DOCUMENTS DE LA FESTA

 

NARRACIÓN DEL PS. JOSÉ DE ARIMATEA*

 

Aurelio de Santos Otero

 

[343] Entre los apócrifos asuncionistas en lengua latina no es éste el más antiguo. Anterior es sin duda, por ejemplo, el Pseudo Melitón, que —después de haber sido editado por Tischendorf en 1866 como «Transitus B» (Apocalypses apocryphae, 124-136)— ha adquirido una nueva actualidad gracias a la edición de M. Haibach-Reinisch (Ein neuer «Transitus Mariae» des Ps. Melito [Roma 1962] 63-87).

La Narración del Pseudo José de Arimatea ofrece sin embargo especial interés por algunos rasgos característicos, ausentes en otros apócrifos asuncionistas, que han ejercido notable influencia sobre la tradición posterior. De tener que adscribir este relato a una de las dos familias en que hemos dividido este ciclo de apócrifos, habría que pensar en primer término en la representada por el Tesalonicense (características: Jerusalén, la palma), pero también hay detalles propios del Libro de San Juan Evangelista, por ejemplo, el de las tres doncellas que acompañan a María en sus últimos días, a las que aquí se les da los nombres de Séfora, Abigea y Zael (c. 5).

 Frente a estas semejanzas hay que señalar como característica propia de esta narración la que afecta al episodio de la venida milagrosa de los apóstoles con la variante de la ausencia de Tomás, quien posteriormente se convierte sin embargo en el único testigo del traslado del cuerpo de María al paraíso y recibe en prenda el cinturón con que éste había sido ceñida antes de morir (c. 17-21).

Este episodio aparece también —no sin variantes— en fuentes griegas (tales como la Historia Euthymiaca del siglo IX y en algunos manuscritos de la redacción interpolada del Tesalonicense), así como en distintas versiones orientales y eslavas. En estas últimas llega incluso a independizarse, formando un relato con existencia propia en la tradición manuscrita. De lo que no queda duda es de la pervivencia de este motivo de inspiración en la iconografía asuncionista, como lo documenta —entre otros ejemplos— la tabla de N. Florentino (siglo XV) en la Catedral Vieja de Salamanca.

 

 

TRÁNSITO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
[Narración falsamente atribuida a José de Arimatea]

 

Ps. José de Arimatea

Traducción de
Aurelio de Santos Otero

 

I

 [344] Entre las muchas cosas que la madre inquirió de su hijo durante el tiempo aquel que precedió a la pasión del Señor figuran las referentes a su tránsito, sobre el cual empezó a preguntarle en estos términos: «¡Oh carísimo hijo!, ruego a tu santidad que, cuando llegue el momento en que mi alma haya de salir del cuerpo, me lo hagas saber con tres días de antelación; y entonces tú, querido hijo, hazte cargo de ella en compañía de tus ángeles».

II

Él, por su parte, acogió la súplica de su madre querida y le dijo: «¡Oh habitación y templo del Dios vivo, oh madre bendita, oh reina de todos los santos y bendita entre todas las mujeres!, antes de que me llevaras en tu seno te guardé continuamente y te hice alimentar con mi manjar angélico, como sabes. ¿Cómo voy a abandonarte después de haberme gestado y alimentado, después de haberme llevado en la huida de Egipto y haber sufrido por mí muchas angustias? Sábete, pues, que mis ángeles siempre te guardaron y te seguirán guardando hasta el momento de tu tránsito. Mas depsués que hubiere sufrido por los hombres conforme a lo que está escrito y después que hubiere resucitado al tercer día y subido al cielo al cabo de los cuarenta días, cuando me vieres venir a tu encuentro en compañía de los ángeles y de los arcángeles, de los santos, de las vírgenes y de mis discípulos, ten por cierto entonces que ha llegado el momento en que tu alma va a ser separada del cuerpo y trasladada por mí al cielo, donde nunca ha de experimentar la más mínima tribulación o angustia». [345]

III

Entonces ella se vio inundada de gozo y de gloria, besó las rodillas de su hijo y bendijo al Creador del cielo y de la tierra, que tal don le había deparado por medio de Jesucristo, su hijo.

IV

Durante el segundo año a partir de la ascensión de nuestro Señor Jesucristo, la beatísima virgen María solía entregarse asidua y constantemente a la oración de noche y de día. Pero en la antevíspera de su muerte recibió la visita de un ángel del Señor, el cual la saludó diciendo: «Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo». Ella, por su parte, respondió: «Gracias sean dadas a Dios». Él tomó de nuevo la palabra para decirle: «Recibe esta palma que te fue prometida por el Señor». Ella entonces, rebosante de gozo y de gratitud para con Dios tomó de manos del ángel la palma que le había sido enviada. Y le dijo el ángel del Señor: «De aquí a tres días tendrá lugar tu asunción». A lo que ella repuso: «Gracias sean dadas a Dios». 

V

Entonces llamó a José de Arimatea y a otros discípulos del Señor. Y cuando éstos se hubieron reunido, así como sus propios conocidos y allegados, anunció a todos los presentes su tránsito inminente. Luego la bienaventurada (virgen) María se aseó y engalanó como una reina y quedó en espera de la llegada de su Hijo, en conformidad con la promesa de éste. Y rogó a todos sus parientes que la guardaran y le proporocionaran (algún) solaz. Tenía a su lado tres vírgenes: Séfora, Abigea y Zael. Mas los discípulos de nuestro Señor Jesucristo estaban ya a la sazón dispersos por el mundo entero para evangelizar al pueblo de Dios.

VI

En aquel momento (era entonces hora de tercia), mientras estaba la reina [santa] María en su cámara, se produjeron grandes truenos, [346] lluvias, relámpagos, tribulación y terremotos. El apóstol y evangelista Juan fue trasladado desde Éfeso; penetró en la pieza donde se encontraba la bienaventurada [virgen] María y la saludó con estas palabras: «Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo». Ella a su vez respondió: «Gracias sean dadas a Dios»; y, levantándose, dio un ósculo a Juan. Después le dijo: «¡Oh hijo queridísimo!, ¿por qué me has abandonado durante tanto tiempo y no has hecho caso del encargo que te hizo tu Maestro referente a mi custodia, como te mandó mientras estaba pendiente de la cruz?» Él entonces, cayendo de rodillas, se puso a pedirle perdón. Y la bienaventurada [virgen] María le bendijo y le besó de nuevo.

VII

Y, cuando se disponía a preguntarle de dónde venía o por qué causa se había presentado en Jerusalén, he aquí que (de repente) fueron llevados en una nube hasta la puerta de la cámara donde estaba la bienaventurada [virgen] María todos los discípulos del Señor, exceptuado Tomás el llamado Dídimo. Se pararon, pues, y luego entraron y adoraron a la reina, saludándola con estas palabras: «Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo». Ella entonces se levantó solícita e, inclinándose, les fue besando y dio gracias a Dios.

VIII

He aquí los nombres de los discípulos del Señor que fueron llevados hasta allí en una nube: Juan el evangelista y su hermano Santiago; Pedro y Pablo; Andrés, Felipe, Lucas, Bernabé; Bartolomé y Mateo; Matías, por sobrenombre el Justo, Simón Cananeo; Judas y su hermano; Nicodemo y Maximiano, y otros muchos, finalmente, que no es posible contar.

IX

Entonces la bienaventurada [virgen] María dijo a sus hermanos: «¿A qué se debe el que hayáis venido todos a Jerusalén?» Pedro respondió de esta manera: «¿Tú nos preguntas a nosotros, siendo así [347] que a ti era a quien nosotros debíamos hacerlo? Para mí es seguro que nadie entre nosotros conoce la causa por la que nos hemos presentado aquí tan velozmente. He estado en Antioquía y ahora me encuentro aquí». Y todos fueron indicando el lugar donde habían estado aquel día, quedando sobrecogidos de admiración por verse allí presentes al escuchar tales relaciones.

X

Díjoles la bienaventurada [virgen] María: «Antes de que mi hijo sufriera la pasión, yo le rogué que tanto él como vosotros asistierais a mi muerte, gracia que me fue otorgada. Por lo cual habéis de saber que mañana tendrá lugar mi tránsito. Vigilad y orad conmigo para que, cuando venga el Señor a hacerse cargo de mi alma, os encuentre en vela». Entonces dieron todos palabra de permanecer vigilantes. Y pasaron toda la noche en vigilia y en adoración, entonando salmos y cantando himnos, acompañados de grandes luminarias.

XI

Llegando el domingo, y a la hora de tercia, bajó Cristo acompañado de multitud de ángeles, de la misma manera que había descendido el Espíritu Santo sobre los apóstoles en una nube, y recibió el alma de su madre querida. Y mientras los ángeles entonaban el pasaje aquel del Cantar de los Cantares en que dice el Señor: «Como el lirio entre espinas, así mi amiga entre las hijas», sobrevino tal resplandor y un perfume tan suave, que todos los circunstantes cayeron sobre sus rostros (de la misma manera que cayeron los apóstoles cuando Cristo se transfiguró en su presencia en el Tabor), y durante hora y media ninguno fue capaz de incorporarse.

XII

Pero, a la vez que el resplandor empezó a retirarse, dio comienzo la asunción al cielo del alma de la bienaventurada virgen María entre salmodias, himnos y los ecos del Cantar de los Cantares. Y, cuando la nube comenzó a elevarse, la tierra entera sufrió un estremecimien-[348]to, y en un instante todos los habitantes de Jerusalén pudieron apercibirse claramente de la muerte de Santa María.

XIII

Mas, en aquel mismo momento penetró Satanás en su interior y dieron en pensar qué harían con el cuerpo [de María]. Y así se proveyeron de armas para prender fuego al cadáver y matar a los apóstoles, pues [pensaban] que ella [María] había sido la causa de la dispersión de Israel, [que había sobrevenido] por sus propios pecados y por la confabulación de los gentiles. Pero fueron atacados de ceguera y vinieron a dar con sus cabezas contra los muros y entre sí.

XIV

Entonces los apóstoles, costernados por claridad tan grande, se levantaron al compás de la salmodia y dio comienzo el traslado del santo cadáver desde el monte de Sión hasta el valle de Josafat. Pero, al llegar a la mitad del camino, he aquí que cierto judío por nombre Rubén les salió al paso, pretendiendo echar al suelo el féretro juntamente con el cadáver de la bienaventurada [virgen] María. Mas de pronto sus manos vinieron a quedar secas hasta el codo, y, de grado o por fuerza, hubo de bajar hasta el valle de Josafat llorando y sollozando al ver que sus manos habían quedado rígidas y adheridas al féretro y que no era capaz de atraerlas de nuevo hacia sí. 

XV

Después rogó a los apóstoles que le obtuvieran por sus oraciones la salud y el hacerse cristiano. Ellos entonces doblaron sus rodillas y rogaron al Señor que le librase. En aquel mismo momento consiguió, en efecto, la curación y se puso a dar gracias a Dios y a besar las plantas de la Reina y de todos los santos y apóstoles. Inmediatamente fue bautizado en aquel lugar y comenzó a predicar el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. [349]

XVI

Después los apóstoles depositaron el cadáver en el sepulcro con toda clase de honores y rompieron a llorar y a cantar, por lo excesivo del amor y de la dulzura. De pronto se vieron circundados por una luz celestial y cayeron postrados en tierra, mientras el santo cadáver era llevado al cielo en manos de los ángeles.

XVII

Entonces el dichosísimo Tomás se sintió repentinamente transportado al monte Olivete, y, al ver cómo el bienaventurado cuerpo se dirigía hacia el cielo, empezó a gritar diciendo: «¡Oh madre santa, madre bendita, madre inmaculada!, si he hallado gracia a tus ojos, ya que me es dado contemplarte, ten a bien por tu bondad alegrar a tu siervo, pues que te vas camino del cielo». Y en el mismo momento le fue arrojado desde lo alto al bienaventurado Tomás el cinturón con que los apóstoles habían ceñido el cuerpo santísimo [de María]. Al recibirlo entre sus manos, lo besó, y, dando gracias a Dios, retornó al valle de Josafat.

XVIII

Y encontró a todos los apóstoles y a una gran muchedumbre en actitud de golpearse los pechos, sobrecogidos como estaban por el resplandor que habían visto. Y, después de que se entrevistaron y se dieron el ósculo [de paz] entre sí, el bienaventurado Pedro se dirigió a él en estos términos: «En verdad que tú siempre has sido terco e incrédulo y [quizá] por tu incredulidad el Señor no ha tenido a bien concederte la gracia de que asistieras con nosotros al entierro de la madre del Salvador». Él respondió golpeándose el pecho: «Lo sé y estoy firmemente convecido de ello; siempre he sido un hombre perverso e incrédulo; os  pido, pues, perdón a todos por mi contumacia y mi incredulidad». Y todos se pusieron a orar por él. [350]

XIX

Entonces dijo el bienaventurado Tomás: «¿Dónde pusisteis su cuerpo?» Ellos señalaron el sepulcro con el dedo. Mas él replicó: «No, no está allí este cuerpo que es llamado santísimo». A lo cual repuso el bienaventurado Pedro: «Ya otra vez te negaste a darnos crédito acerca de la resurrección de nuestro Maestro y Señor, si no te era dado ver y palpar con tus dedos. ¿Cómo vas a creer ahora que el santo cadáver se encontraba ahí?» Él, por su parte, insistía diciendo: «No está aquí». Entonces, como encolerizados, se acercaron al sepulcro, que estaba recién excavado en la roca, y apartaron la piedra; pero no encontraron el cadáver, con lo que se quedaron sin saber qué decir al verse vencidos por las palabras de Tomás.

XX

Después el bienaventurado Tomás se puso a contarles cómo se encontraba celebrando misa en la India. Estaba aún revestido de los ornamentos sacerdotales, [cuando], ignorando la palabra de Dios, se vio transportado al monte Olivete y tuvo ocasión de ver el cuerpo santísimo de la bienaventurada [virgen] María que subía al cielo; y rogó a ésta que le otorgara una bendición. Ella escuchó su plegaria y le arrojó el cinturón con que estaba ceñida. Entonces él mostró a todos el cinturón.

XXI

Al ver los apóstoles el ceñidor que ellos mismos habían colocado, glorificaron a Dios y pidieron perdón al bienaventurado Tomás, [movidos] por la bendición de que había sido hecho objeto por parte de la bienaventurada [virgen] María y haberle caído en suerte contemplar su cuerpo santísimo al subir a los cielos. Entonces el bienaventurado Tomás les bendijo, diciendo: «Mirad qué bueno y qué agradable es el que hermanos vivan unidos entre sí». [351]

XXII

Y la misma nube que les había traído, llevó a cada uno a su lugar respectivo, de una manera análoga a lo ocurrido con Felipe cuando bautizó el eunuco, como se lee en los Hechos de los Apóstoles, y con el profeta Habacuc, cuando llevó la comida a Daniel, que se encontraba en el lago de los leones, y al momento retornó a Judea. De idéntica manera fueron devueltos también los apóstoles rápidamente al lugar donde antes se encontraban para evangelizar al pueblo de Dios.

XXIII

Y no tiene nada de extraño el que opere tales maravillas quien entró y salió de una virgen dejando sellado su seno, quien penetró a puertas cerradas en el lugar donde estaban los apóstoles, quien hizo oír a los sordos, quien resucitó a los muertos, quien limpió a los leprosos, quien dio vista a los ciegos e hizo, en fin, otros muchos milagros. No hay razón ninguna para dudar de esta creencia.

XXIV

Yo soy José, el que deposité el cuerpo del Señor en mi sepulcro y le vi resucitado; el que guardé de continuo su templo sacratísimo, la bienaventurada siempre virgen María, antes y depsués de la ascensión del Señor; el que escribí, finalmente, en el papel y en mi corazón las palabras que salieron de la boca de Dios y el modo como llegaron a realizarse los acontecimientos arriba consignados. Y di a conocer a todos, judíos y gentiles, lo que mis ojos vieron y mis oídos oyeron, y no dejaré de predicar[lo] mientras viva.

Roguemos instantemente a aquélla, cuya asunción es hoy venerada y honrada por todo el mundo, que se acuerde de nosotros ante su piadosísimo Hijo en el cielo. Al cual le es debida alabanza y gloria por los siglos sin fin. Amén.

 

_________________________

 

*     Los Evangelios Apócrifos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2001, p. 343-351 (edición crítica y bilingüe en BAC, 1956).