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LA
"FESTA" DE ELCHE El ensayo en la Casa de la Ciudad*IV
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Elche, 7 de Agosto de 1901 A medida que se aproximan los clásicos días, en los que se celebra nuestra fiesta mayor, parece que todo se anima, para celebrar aquella, sinó con la distinción y buen gusto que acontecimiento tal se merece, por lo menos con la pronta terminación de mejoras y embellecimientos locales, de que tanta falta adolece una población como Elche, sumida en un letárgico sueño, al arrullo de estos mágicos palmerales, sin que la despierten ni los anuncios y reclamos que en periódicos y en historiados programas nos asedian por todas partes, ni en el rugido de la locomotora, avisándonos que el mundo marcha y... se divierte al mismo tiempo. Nuestro alcalde actual, don Tomás Alonso, es trabajador, incansable y mira con verdadero interés todo lo que tienda a mejorar esta Ciudad. Se está terminando el hermoso paseo trazado hace tiempo en la plaza del Doctor Campello, cerrándola con airoso enverjado de hierro y grandes puertas, se trabaja también en la instalación de acueductos y fuentes para dotar la población de agua de la Alcoraya, mejoras que se inaugurarán en las próximas fiestas. Pero para nuestra antigua Festa, no ha llegado todavía la hora deseada. Hace unos días me decía el alcalde que para este año no había sido posible llamar al señor Pedrell, por los muchos gastos habidos, pero que el año próximo, será otra cosa. Y entro en el asunto de la presente. Nos hallamos reunidos en el gran salón de Actos públicos de la Casa de la Ciudad. En las paredes, pintadas con rojo fuerte y vivos de oro, se destacan los retratos de algunos hijos ilustres de esta histórica población. Algunos lienzos alegóricos decoran los pasamentos. Amadeo y Alfonso XII mirándose frente a frente. En el estrado, bajo dosel, otro retrato, el de S. M. la reina regente. A los lados las dos artísticas joyas de más valía que paseemos: Dos tablas alemanas, de un ignorado díptico, que el vulgo supone ser les portes de la caixa de la Maredeu. Al pie del salón otros dos retratos: el de un príncipe de la casa de Austria, mal entendido por el retrato del infante D. Manuel, y el del célebre y magnánimo Obispo que fue de esta diócesis, D. José Tormo. Por el piso, extensa colección de tarjetones conteniendo los nombres de illicitanos célebres. Todos los puestos están ocupados. Por los grandes balcones y ventanales, abiertos de par en par, entra a torrentes la luz. Allá enfrente, destacando su esbelta y alegre silueta sobre un cielo caldeado, levanta majestuoso su imponente mole, el grandioso templo de Santa María. La tarde del día 6 de Agosto de cada año, es, de inmemorial, la destinada al ensayo de la Festa: el día 10 para la prova del Angel. Reúnense en el salón los cantores que pretenden tomar parte en la función, y allí presentados y dirigidos por el maestro de Capilla, que este año es el inteligente profesor D. Camilo Blasco, ensayan sus papeles y prueban sus facultades los opositores delante de una comisión oficial presidida por el alacalde mayor. Desde hace dos meses que los cantores más jóvenes practican sus ensayos. Son las cinco y media de la tarde. Numerosos grupos de niños callejeros suben alegres y bulliciosos por la amplia escalera, del espacioso edificio consistorial. No se conocen unos a otros. Se encuentran subiendo, se miran, se cojen de las manecillas y suben hacia arriba. Todos van a lo mismo. La unidad de pensamiento los guía: el deseo de ir a oír al Angel les hace franquear un sitio, que durante el año permanece inasequible para ellos. Y van llegando niños y algunas niñas también; por último, contados hombres, algún músico, alguno que otro aficionado que en años anteriores desempeñó papel en la Festa y les ha quedado el cariño a estas cosas. También entra en el local un sacerdote, es el que representa el Padre Eterno: se llama D. Antonio Climent. Ábrese una puertecilla de la plataforma y entran por ella, el maestro de Capilla, con unos cartones, y con él, unos cuantos músicos. Un arpista y otro con una guitarra. A los pocos minutos llegan el alcalde y algunos señores más, que toman asiento en sus respectivos sillones. El bullicioso público ya no chista. Los chicos se precipitan sobre los bancos y se acomodan en ellos, lo mejor que pueden. En la primera fila se sientan los mayorcitos; los que indudablemente van allí a representar su papel: si este es bueno o malo, ya lo veremos pronto. A los premiados, se les ordenará, como en los años anteriores, que vayan a casa del zapatero tal o cual, a tomarse medida de las zapatillas de badana amarilla; y a los suspensos, se les consuela con un cucurucho de dulces y... hasta el año que viene, en que la voz se habrá desarrollado más, o el miedo será menor, o tal vez la pícara política soplará vientos más favorables. A los otros, a los cantores, se les paga su artística labor, además del par de zapatillas, con dinero que cobran... cuando se puede, que no es siempre. El Angel mayor, la María cantaora y el primero y segundo tiple del Araceli, cobran a 15 pesetas: el bajo y el contralto a 30, cada uno. El Padre Eterno, 7'50: los primero y segundo tiple de la Coronación, a 2'50. Los Angeles de almohada a 1'25. Restablecido el silencio, principian las pruebas de las infantiles voces. El maestro de capilla va llamando uno por uno a los pequeños cantores; y estos, con voz más o menos argentina, segura y vibrante, y todos emocionados, entonan la tan conocida copla de la Virgen: ¡Ay
trista vida corporal! Doce infantiles trovadores se suceden en el estrado presidencial, cantando la citada copla. El alcalde agita la campanilla cuando cree probada ya la suficiencia del aspirante, y el maestro de Capilla llama a otro, y así prosiguen hasta el último. Después suben la gradilla los que aspiran a desempeñar el hermoso papel de María Cantaora. La preciosa copla de... Gran
desig m'es vengut al cor, Es repetida dos veces. Terminada la segunda, entra en turno el Angel mayor. Ocurre aquí entre el público del salón aquello de... movimiento en las tribunas solo que aquí podría decirse revoloteo infantil en los bancos. Principia el Angel su brillante embajada, con sobresalto y temor. Su voz es oscura: tiembla su virginal garganta. No importa, él se rehará y entonces ya verán Vds. Este niño desempeña ese papel hace dos o tres años y... no hay quien le iguale. Cuéntase de un maestro de capilla local, don Francisco Antonio Aznar, que se iba por los huertos a oir cantar a los hiladores, para escoger buenos tiples. Ya recordará V., señor Director, haber oido alguna vez a los niños de este campo, que saben entonar estas tan hermosas y expresivas cantinelas, somnolientas iba a decir. Pues, estos cantos del Angel, y aun la mayoría de los de esta antigua Festa, tienen algo del canto popular regiodal. Por fin, el Angel se recobra y ataca en firme las agudas notas de su dificil papel, con el brío y la valentía que tanta fama le han valido. Verdaderamente, la voz es de lo mejorcito que se oye por aquí. Al llegar al punto culminante de la cantata, espárcese por el aire brillante en cada de armonía que nos deja a todos electrizados. Ya el pequeño cantor, en posesión del tono que su privilegiada garganta le concede, se despliega en una de trinos, melodiosos gorgeos y caprichos vocales, del más precioso efecto, haciéndonos pasar a chicos y a grandes un rato delicioso. Los chiquillos se quedan atónitos, los grandes se nos llenan los ojos de agua, y todos quedamos mudos de admiración y regocijados interiormente oyendo aquel portento. Suena la campanilla presidencial y este año, como el anterior, el incomparable Francisco Samper Castaño nos proporcionará el placer de oirle en Santa María. Deo volente. Prosigue el ensayo. Situanse en posición conveniente el arpista, que a su vez canta, de bajo, y el músico de la guitarra, que es el tenor del Araceli. El canto de esta parte de la Festa es, indudablemente, para mí, el más augusto y solemne de todos los de esta hermosa partitura. La estrofa que empieza. Sposa e Mare de Deu... es repetida por dos turnos de cantores, entre los que toman parte el que desempeña el papel de Angel mayor y la María Cantaora, por si hubiera algún contratiempo, que no falte ninguno de los personajes del Drama sacro. Concluido el ensayo, son proclamados cantores para este año los siguientes: Araceli: Antonio Peral Díez, Luis Gómez y José Bañón; José Tormo, arpista; Francisco Marco, guitarra. Coronación: Antonio Linares Cascales y José María Campos, con el sacerdote indicado arriba. Maria «cantaora», José Bañón Román.— Marías mudas: Cayetano Penalva Soler y Manuel Segarra Agulló.— Angel mayor: Francisco Samper Castaño.— Angeles de Almohada: Francisco Miralles Payá y Tomás Bernad Jaén. Para las demás voces son los mismo del año anterior: los sochantres de Santa María, y San Juan, que este año lo cantará el distinguido cantor, presbítero D. Juan Bautista Javaloyes. Punto por hoy y hasta el día 10, que es la prova en Santa María. PEDRO IBARRA RUIZ
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* Las Provincias, València, 09-08-1901; reproduït a Nueva Illice, Elx, 19 i 26-09-1920 i 03-10-1920 |