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LA
"FESTA" DE ELCHE Como
se prepara en la iglesia de Santa María
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Elche
25 de Julio de 1901
Sr.
Director de «Las Provincias».—Valencia.
No dirá V. que le olvido. Siento, en verdad, que la absoluta
carencia de acontecimientos artísticos me prive de escribirle, aún
cuando no sea más, que por el placer de sus oportunísimas
contestaciones, siempre gratas para mí. Contribuye también a mi
silencio, la general modorra y somnolienta pesadez que por todas partes
se nota, imposibilitándonos de hacer algo que no sean las
imprescindibles y cotidianas obligaciones, el fuertísimo calor que se
deja sentir. Aquí todo duerme. Duerme la loma de Illici, con ese
sueño secular y pesado, cubierta por una capa de tres metros de tierra,
que le impiden manifestarnos sus ocultas bellezas. Duerme el teatro,
donde tras lucrativa temporada en la que han cosechado honra y provecho
(que por lo visto sí caben en un saco), los señores de la distinguida
compañía que dirige D. Miguel Muñoz, proporcionándonos inolvidables
momentos a los amantes del arte. Duermen asuntos de actualidad, dejándose
todo para luego. Duermen mis viejos y polvorientos papeles, en los que
tan riquísimos descubrimientos bibliográficos, a cual más
interesantes para nuestra historia regional, he catalogdo. Duermen las
plumas en los tinteros, que, exhaustos, mueren de negra sed. Duermte
todo; las gentes huyen a Santa Pola, las plantas se agostan, el calor
todo lo abochorna.
Algo,
sin embargo, empieza a tomas vida estos días entre nosotros; algo que
levanta mi espíritu a otras regiones; algo que me transporta a otras
edades, que conforta mi deseo por realizar todo lo que a Elche se
refiera en su pasado artístico. Ya habrá V. comprendido que me refiero
anuestra monumental Festa d'Agost. Permita V. que tal
calificativo le aplique; pero estoy contentísimo por haber conseguido
que sea conocida en el mundo intelectual
esta joya de tan inestimable valor.
El Bulletin
hispanique (Julio-setiembre, Burdeos, 1901), se ocupa en su Chronique
de La Festa D'Elche, con ocasión del precioso artículo que publicó
nuestro insigne musicógrafo D. Felipe Pedrell, en la Revista musical
alemana, artículo que ya mereció hablara del mismo «Las Provincias».
También apreciables periódicos ingleses y alguna revista belga, ha
hablado de lo mismo.
Conocida,
pues, del público; obra dramática, y queriendo dar a conocer este año,
al que creo que será leído con gusto por los ilustrados lectores de su
interesante diario, me he propuesto estudiar los preparativos, ensayos e
instalación de las
tramoyas, que para la celebración de la Festa se
hacen todos los años. Ustedes me perdonarán si el tema emprendido no
les gusta; pero el cariño que siento por estas antiguallas, el
apartamiento en todo lo referente al precioso drama, de todo lo moderno,
haciendo de su singularidad, objeto de inestimable valía; y el haber
visto con extraordinario placer que los inteligentes han extendido sobre
la Consueta de la Festa, su regium exequatur, me ha
despertado mi somnolencia, han puesto la pluma en mi mano y allá van
cuartillas que, si les falta brillantez, les sobra sabor local, y esto
basta para mí, que me precio de colorista, y no pretendí
nunca ser escritor, sino bocetista más o menos afortunado. _________________________
De muchos años que andaba yo detrás
de presenciar la colocación del cielo o telón
que cierra el anillo de la gran cúpula de nuestra iglesia de
Santa María y que sirve para aislar el vuelo de tramoyas empleadas en
las diferentes escenas de la Festa, del afónico público, que
medio echado sobre los bancos que llenan el pavimento del templo, sobre
las tribunas que le adornan y convierten en estos días en aspecto de
coliseo profano, y ocupando púlpitos, altares y tablas, ve
representarse, uno tras otro año, esta originalísma función, sin
manifestarse cansado, sin pedir reformas, sin que eche de menos, para
nada los goces que acompañan los modernos espectáculos.
Privisto
de mi instantánea, me situé a las nueve de la mañana del último
domingo, en el terrado de Santa María. De largos años que se destinan
dos domingos, los últimos de Julio, a colocar los aparatos de la Festa.
Subí al terrado del templo, pensando en V., mi querido Director, pues
V. recordará que tuve el honor de acompañarle cuando hace dos años
estuvo V. en esta y juntos contemplamos, el bellísimo panaroma que se
divisa desde aquella altura. Una diadema de verdes esmeraldas y de
amarillentos topacios, circundando una vetusta población de moriscos
terrados, salpicada, aquí y allí, por encantadores huertecillos, que
matizan la deslumbrante blancura de los tréspoles; un apretado semicírculo
de palmeras y granados, abrazo de naturaleza virgen y salvaje,
seccionando de Norte a Sur, esta polvorienta llanura; suaves colinas,
cual ondulante y rojiza cabellera, nos aislan por el Norte; el azulado y
transparente Mediterráneo, bañando los piés de esta ardiente sultana;
y limitando el último confín del horizonte, allí lejos, el Pinet,
célebre en nuestras venerandas tradiciones; más lejos la famosa torre
del catalán Berenguer; y más lejos todavía, aquella imperceptible línia
blanca que surge del mar, La planesía, refugio de los
inmigrantes tabarquinos.
Pero
se oyen golpes y deben haberse principiado los trabajos preliminares. _________________________
Ya se han reunido los operarios; son veintitantos, entre albañiles,
herreros y carpinteros; todos se necesitan; solo para subir el cielo, se
emplea 16 hombres. La primera operación, con la cual se inician los
preparativos para la gran Festa, es colocar el cielo, es decir
tapar el grande anillo de la cúpula, cuyo diámetro es de 13 metros,
cerrándole la boca al horrible abismo de 25 metros de profundidad,
hasta el pavimento de la glesia, y que se tragaría a los infelices
operarios, como si fueran granos de trigos. Después, aún cuando el
peligro no disminuye, sin embargo, no se ve aquel aquel fondo tan negro,
aquel fondo tan misterioso, de tanto atractivo..., con aquél gratísimo
olor de incienso que tanto arroba y fascina.
Echado
de bruces, sobre el plano saliente de la cornisa del inmenso anillo,
miraba yo ávidamente todo lo que allí abajo se iba realizando. Traída
la enorme tela, en hombros de varios operarios, fué desdoblada y
extendida, debajo mismo de la cúpula, sobre el piso del templo. A mi
alrededor, y colocados en las ocho ventanas del cimborio, fueron
instalados dos hombres en cada una de ellas. Las citadas ventanas,
tienen un parte-luz, que les fué puesto para sostener el arquitrave, en
una época de grandes terremotos por estas regiones, allá por el año
1829. Cuatro de estos parteluces o columnas, son de fuste cilíndrico:
dos figurado, de medio delantero, marqueando los estrechos ventanales,
por donde se filtra tenue claridad a través de amarillentas y
cuarteadas láminas de esteatita: y los otros dos fustes, son de madera,
y se quitan ahora, para que su presencia, no torbe el acceso a operarios
y tramoyas, que de continuo entran y salen al tablado que se monta
encima del cielo. _________________________
Un
ruido como de gran lluvia, llamó mi atención hacia bajo, embelesado
como estaba, mirando situarse a los diez y seis hombres en las
mencionadas ventanas, unos
en pie sobre el vuelo de cornisón del anillo, y los otros a la parte
exterior de la cúpula, y ambos sosteniendo larguísimos cordeles, uno
de cuyos extremos iban dejando caer en aquel negro abismo. El ruído lo
ocasionaba el roce producido por el cielo, que al ser desdoblado sobre
el pavimento del templo, no había coincidido, y claro está que
casualmente la abertura de la puerta, debajo del punto matemático,
que allá en lo alto, es decir, junto a mi situación debía ocupar, y
hubo que girar aquella enorme tela, cogida en su orla por no sé cuantos
hombres y darle vuelta hasta que estuvo bien situada la abertura, pero
muy mal cariacontecida la inocente pintura de ángeles y serafines, que
con pocas rozaduras como aquella, perderían, a buen seguro, su ya
dudosa pureza de tintas. Ya extendida la tela, fueron atándose los
extremos de los cordeles que descendían de arriba, con otros que tiene
cosido el lienzo. Principaiaba a entrever la operación. Sujeto el cielo
por su orla, y, a una voz, que salió no sé de donde, fué levantándose
aquel enorme velarium, por los hombres de los ventanales, que
tiraban hacia sí, acompasadamente. Repasé la máquina:unos segundo más
y el lienzo estaría en su sitio. Así fué.
Cual
inmensa oleada de hirviente espuma, subía del fondo del negro abismo la
enorme tela que pronto cerró aquel cráter, aislándonos del mundo
terrestre. Inmediatamente fueron atándose los cabos de amarre a unas
anillas de hierro empotradas en la parte interna del vuelo del cornisón
del anillo. Diez minutos después, el lienzo ya sujeto, fueron templadas
las cuerdas maestras, sin que en absoluto pueda desparecer la gran comba
que hace la tela, por efecto de la pesadumbre de su enorme superfcie,
quedando terminada la primera parte de la operación. Falta colocarle la
puerta, que no se arma hasta tanto no se monte el tablado de la tramoya,
obra muy arriegada y que también exige serio cuidado por parte del
director de la operación y de todos los operarios que la llevan a
efecto. PEDRO IBARRA RUIZ
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* Las Provincias, València, 01-08-1901; reproduït a Nueva Illice, Elx, 08-08-1920. |