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LA
"FESTA" DE ELCHE La
"prova" del Ángel
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Elche
11 de Agosto de 1901
Puede decirse que hemos entrado ya en el período de la Festa.
Ayer tarde tuvo lugar en Santa María la prueba
del Angel, como llama el público, a la prueba o ensayo de tramoyas, que
se efectúa cargando cada uno de los aparatos citados en mi anterior,
con los personajes que han de tomar parte en la función, si bien, sin
vestir los típicos y anacrónicos trajes, ni tampoco vestir con
brillantes oropeles las armaduras de las tramoyas. Unicamente se trata
de probar, pues, con el ensayo de ayer, si todos los aparatos están en
buen uso, y sobre todo, el funcionamiento del torno o cabrestante, con
el objeto de que su perfecto juego nada deje que desear en el día de la
Festa.
Este ensayo, que en otros tiempos debió celebrarse, indudablemente, a
puerta cerrada, por muchas razones, tiene lugar, en medio de la mayor
confusión, escándalo y tropel. Unicamente viéndolo es como se puede
apreciar el maremagnum, la
gritería y el trastorno que se observa esa tarde dentro del templo. _________________________ A las dos de la tarde principia a invadir el grandioso templo una inmensa avalancha de chicuelos, mujeres desmelenadas y alguno que otro labrador; la gente del pueblo es poca. La expresada muchedumbre de niños asalta, se apodera y ocupa, con indecible alegría, todas las tribunas, enverjados y balconaje, con la rapidez del torrente que forma grueso chaparrón estival; con la furiosa acometida de una manada de cerriles bestias, sin respetar púlpitos, ni altares; sin temor a que nada ni nadie les haga perder un sitio que le proporcionó su temprano arribo; sin miedo a que monaguillos ni sacristanes, los desalojen de una posición tomada por la fuerza, amparada por la costumbre y conservada con los puños. El espectáculo que produce entonces el venerado templo de Santa María es fuertemente original y característico. El tablado que el M. I. Ayuntamiento tiene destinado para presenciar el espectáculo, rebosa de chiquillos formando un apiñado grupo. No tiene aún el barandaje ni la escalerilla portátil que anualmente se colocan: los niños se agarran a los soportes y barrotes de los montantes y trepan sobre aquella altura, que les proporciona un soberbio punto de vista y de domonio sobre sus convecinos. Una apretada fila de primerizos, se sienta en los bordes del tablado, con las piernas colgando fuera. Otros detrás se arrodillan, apoyándose en estos, y luego, los que van subiendo como pueden, se estacionan en el centro, en pie, empujándose, codeándose, gritando, riñendo y arrojando tronchos de membrillo, ni más ni menos que si estuvieran en la plaza pública. Estas peleas originan caídas al piso de la iglesia, de los que están sentados en primera fila, y que un fuerte empujón por detrás, les priva en un instante de su envidiada posición. Llora el que cae a grito pelado, y rie el nuevo poseedor del asiento. Se invaden los púlpitos: en ellos veo preciosas niñas, vestidas con elegantes trajes, bonitos sombreros, sentadas sobre el pasamanos del antepecho: también cuelgan sus piernecitas por la parte de fuera.
Por
último, llenas las tribunas, repleto el coro, asaltado el altar mayor,
ocupado el facistol, y tomados todos los mejores puestos por los que
vinieron temprano, empiezan los apuros y trabajos para colocar a todos
los que en continua avenida van llegando. Vista desde una altura la gran
nave, asusta ver tanto chiquillo. El sol, entrando a torrentes por el
gran boquete de la puerta mayor, ilumina espléndidamente el movible
oleaje. El polvo sofocante que levanta aquella turbamulta, se convierte
en torrente de oro cuando es bañado por los dorados rayos del candente
astro. La concurrencia aumenta ferozmente, bárbaramente. Se invade el
gran tablado, que se reserva para el elemento oficial. Los municipales a
garrotazo limpio, los sacristanes y monaguillos a empujones y cachetes,
defienden aquel reservado, ni más ni menos que si fuera una embarcación,
atacada en alta mar por monstruos feroces. El barandaje exterior de los
púlpitos, es tomado por asalto; cogidos a los hierros, se apiñan
cientos de niños vestidos de negro en su mayoría; son labradores.
Sobre los tazones de las pilas de agua bendita, se colocan chiquillos a
docenas. En el tímpano que separa el coro de la nave se montan
chiquillos: chiquillos se agarran a los relieves arquitectónicos;
chiquillos trepan por las doradas tallas del retablo central;
chiquillos, por último, se meten hasta en el bocaporte del camarín de
la Virgen y trepan por sus capiteles, y cuelgan sus movibles piernecitas
desde diez o quinze metros de altura, desempolvando aquellos adornos,
llenando la atmósfera de suciedad y no pensando siquiera que una caida
desde aquellas alturas podría ocasionarles la muerte. El griterio es
inmenso; el escándalo, monumental. Todo respeto está allí perdido;
toda autoridad sería impotente para dominar el tumulto; todo
conocimiento del sitio en que se está, ha desaparecido. Excuso decir
que la Divina Forma ha sido retirada con antelación. Ocioso indicar,
que la tohallas, candeleros, sacras y demás objetos que decoran y
visten los altares, han sido guardados. El desenfreno es tal, que la
infantil muchedumbre sería capaz de destrozarlo todo, sin darse cuenta
del daño que hacía. _________________________
Y
enmedio de esta confusión y griterio, reunidos en aquel caos,
respirando aquella atmósfera tan espesa y viciada, se realizan las
pruebas sucesivas de la Mangrana, del Araceli y de
la Coronació, sin que, ni de
sus magníficos cantos, ni de sus graves notas, ni de sus escenas
sucesivas, nos demos cuenta. Cada vez que una tramoya sube o baja, cada
vez que la puerta del cielo se cierra o abre, resuena un nutridísmo
aplauso por millares de manecitas, se ensordece uno con aquellos vivas
tan chillones, se admira uno de pesenciar aquel barullo. Son las seis de la tarde. Ha terminado la prueba del Angel. El desfile, no es tal. Es una contraola, que arrolla a la rezagados. Es una de puñetazos, de empujones, de lloros y de gritos para abrirse paso, que atonta. Cree uno que van a ocurrir desgracias: no señor. Aquel hormigueo batallador se disuelve, aquel remolino se abre paso por las cinco puertas del templo, en menos de diez minutos y… hasta el año que viene. Porque la representación del 14 y 15, no es para este público. PEDRO IBARRA RUIZ
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* Las Provincias, València, 15-08-1901; reproduït a Nueva Illice, Elx, 10-10-1920. |