habéis de saber que
mañana tendrá lugar mi tránsito. Vigilad y orad conmigo para que, cuando
venga el Señor a hacerse cargo de mi alma, os encuentre en vela».
Entonces dieron todos palabra de permanecer vigilantes. Y pasaron toda
la noche en vigilia y en adoración, entonando salmos y cantando himnos,
acompañados de grandes luminarias.
XI
Llegando el domingo, y a la hora de tercia, bajó Cristo acompañado de
multitud de ángeles, de la misma manera que había descendido el Espíritu
Santo sobre los apóstoles en una nube, y recibió el alma de su madre
querida. Y mientras los ángeles entonaban el pasaje aquel del Cantar de
los Cantares en que dice el Señor: «Como el lirio entre espinas, así mi
amiga entre las hijas», sobrevino tal resplandor y un perfume tan suave,
que todos los circunstantes cayeron sobre sus rostros (de la misma
manera que cayeron los apóstoles cuando Cristo se transfiguró en su
presencia en el Tabor), y durante hora y media ninguno fue capaz de
incorporarse.
XII
Pero, a la vez que el resplandor empezó a retirarse, dio comienzo la
asunción al cielo del alma de la bienaventurada virgen María entre
salmodias, himnos y los ecos del Cantar de los Cantares. Y, cuando la
nube comenzó a elevarse, la tierra entera sufrió un
estremecimien-[348]to, y en un instante todos los habitantes de
Jerusalén pudieron apercibirse claramente de la muerte de Santa María.
XIII
Mas,
en aquel mismo momento penetró Satanás en su interior y dieron en pensar
qué harían con el cuerpo [de María]. Y así se proveyeron de armas para
prender fuego al cadáver y matar a los apóstoles, pues [pensaban] que
ella [María] había sido la causa de la dispersión de Israel, [que había
sobrevenido] por sus propios pecados y por la confabulación de los
gentiles. Pero fueron atacados de ceguera y vinieron a dar con sus
cabezas contra los muros y entre sí.
XIV
Entonces los apóstoles, costernados por claridad tan grande, se
levantaron al compás de la salmodia y dio comienzo el traslado del santo
cadáver desde el monte de Sión hasta el valle de Josafat. Pero, al
llegar a la mitad del camino, he aquí que cierto judío por nombre Rubén
les salió al paso, pretendiendo echar al suelo el féretro juntamente con
el cadáver de la bienaventurada [virgen] María. Mas de pronto sus manos
vinieron a quedar secas hasta el codo, y, de grado o por fuerza, hubo de
bajar hasta el valle de Josafat llorando y sollozando al ver que sus
manos habían quedado rígidas y adheridas al féretro y que no era capaz
de atraerlas de nuevo hacia sí.
XV
Después rogó a los apóstoles que le obtuvieran por sus oraciones la
salud y el hacerse cristiano. Ellos entonces doblaron sus rodillas y
rogaron al Señor que le librase. En aquel mismo momento consiguió, en
efecto, la curación y se puso a dar gracias a Dios y a besar las plantas
de la Reina y de todos los santos y apóstoles. Inmediatamente fue
bautizado en aquel lugar y comenzó a predicar el nombre de Nuestro Señor
Jesucristo. [349]
XVI
Después los apóstoles depositaron el cadáver en el sepulcro con toda
clase de honores y rompieron a llorar y a cantar, por lo excesivo del
amor y de la dulzura. De pronto se vieron circundados por una luz
celestial y cayeron postrados en tierra, mientras el santo cadáver era
llevado al cielo en manos de los ángeles.
XVII
Entonces el dichosísimo Tomás se sintió repentinamente transportado al
monte Olivete, y, al ver cómo el bienaventurado cuerpo se dirigía hacia
el cielo, empezó a gritar diciendo: «¡Oh madre santa, madre bendita,
madre inmaculada!, si he hallado gracia a tus ojos, ya que me es dado
contemplarte, ten a bien por tu bondad alegrar a tu siervo, pues que te
vas camino del cielo». Y en el mismo momento le fue arrojado desde lo
alto al bienaventurado Tomás el cinturón con que los apóstoles habían
ceñido el cuerpo santísimo [de María]. Al recibirlo entre sus manos, lo
besó, y, dando gracias a Dios, retornó al valle de Josafat.
XVIII
Y
encontró a todos los apóstoles y a una gran muchedumbre en actitud de
golpearse los pechos, sobrecogidos como estaban por el resplandor que
habían visto. Y, después de que se entrevistaron y se dieron el ósculo
[de paz] entre sí, el bienaventurado Pedro se dirigió a él en estos
términos: «En verdad que tú siempre has sido terco e incrédulo y [quizá]
por tu incredulidad el Señor no ha tenido a bien concederte la gracia de
que asistieras con nosotros al entierro de la madre del Salvador». Él
respondió golpeándose el pecho: «Lo sé y estoy firmemente convecido de
ello; siempre he sido un hombre perverso e incrédulo; os pido, pues,
perdón a todos por mi contumacia y mi incredulidad». Y todos se pusieron
a orar por él. [350]
XIX
Entonces dijo el bienaventurado Tomás: «¿Dónde pusisteis su cuerpo?»
Ellos señalaron el sepulcro con el dedo. Mas él replicó: «No, no está
allí este cuerpo que es llamado santísimo». A lo cual repuso el
bienaventurado Pedro: «Ya otra vez te negaste a darnos crédito acerca de
la resurrección de nuestro Maestro y Señor, si no te era dado ver y
palpar con tus dedos. ¿Cómo vas a creer ahora que el santo cadáver se
encontraba ahí?» Él, por su parte, insistía diciendo: «No está aquí».
Entonces, como encolerizados, se acercaron al sepulcro, que estaba
recién excavado en la roca, y apartaron la piedra; pero no encontraron
el cadáver, con lo que se quedaron sin saber qué decir al verse vencidos
por las palabras de Tomás.
XX
Después el bienaventurado Tomás se puso a contarles cómo se encontraba
celebrando misa en la India. Estaba aún revestido de los ornamentos
sacerdotales, [cuando], ignorando la palabra de Dios, se vio
transportado al monte Olivete y tuvo ocasión de ver el cuerpo santísimo
de la bienaventurada [virgen] María que subía al cielo; y rogó a ésta
que le otorgara una bendición. Ella escuchó su plegaria y le arrojó el
cinturón con que estaba ceñida. Entonces él mostró a todos el cinturón.
XXI
Al
ver los apóstoles el ceñidor que ellos mismos habían colocado,
glorificaron a Dios y pidieron perdón al bienaventurado Tomás, [movidos]
por la bendición de que había sido hecho objeto por parte de la
bienaventurada [virgen] María y haberle caído en suerte contemplar su
cuerpo santísimo al subir a los cielos. Entonces el bienaventurado Tomás
les bendijo, diciendo: «Mirad qué bueno y qué agradable es el que
hermanos vivan unidos entre sí». [351]
XXII
Y la
misma nube que les había traído, llevó a cada uno a su lugar respectivo,
de una manera análoga a lo ocurrido con Felipe cuando bautizó el eunuco,
como se lee en los Hechos de los Apóstoles, y con el profeta Habacuc,
cuando llevó la comida a Daniel, que se encontraba en el lago de los
leones, y al momento retornó a Judea. De idéntica manera fueron
devueltos también los apóstoles rápidamente al lugar donde antes se
encontraban para evangelizar al pueblo de Dios.
XXIII
Y no
tiene nada de extraño el que opere tales maravillas quien entró y salió
de una virgen dejando sellado su seno, quien penetró a puertas cerradas
en el lugar donde estaban los apóstoles, quien hizo oír a los sordos,
quien resucitó a los muertos, quien limpió a los leprosos, quien dio
vista a los ciegos e hizo, en fin, otros muchos milagros. No hay razón
ninguna para dudar de esta creencia.
XXIV
Yo
soy José, el que deposité el cuerpo del Señor en mi sepulcro y le vi
resucitado; el que guardé de continuo su templo sacratísimo, la
bienaventurada siempre virgen María, antes y depsués de la ascensión del
Señor; el que escribí, finalmente, en el papel y en mi corazón las
palabras que salieron de la boca de Dios y el modo como llegaron a
realizarse los acontecimientos arriba consignados. Y di a conocer a
todos, judíos y gentiles, lo que mis ojos vieron y mis oídos oyeron, y
no dejaré de predicar[lo] mientras viva.
Roguemos instantemente a aquélla, cuya asunción es hoy venerada y
honrada por todo el mundo, que se acuerde de nosotros ante su
piadosísimo Hijo en el cielo. Al cual le es debida alabanza y gloria por
los siglos sin fin. Amén.
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