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ACERCA
DE LA FESTA
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Todo evoluciona, todo cambia, todo se transforma, todo es susceptible de mejoramiento, de progresión... Así razonan los que se creen ir delante. Tratárase de un cuadro, y nadie pensaría en renovarle, como no lo exigiera imperiosamente su conservación. Mas... ¿Y de una pieza musical? La cosa varía. La consueta o partitura de nuestro clásico drama lírico- litúrgico, estudiado, compulsado y doctamente analizado, no debiera alterarse después de los notables estudios publicados, en los cuales eminentes Maestros han dicho ya su última palabra. Juicios, dictámenes y pareceres que los ignorantes debemos respetar y acerca de los cuales también hemos dado a conocer nuestra modesta opinión. Pero ahora no se trata de eso. Se trata de contestar a las mil y una preguntas que todos los años vienen haciéndose por quienes, amantes del progreso, ven en la grandiosa Festa una antigualla que debiera renovarse, ya que no arrinconarse, por cuanto se trata de algo que, según ellos, ha pasado a la Historia, ha perdido su oportunidad, ha dejado de ser una atrayente y devota representación para convertirse en una mascarada que hace reir y que no es propia de la seriedad de un templo. Colocada la cuestión en este terreno, pregunta el Cronista: ¿Qué es lo que ha experimentado el cambio que a todos nos sobrecoge? ¿Ha sido la representación de la Festa, o ha sido el público que la contempla?. ¿Es el público el que se va, o es la Festa la que se ha ido? ¿Ha sido el verso, la música, la indumentaria de la obra que tanta admiración produce en los inteligentes, o ha sido el público que ahito de estupendas películas, perturbada su imaginación con torpes enseñanzas polichinescas, deslumbrada su vista con fuertes colorines de guardarropías versallescas, compara inconscientemente una mística representación, medieval, grandilocuente, sublime, con deslumbradoras mascaradas; un lienzo de Museo, con un cromo de Restaurant; el arte con el artificio; lo serio con lo voluptuoso. Si pues una no pequeña parte del público es la que se deja llevar de la nociva transformación de nuestras clásicas costumbres, fiestas y tradiciones, pretendiendo europeizarnos, arrastrándonos por derroteros de fatales consecuencias, los anticuados, los verdaderos conservadores de la Patria, los que formamos la tupida raigambre solariega, los que aún veneramos los calcinados huesos de nuestros antepasados, los que no aspiramos a perder ni el habla materna, ni las añejas costumbres, ni las fiestas que han sido siempre espejos de prosapia española, neta, clásica, motivos todos, de comunes complacencias entre familias ligadas al feudo nacional, de asiento inveterado, de hogar caliente, de contrastada ranciedad, hemos de protestar contra los perturbadores de todo esto, del alma española, so capa de un mal entendido progreso que ni conducen, porque hace tiempo que se les ha ido de las manos, ni explican, porque en la vertiginosa marcha que lleva viene sembrando de sorpresas su camino, ni detener pueden, dado que se han roto todos los frenos y desbordado todos los diques sociales. pedro ibarra Agosto de 1928.
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