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 PERE IBARRA                                 

Articles sobre la Festa 

 

LA "FESTA" DE ELCHE
Páginas de una monografía inèdita

Como se prepara en la iglesia de Santa María
la tramoya del drama sagrado
*

III

 

 

Elche, 31 de Julio de 1901

   El 28 por la tarde dieron fin a los preparativos de la parte de arriba los encargados de su ejecución. Situado en mi ventana de observación, teniendo al alcance de mi mano la instantánea y provisto de unas cuantas cuartillas, observé atentamente las operaciones diferentes que se fueron sucediendo ante mis ojos, ejecutadas con más o menos habilidosa presteza por los encargados de llevarlas a cabo.

   El gran polipasto, que tiene una polea de bronce y otra de hierro, costó de colgar de la cábria, así como hora y media. Elevado a su sitio, por el tiro del cabrestante, que funcionaba como auxiliar, fué sujeto al vértice de la cábria, por dos gruesos cordeles de 30 metros lo menos, de longitud. El citado polipasto lleva dos pasadores, largos, de hierro; además, un fuerte gancho, del cual pende: pues perdí la cuenta de número de vueltas y cruces del cordel que en todos sentidos les aplicaron los dos operarios encargados de sujetarle. Como que su aparatosa atadura, está en razón directa, de la mayor fuerza que puede soportar, dirían ellos. Y una tras otra vuelta, fueron atados los extremos de los pasadores de modo tal, que es imposible, materialmente, que aquello se rompa. Pues luego fueron ligadas las vueltas del cordel con otros cordeles más delgados, formando como una tela de araña por encima.

   Inmediatamente después, se procede a disponer los bastidores que forman las puertas del cielo. Abandonaron los operarios el tablado y se trasladaron a la Casita que existe en el terrado, donde se guardan todos aquellos artefactos.

   Mientras unos sacaban largos listones con espigas en los extremos, ya harto desgastadas, por el largo uso, y otros preparaban diferentes madejas de cordeles, con los que atan y dan conveniente y aparatosa solidez a todo aquel desunido maderámen, yo me interné en aquella ardiente covacha, calentada por los calcinadores rayos del más enervente sol que jamás se desplomará sobre nosotros. ¡Bendito sea Dios, qué calor, qué luz y que impresiones las de la tarde! Echada en el suelo vi, hecha pedazos, la fenomenal e histórica mangrana. Un gran prisma octogonal, con bases de madera reforzada con roblones de hierro oxidado y unidas por cuatro aristones del mismo metal, que sirven de albergue a un niño, sujeto con averiadas y recosidas correas de cuero, representando anualmente al celeste embajador. Los cascos de la mangrana, o sea de la esfera cuya fantástica aparición en el espacio, tanto entusiasma a los espectadores, yacían arrimados sobre algo que al principio, no podía adivinar lo que era. Mientras discurría sobre esto y observaba lo mala que es la pintura de los querubes que tienen pintados al exterior los citados cascos de la granada, los carpinteros reforzaban las puertas del cielo, clavándole ocho fuertes listones de largo a largo, con el fin de evitar el iniciado desencuadernamiento, y, por otra parte, precaver una patada que rompiera el ya pasado lienzo. Averigüé que era el aparato extraño, que semejaba un instrumento de tortura: aquel sillón de hierro, en forma de araña, es el vuelo de la Trinidad. Situado el artefacto en conveniente posición, para poder ser apreciado en toda su olímpica y averiada vetustez, se le considera ya como un trasto perfectamente dispuesto y hasta no desprovisto de cierta elegancia. Un cojín de lona, cerrado en una jaula de hierro, circular, que gira por su mitad delantera. Fuertes, aunque apedazadas correas, lo sujetan al gran armazón central, formado por un medio punto, alto como de metro y medio, que tiene un gancho arriba en el centro del arco del cual se ha de suspender, cuando el aparato entre en escena. Lleva laterales dos repisas para apoyar arrodillados, dos niños que figuran ángeles. El sacerdote; que durante la representación figura el padre Eterno, se sienta en este sillón.

   Envuelta en unas telas azules, hallé la imperial corona. Metidas en un capacito de esparto, vieron mis escrutadores ojos, piezas mil de uso distinto y más distinta procedencia: borlones, hembrillas, pasadores, poleas, clavos, cuñas, etc., etc., detritus informe, elocuente y muy esencial en todo escenario: es el depósito, de todo lo que se necesita. Arrimada a un rincón yacía el Araceli. Es, indudablemente, de todos los apararos, que se usan en la Festa de Agosto, el más bonito, como dice la gente, aunque no sea el de mejor gusto. De una repisa exagonal de madera (no sé por qué fué preferida esta forma geométrica), parten dos fuertes barras de hierro, que se unen por la parte superior en arco. Del centro del mismo, el consabido gancho. Sobre la repisa, se sitúa, en pie, el sacerdote portador del alma de la Santísima Virgen: y en el segundo día, sobre la citada repisa, se coloca a la Virgen, para celebrar el acto de la coronación. Unidas a las citadas barras, y a unos veinte centímetros de la repisa, lleva unidas el aparato, otras dos más pequeñas, almohadonadas, sobre las que se arrodillan dos niños que representan ángeles músicos. Separadas de estas repisas, cosa de un metro, situadas más arriba, lleva otras dos, sobre las que se arrodillan otros dos ángeles de más edad. Tales son el bajo y el tenor: aquellos también cantan y tocan instrumentos. Uno de ellos, por cierto, toca la famosa guitarra que regaló la reina D.ª Maria Cristina de Borbón a D. Diego Ortiz, ya hace bastantes años.

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   En todas estas cosas andaban mi mente y mis huesos, cuando me llamaron para que viera funcionar las puertas del cielo.

   Tres son los bastidores que constituyen la maniobra de abrirlas y cerrarlas, y se arman todos tres en el terrado de la Iglesia. Uno sirve para abrochar la orla del cuadro que figura en la pintura del cielo, la puerta, para lo que tiene fijos unos botoncillos de madera, y cosidos al borde del telón del cielo, unas bagas de cordelillo. El segundo bastidor está formado por el montante de las correderas de dos hojas que abren y cierran sobre el vano, a modo de puertas de trampa. Y el tercero, de madera más gruesa que los dos citados, se queda acoplado sobre el tablado, sirviendo de apoyo a los otros dos, que, pasados por este y sujetos con cuatro hierros largos de 0'80, provistos de rosca embrillada y tope de cabeza gorda, permiten dejar suspensos en el vacío los dos bastidores, el de las puertas de cierre, y, más abajo, el del cielo, donde este se abrocha. El espacio del primero al segundo bastidor, se limita con una tela azul. Cerradas las puertas, queda abierto un pequeño vano, o mirilla cuadrada como de 0'20 de lado, en el centro mismo, y que sirve para el paso de la maroma, mientras se celebra la función y de aspillera al director de la tramoya.

   Con auxilio del cabrestante, fueron adaptándose los bastidores citados en su sitio. Para abrochar el cielo, se coloca un operario en el descrito vuelo de la coronación, y con unas cuantas vueltas de torno, se le baja el nivel del telón del cielo, suspendido en el aire, abrocha muy tranquilamente nuestro hombre la orla del encuadramiento del telón del cielo, con el correspondiente bastidor. Hecha esta operación, se le sube; se abren y cierran varias veces las puertas, mediante unos largos cordeles que se disponen de modo ingeniosísimo, y cuyo tiro de acción parte de una de las ventanas laterales a la disposición del descrito tablado; se coloca la tela azul que cierra el ámbito de la figurada puerta y se repasan todos los clavos, tornillos y cordeles, para que nada quede a medio hacer. Por último, se afirma el piso del tablado; se defiende el borde del mismo que cae sobre el cielo, con una barandilla de hierro, que no sirve más que para precaver un descuido, pues son harto endebles, y... ya está todo dispuesto para la función. Solo el cariño tradicional que estas gentes sienten por todo esto; solo la inveterada costumbre de verlo armar y desarmar todos los años; solo la gran fe en la Virgen y el amor con que todos los illicitanos acudimos gozosos a representaciones de la índole de la que nos ocupa, la han podido defender contra las injurias de los tiempos, el punible abandono de las autoridades locales y el muy rarísimo consorcio que representación tal, forma con las obras de los hombres del siglo XIX.

4 de Agosto 1901.

PEDRO IBARRA RUIZ

 

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*   Las Provincias, València, 04-08-1901; reproduït a Nueva Illice, Elx, 05 i 12-09-1920.

 

 

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